En este año de 2025 que se extingue, como un tapiz antiguo donde los hilos se deshacen revelando patrones inesperados y a veces crueles, América Latina ha ejecutado un giro conservador de proporciones épicas, casi novelescas en su ironía histórica, el péndulo, ese artefacto que tanto fascinaba a los cronistas del siglo pasado, ha oscilado con violencia hacia la derecha, castigando a la izquierda por sus promesas incumplidas en seguridad, economía y migración, Ecuador consolidando un modelo de centro-derecha pragmático, Bolivia enterró dos décadas de socialismo, con una centroderecha que promete orden democrático, Chile, en un cierre dramático cuya victoria consolida un discurso conservador de seguridad y tradición, Honduras, tras conteos interminables y sombras de intervención externa, inclinó la balanza, Argentina, reforzó su liberalismo radical en las legislativas, el mapa regional se tiñe de azul conservador: once gobiernos de derecha o centro-derecha frente a una izquierda menguante, acorralada en Brasil, Colombia y México, mientras Cuba, Venezuela y Nicaragua persisten como regímenes autoritarios de raíz comunista, cuestionados por sus déficits democráticos y aislados en el nuevo panorama continental.
Y precisamente aquí, en este México que resiste como un signo semiótico contradictorio en el gran relato latinoamericano, se alza uno de los últimos bastiones socialista-comunistas de la región, junto a esos enclaves autoritarios que sobreviven en las márgenes, un proyecto que se autodenomina Cuarta Transformación —eco de revoluciones pasadas, pero envuelto en retórica nacionalista y estatista— mantiene un control absoluto, casi laberíntico, sobre instituciones, narrativas y recursos, Claudia Sheinbaum, heredera de un carisma previo, cierra el año con aprobaciones en las encuestas agregadas, sustentadas en un vasto aparato clientelar: pensiones universales, transferencias directas, programas sociales que actúan como redes de lealtad política.
Sin embargo, esta aparente fortaleza revela una profunda flaqueza estructural: la economía mexicana, lejos de ser un pilar sólido, muestra signos de estancamiento y vulnerabilidad, el tan publicitado nearshoring, que prometía un boom transformador, ha resultado insuficiente y se ha desinflado notablemente los anuncios de inversión se han ralentizado, las proyecciones de crecimiento han sido revisadas a la baja —incluso a territorio negativo por organismos como el FMI— y factores externos como aranceles estadounidenses y renegociaciones del USMCA, junto a internos como la reforma judicial y la inseguridad, han erosionado la confianza inversionista, las remesas siguen llegando, pero no bastan para compensar la falta de dinamismo real, esta debilidad económica, que obliga a financiar el clientelismo con recursos cada vez más limitados, expone la fragilidad del modelo: premia la continuidad a corto plazo, pero a costa de un futuro incierto donde el continente rechaza experimentos similares precisamente por sus fallas estructurales.
Esta fortaleza aparente se erige, sobre todo, sobre la vacuidad absoluta de la derecha mexicana, esa constelación de signos vacíos que en este año ha revelado su inanidad profunda, los partidos tradicionales, PAN y PRI, navegan una crisis existencial que roza lo tragicómico: el PAN, en octubre, proclamó la ruptura con el PRI, prometiendo una “renovación” vía primarias y apertura digital, pero con una militancia anémica —apenas 319.000 afiliados— y sin un ideario coherente, reducido a críticas tibias que se disipan en el éter digital, el PRI, azotado por multas, escándalos y deserción, se ha convertido en un espectro político, un cadáver que aún camina por inercia histórica.
Los intentos de ultraderecha organizada, esos proyectos que pretenden importar modelos foráneos como si fueran signos universales, han sido fracasos rotundos, casi paródicos en su impotencia, uno de ellos, iniciado con gran ruido mediático y ambiciones de cientos de miles de afiliados, no ha realizado ni una sola de las asambleas estatales requeridas y hoy apenas roza los 16.000 apoyos verificables, lejos de los 260.000-300.000 necesarios, no se diga comparados a los 165,000 del apoyo independiente, otro, una organización con vínculos pronorteamericanos que soñaba con un millón de afiliados y lazos transfronterizos, estancó por completo: sin asambleas reportadas, sin avances significativos, su discurso flotando en el vacío, desconectado de la realidad mexicana a tal grado que sus líderes ahora promueven congresistas texanos.
El punto culminante de esta impotencia fue la reforma judicial: las elecciones populares de junio, con una participación ínfima del 13% —unos 13 millones de votantes de 95 millones posibles—, pese a casillas instaladas casi al completo, la derecha invocó el abstencionismo, cuestionó legitimidad, pero sin alternativa ni movilización real, las protestas de la Generación Z en noviembre, con tintes conservadores contra la violencia, se desvanecieron efímeras, sin eco duradero.
La derecha mexicana — que no es tradicional, que es oportunista y ultraconservadora— se revela como un conjunto de signos huérfanos: anclada en corrupciones pretéritas, sin propuestas ante la inseguridad rampante o la desigualdad persistente, dividida por egos y totalmente desconectada del México profundo, mientras el continente vira a la derecha por crisis agudas que exigen respuestas drásticas, México permanece en su bastión socialista-comunista —paralelo a los regímenes endurecidos de Cuba, Venezuela y Nicaragua— gracias a una malentendida tradición laica posrevolucionaria, la hegemonía absoluta de Morena y una estabilidad relativa que cierra puertas al extremismo opuesto, convocando masivas concentraciones en el Zócalo, consolidando el control narrativo.
No es un socialismo ortodoxo ni un comunismo dogmático —persisten violencia endémica, corrupción enquistada, críticas a reformas autoritarias—, es un modelo estatista y clientelar que opera como antídoto temporal al descontento pendular que azota la región, aunque su base económica debilitada lo hace cada vez más precario, el 2026, con elecciones en Brasil, Colombia y Perú, revelará si este bastión resiste o se disuelve en la ola del cambio, por ahora, México ilustra una paradoja semiótica: un proyecto de izquierda radical, sostenido por clientelismo y sin oposición efectiva, perdura donde la derecha continental avanza por default.
Y sin embargo, en esta trama de signos y contrasignos, la verdadera solución —esa que la historia reserva para sus giros más irónicos— vendrá de donde menos la esperan: no de las élites partidistas ni de los proyectos importados, sino de liderazgos verdaderos que recorren las calles, huelen el polvo de las carreteras olvidadas, conocen la miseria cara a cara y no buscan ni la foto oportunista ni la pose mediática, de esos anónimos que en silencio, tejen redes reales de resistencia y propuesta, surgirá el cambio auténtico, imprevisible como todo gran relato.
La oposición mexicana, si desea sobrevivir más allá de la marginalidad, deberá aceptar y reconocer estos liderazgos emergentes de la sociedad, convirtiéndose en su vehículo viable y reorganizándose de verdad para 2027-2030, porque sin ellos —sin esa conexión genuina con el México que sufre y resiste—, su debilidad estructural la condena inexorablemente a la irrelevancia permanente, el bastión socialista-comunista, aunque imperfecto y lleno de contradicciones, prevalece… por ahora.
