En este México herido por tantas divisiones, donde el 2025 se despide dejando heridas abiertas por la confrontación estéril, es hora de reconocer con valentía lo que nos ha mantenido divididos: una política que con demasiada frecuencia no ha sido el arte de sumar, sino el de descalificar, una política que mide su éxito no por cuántos logramos incluir, sino por cuántos logramos excluir, humillar o silenciar.
Cuando la política se convierte en un ring donde el objetivo es destruir al contrario en lugar de convencerlo, perdemos todos, cuando no nos unimos —más allá de colores, siglas o ideologías— para alcanzar el bien común, condenamos a generaciones enteras a heredar nuestras rencillas y cuando creemos, con arrogancia, que solo la nuestra es la verdad absoluta, cerramos la puerta al diálogo, a la razón compartida y al progreso que solo nace del encuentro entre diferencias.
Ya basta de izquierda y derecha como banderas absolutas, ninguna de las dos ha demostrado, en su forma pura y excluyente, ser la solución definitiva a nuestros males profundos, ambas han tenido aciertos parciales, pero también han fallado estrepitosamente cuando se han aferrado al poder por el poder mismo, cuando han visto al adversario no como un compatriota con ideas distintas, sino como un enemigo a destruir.
Porque el verdadero obstáculo no está en las ideologías, sino en el corazón humano, ese misterio insondable que puede inclinarse hacia la hermandad o hacia la ruptura, ambas corrientes, en sus versiones más polarizadas, han sido impulsadas por un corazón que no reconoce en el otro al amigo, al compañero de camino, al conciudadano, al hermano, un corazón que prefiere la descalificación al diálogo, el triunfo propio al bien común, la venganza histórica al perdón constructivo y es que toda construcción humana, cuando olvida que el otro es imagen y semejanza de algo mayor que trasciende nuestras disputas, termina por convertirse en torre de Babel: ruido, confusión y dispersión.
Pero precisamente en esta madrugada de nuevo año, cuando el 2025 se fue, nace una esperanza profunda y real, México no es su clase política polarizada, México es su gente: esa madre que educa a sus hijos con valores eternos, ese joven que emprende contra todo pronóstico, ese vecino que ayuda sin preguntar por quién votó, esa comunidad que se organiza ante la adversidad, ese México silencioso pero inmensamente poderoso que ya vive la hermandad que tanto necesitamos, esa solidaridad que brota no de decretos ni de programas, sino de la dignidad inherente a cada persona, de esa chispa irreductible que hace al hombre capaz de bondad incluso en medio de la ruina.
Por eso, en este nuevo año que apenas nace, nuestra gran apuesta —la única que verdaderamente vale la pena— será por las propuestas firmes, no por las promesas huecas ni por los discursos que dividen, sino por propuestas concretas, valientes y compartidas que pongan por delante el bien de todos, reconociendo que la justicia social, la paz y la prosperidad no son monopolio de nadie, sino exigencia de la misma condición humana compartida, propuestas que no busquen aplauso fácil ni revancha, sino resultados tangibles: seguridad en las calles, educación que forme personas íntegras, salud digna, empleo justo, combate real a la corrupción y a la desigualdad, todo ello entendido como servicio al bien común que precede y trasciende cualquier interés particular.
Propuestas firmes que surjan del diálogo respetuoso, que escuchen a todas las voces sin descalificarlas, que reconozcan que las buenas ideas no tienen dueño exclusivo de partido o ideología, pues la verdad, aunque se manifieste por fragmentos en distintas visiones, no se agota en ninguna de ellas, propuestas que nos convoquen a trabajar hombro con hombro, dejando atrás la tentación de creer que solo la nuestra es la verdad y que el otro siempre está equivocado.
Por eso nos avocaremos con fuerza a la hermosa y bella Ciudad de México, esta capital vibrante que esta misma noche que termina se transforma en símbolo vivo de unidad y alegría. Mientras despedimos el 2025, Paseo de la Reforma se convierte en la pista de baile más grande del mundo, con una fiesta gratuita que reúne a miles de personas de todos los orígenes, bailando al ritmo de artistas internacionales y nacionales bajo las luces del Ángel de la Independencia, esta celebración masiva, abierta a todos, nos recuerda que cuando nos encontramos en el espacio público, en la música y en la convivencia, las diferencias se diluyen y emerge lo que nos une: el amor por nuestra ciudad y por nuestro país, esa alegría que no necesita justificaciones ideológicas, sino que brota de la mera existencia compartida.
La Ciudad de México, con Bellas Artes iluminado, el Zócalo histórico y avenidas llenas de vida, es el espejo perfecto de nuestra diversidad y nuestra resiliencia, aquí, en este corazón palpitante de la nación, apostaremos por la reconciliación diaria, por el diálogo en las calles, por el respeto en el transporte público, por la solidaridad en cada colonia, entendiendo que la ciudad verdadera no es solo piedra y asfalto sino comunidad de destinos.
El 2026 puede ser el año del gran cambio de corazón hacia 2027, no necesitamos nuevas ideologías, necesitamos nuevos hábitos del alma: escuchar antes de juzgar, sumar antes de restar, reconocer que la verdad no pertenece a un solo bando, sino que se construye entre todos, con humildad y con la certeza de que el bien común no es concesión, sino destino compartido que nos llama a algo más alto.
Ya basta de una política que nos divide para gobernar, es tiempo de una ciudadanía que se una para transformar, reconociendo la dignidad inviolable de cada persona, es tiempo de mirarnos como lo que somos: hermanos con distintas opiniones, pero con el mismo derecho a la dignidad, a la justicia y a la esperanza.
México no necesita vencedores ni vencidos, necesita reconciliación, necesita amor cívico, necesita que cada uno de nosotros decida desde hoy, ser puente y no muro.
Hay esperanza, porque el corazón mexicano, en su esencia, es generoso, solidario y valiente, ese corazón que ha superado tantas pruebas ahora puede sanar sus propias divisiones, recordando que la verdadera grandeza de un pueblo no está en su poder, sino en su capacidad de amar.
Que el 2026 sea el año en que dejemos de descalificar y empecemos a sumar, en que abandonemos la pretensión de poseer la única verdad y abracemos la humildad de construirla juntos, en que el bien común deje de ser un discurso y se convierta en nuestra brújula diaria.
México lo merece y juntos, como hermanos, lo vamos a lograr.
¡Feliz Año Nuevo, México! Que el 2026 nos encuentre unidos, esperanzados y en paz, bailando en las calles de nuestra hermosa Ciudad de México.
