El exilio de lo pequeño

En las páginas semióticas del Evangelio según san Mateo, donde cada signo apunta a un cumplimiento más profundo, como capas de un palimpsesto antiguo que revela y oculta a la vez, nos encontramos con este fragmento de exilio y retorno: la Sagrada Familia, no en la quietud idílica del pesebre, sino en la urgencia de la noche, huyendo hacia Egipto y luego regresando a la periferia de Nazaret.

El ángel irrumpe en los sueños de José —ese varón silencioso, custodio de lo frágil— con una orden imperiosa: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye», no hay explicaciones largas, no hay debate; sólo la obediencia inmediata, nocturna, que arranca a la familia de su incipiente reposo, Egipto, tierra de esclavitud antigua y ahora de refugio, acoge al Hijo como antes acogió al pueblo en tiempos de José el patriarca, Mateo, con su precisión de escriba, anota el cumplimiento: «De Egipto llamé a mi hijo», tejiendo el hilo que une al nuevo Israel con el antiguo, al Mesías con la historia de la salvación que no se repite, sino que se consuma.

Muere Herodes —ese tirano cuya ambición convierte el trono en tumba para los inocentes— y el ángel retorna en sueño: «Levántate, toma al niño y a su madre», el camino inverso se abre, pero no hacia Judea, donde Arquelao hereda la crueldad paterna, sino hacia Galilea, hacia Nazaret, aldea despreciada de la que nada bueno se espera, allí se establece la familia, en la cotidianidad humilde del taller, del pan compartido, de la oración y de nuevo el evangelista cierra el círculo: «Para que se cumpliera lo dicho por los profetas: Será llamado nazareno».

En este relato no hay héroes triunfantes ni batallas espectaculares; hay un padre que obedece sin réplica, una madre que guarda en silencio, un niño que crece en la sombra de la amenaza, la Providencia actúa no mediante el poder aparente, sino mediante la fragilidad asumida: el exilio de los pequeños, la periferia como lugar de salvación, la familia como célula primera donde se teje la redención, aquí late el principio de que lo menor contiene lo mayor, de que la autoridad verdadera se ejerce en el servicio discreto, no en la imposición centralizada que aplasta lo local, lo íntimo, lo orgánico.

En un tiempo donde el poder se disfraza de benefactor mientras desarraiga tradiciones, familias y vidas enteras en nombre de progresos abstractos, este evangelio susurra una resistencia antigua: la vida se preserva en la obediencia fiel a lo pequeño, en el arraigo a lo propio, en la defensa silenciosa de lo vulnerable, Nazaret no es un accidente; es el signo de que Dios elige lo despreciado para confundir a los sabios del siglo y en esa elección late la promesa: quien guarda la inocencia, aunque deba huir, un día retornará a casa y la casa será más amplia, más verdadera, porque habrá sido probada en el desierto.