En el vasto teatro de los signos que compone la política moderna, pocos espectáculos se repiten con simetría tan trágica y tan precisa como el culto a la personalidad, no es vicio de una sola ideología, ni de un solo color, ni de una sola época: es un patrón semiótico que retorna con la obstinación de un mito antiguo, apenas maquillado de novedad democrática.
Quienes condenan con ardor casi litúrgico la exaltación desbordada de un líder en el campo enemigo —ese líder erigido en significante absoluto de la salvación colectiva, rodeado de rituales de alabanza y de promesas escatológicas— suelen, sin notarlo, replicar la misma arquitectura en su propio espacio, allí donde detectan cesarismo peligroso en el adversario, consienten o incluso avivan un fervor idéntico, amparado en la supuesta urgencia de preservar lo justo ante un peligro que se pinta como fin del mundo.
Los signos, empero, no engañan: el mesianismo muda de rostro, mas guarda intacta su gramática esencial, el líder deja de ser mero servidor público para volverse texto sagrado en movimiento; sus palabras, sus gestos, sus silencios despiertan exégesis apasionadas, la crítica desde dentro ya no se lee como disenso legítimo, sino como traición al destino común y cuanto más se tilda al otro de fanático irracional, más se fortalece el propio bajo la certeza íntima de que, esta vez sí, la causa es inmaculada.
Sin embargo, en medio de esta coreografía simétrica, siempre emerge una minoría incómoda: aquellos que se niegan a postrarse ante ningún tlatoani, sea cual fuere su bando, los que rechazan arrodillarse tanto ante el redentor progresista como ante el restaurador providencial, los que, al percibir el mismo aroma a incienso en ambos altares, eligen la herejía de la independencia crítica, estos disidentes —señalados como traidores por un lado, como hipócritas por el otro— encarnan la prueba viva de que es posible resistir la seducción del mesianismo y precisamente en ellos, en los que no se arrodillan ante ningún tlatoani, se halla la verdadera lucha: aquella que no busca la victoria de una facción ni la glorificación de un hombre, sino la conquista paciente y compartida del bien común, entendido como el conjunto de condiciones que permiten a toda persona y a toda comunidad alcanzar su pleno desarrollo humano, material y espiritual.
La ironía corta como navaja: ambos bandos beben del mismo repertorio simbólico —renacimiento de la nación, regreso a valores extraviados, combate maniqueo contra tinieblas— solo varía el emblema, hoy el redentor luce los tonos de la transformación progresista, mañana los de la restauración tradicionalista, el significante danza, el significado permanece clavado en su sitio.
Esta duplicidad ha de inquietarnos más que cualquier desmesura aislada, pues la democracia no tolera la teología política, provenga del flanco que provenga, cuando la política se reduce a veneración de una persona, las instituciones se convierten en adorno prescindible, el disenso en herejía, la deliberación racional en profanación y el fruto no es solo la hipocresía de reprochar al otro lo que uno practica en casa, sino la lenta corrosión del espacio público como ámbito de encuentro entre ciudadanos libres e iguales.
La política que se torna sagrada deja de ser política y se transforma en religión civil, las democracias frágiles —y la nuestra lo es— no precisan más profetas, ni más íconos intocables, ni más relatos apocalípticos, requieren ciudadanos que lean los signos con distancia crítica, que resistan la seducción del mesías sea cual fuere su máscara y que, como aquellos que no se subyugan ante ningún tlatoani, persigan con tenacidad el bien común como horizonte superior a toda persona y a toda autoridad temporal, recordando que el poder legítimo solo existe para servir a la dignidad de todos, nunca para ser servido.
Porque los ídolos, vengan de izquierda o de derecha, están siempre modelados con la misma arcilla frágil y cuando caen —como caen siempre— sepultan bajo sus escombros la credibilidad de quienes los adoraron sin atreverse a cuestionar, mientras los que nunca se arrodillaron siguen de pie, testigos mudos y activos de que otra política, más humilde, más solidaria y más libre, siempre fue posible.
