El bajo desempleo que oculta la precariedad mexicana

En las penumbras de los palacios del poder, donde las cifras se erigen como ídolos dorados ante la multitud, resplandece el espejismo del desempleo mínimo en México: una tasa de 2.7% al cierre de noviembre de 2025, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, que la presidenta Sheinbaum proclama con euforia como el segundo lugar mundial, apenas por detrás de Japón, he aquí un número que brilla como un papiro antiguo, superpuesto sobre capas de realidad ocultas, invitando a la celebración populista mientras disimula las grietas profundas de un mercado laboral fracturado.

Esta métrica de desocupación abierta —que solo cuenta a quienes buscan activamente empleo sin encontrarlo, sumando apenas 1.6 millones en una PEA de 61.5 millones— se presenta como trofeo irrefutable de la “transformación”, sin embargo, como en aquellos manuscritos medievales que se desentrañan con paciencia quirúrgica, bajo esta superficie pulida yacen estratos de engaño deliberado o negligente, la tasa ignora a quienes, desalentados, abandonan la búsqueda; a los subocupados que claman por más horas; y sobre todo, a los millones atrapados en la informalidad, esa vasta economía subterránea que actúa como colchón ilusorio para un crecimiento anémico.

Consideremos los indicadores complementarios que el propio informe revela, pero que el discurso oficial relega a notas al pie: la tasa de informalidad laboral alcanza el 54.8%, afectando a 32.8 millones de personas sin seguridad social, sin prestaciones, sin protección ante la enfermedad o la vejez, no es empleo, sino mera subsistencia precaria: el vendedor ambulante que recorre calles bajo el sol inclemente, expuesto a la arbitrariedad policial; el jornalero agrícola que se levanta antes del alba por un pago mísero e incierto; la madre que teje o cose en casa para complementar un ingreso familiar insuficiente, sin contrato ni descanso asegurado, y tantas otras formas de subsistencia, esta informalidad no es un puente hacia la formalidad, sino una trampa perpetua, donde la supervivencia diaria se disfraza de ocupación, absorbiendo el shock de una creación de plazas formales raquítica —apenas decenas de miles en meses recientes, frente a pérdidas masivas que sumaron más de un millón de plazas mensuales, mayoritariamente informales y entre mujeres.

A ello se añade la subocupación, que afecta al 7.2% de los ocupados —4.3 millones que anhelan jornadas completas para sostener sus hogares— y las condiciones críticas de ocupación, que escalan al 37.5%: millones laborando en jornadas extenuantes por salarios que no cubren lo básico o en horarios parciales involuntarios que condenan a la pobreza, estos no son meros ajustes estadísticos; son vidas humanas reducidas a cifras que el populismo centralizador ignora, prefiriendo redistribuciones grandiosas desde el centro en lugar de fomentar la iniciativa orgánica en las esferas cercanas.

En las profundidades del alma colectiva, nos preguntamos por qué nos engañamos con tal tenacidad ante este espejo deformante, porque el ser humano, en su fragilidad, anhela narrativas grandiosas que unifiquen el caos: el poder central promete transformación con gestos amplios que calman la ansiedad, mientras relega la responsabilidad a esferas distantes, asfixiando la iniciativa en familias, comunidades y asociaciones locales, nos mentimos al celebrar la cantidad aparente —ocupación masiva— sobre la calidad sustantiva, cuando en noviembre la PEA se contrajo, la participación económica cayó al 59% y muchos, desalentados, migran a la inactividad, inflando ilusoriamente la fortaleza laboral, es un autoengaño arraigado en el rechazo a la ordenación natural donde el trabajo florece en redes cercanas, responsables y subsidiarias, preferimos el consuelo de la ilusión colectiva, esa que transforma la resignación en progreso aparente, antes que confrontar la precariedad que devora la dignidad cotidiana.

De qué sirve, en efecto, señalar este velo si no proponemos el retorno a lo profundo y auténtico, la crítica al engaño no basta si permanece en el desvelamiento; debe tejer remedios que restituyan la primacía a las esferas inmediatas, el camino no yace en más intervenciones centralizadas que perpetúan dependencia, sino en fortalecer la familia como núcleo primordial de sustento y formación; en revitalizar municipios y comunidades con autonomía real para fomentar emprendimientos locales, cooperativas y asociaciones voluntarias que generen empleo arraigado, no precario; en incentivar redes orgánicas de apoyo mutuo, donde la dignidad del trabajo emerja de la proximidad.

En este México dividido, donde la informalidad sirve de válvula de escape para fallas estructurales persistentes, el bajo desempleo oficial no es victoria, sino velo sobre una realidad de subsistencia diaria indigna: familias que sobreviven al día, sin ahorros ni futuro asegurado, expuestas a la intemperie de crisis inesperadas, solo disipando este engaño estadístico, retornando la primacía a lo subsidiario —familia, barrio, municipio, iniciativas voluntarias—, desmantelando barreras que ahogan a pequeñas empresas locales, promoviendo educación técnica en entornos comunitarios y priorizando inversiones municipales, podrá emerger un tejido laboral auténtico, arraigado en la dignidad real y resistente a las quimeras del poder efímero, mientras tanto, el oasis prometido se revela como arena movediza, sustentando no prosperidad compartida, sino una fractura profunda que clama por remedios orgánicos, profundos y perdurables.