Cuando el año se cierra como un corazón que late por última vez

Llegamos al 31 de diciembre de 2025, ese instante frágil en que el año, exhausto, exhala su último aliento y se convierte en memoria, en texto cerrado, en herida que empieza a cicatrizar, ya no es promesa ni amenaza, es sólo un libro que hemos vivido página a página, con lágrimas en algunas, con risas en otras, con silencios que pesan más que las palabras y como todo libro amado, este 2025 nos duele cerrar, porque cerrarlo es admitir que algo irrepetible ha terminado para siempre.

El mundo, en su gran escenario, nos ofreció una vez más su teatro de sombras y luces, Trump regresó como un viejo actor que repite su papel con más furia que antes y los aranceles cayeron como truenos sobre rutas comerciales que creíamos eternas, Ucrania sangró otro invierno, Gaza guardó un silencio precario que parecía oración, Siria vio derrumbarse un tirano como si cayeran las columnas de un templo antiguo, la economía danzó entre la euforia ciega de los mercados y el miedo sordo de quienes apenas llegan a fin de mes, la inteligencia artificial nos regaló milagros y nos mostró su rostro infantil: capaz de descifrar el universo, pero incapaz de entender el dolor de un corazón humano.

El clima habló con voz de profeta airado, 2025 ardió, se inundó, se quebró, los huracanes giraron como derviches enfurecidos, los incendios devoraron bosques que eran pulmones del planeta, las olas de calor mataron en silencio a los más frágiles, la COP30 terminó con palabras hermosas, compromisos vacíos y la Tierra paciente y herida, siguió girando, llevando en su piel nuestras cicatrices.

Pero más allá de los grandes titulares, este año tocó las fibras más delicadas de lo humano.

Se fueron tantos, se fueron en silencio o con estruendo, de repente o tras larga lucha, se fueron abuelos que contaban cuentos con voz temblorosa, madres que guardaban el mundo en sus manos, amigos cuya risa era refugio, artistas que nos enseñaron a ver, desconocidos cuyos nombres sólo quedaron en un titular fugaz, sus ausencias son huecos en el aire, ecos que resuenan en las habitaciones vacías, fotografías que duelen al mirarlas, los recordamos hoy con el pecho apretado, porque recordar es la única forma de abrazarlos una vez más, gracias por haber estado, gracias por haber sido luz en nuestros días.

Y mientras unos partían, otros llegaban.

En salas de parto iluminadas por la esperanza, en casas humildes donde el amor es más fuerte que la pobreza, nacieron miles de niños que abrieron los ojos al mundo por primera vez, sus llantos fueron música nueva, sus manitas buscaron dedos que los guiaran, sus miradas limpias nos recordaron que la vida, terca y hermosa, siempre encuentra camino, ellos son la respuesta más antigua a toda desesperanza: un cambio generacional que no necesita discursos, sólo latidos, en sus pupilas aún sin historia brilla la posibilidad de un mundo distinto y en sus sonrisas dormidas late la promesa de que todo puede renovarse.

Así, entre la tristeza de las despedidas y la alegría de las bienvenidas, 2025 nos enseñó lo que siempre enseña la vida: que nada permanece, que todo se transforma, que el dolor y la esperanza caminan de la mano.

Al cerrar este libro con manos temblorosas, no busquemos un veredicto frío, llorémoslo un poco, riámonos un poco, abracémoslo entero, porque fue nuestro, porque lo vivimos con el corazón abierto.

Que el 2026 nos encuentre más suaves, más valientes, más capaces de amar, que sepamos llevar en el pecho la memoria de los que ya no están y la ilusión de los que acaban de llegar, que cada campanada de esta medianoche sea un latido compartido con todos los que fuimos, somos y seremos.

Feliz Año Nuevo, con lágrimas en los ojos y esperanza en la voz, la vida sigue y eso, a pesar de todo, es el milagro más grande.