En el vasto repertorio de manuscritos superpuestos que es la historia humana, donde cada capa revela y oculta a la vez, emerge Núremberg, la meditación cinematográfica de James Vanderbilt que elige no el gran estrépito de las salas judiciales de antaño, sino los encuentros íntimos en celdas y campos desolados, allí, en el Zeppelinfeld de gradas vacías —ese anfiteatro donde antaño se proclamaba la uniformidad absoluta— Robert H. Jackson, interpretado con severa contención por , conduce al psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek, en un retrato de inquietud progresiva) y pronuncia la frase que enmarca el ciclo inexorable: todo esto comenzó con leyes —aquellas de 1935 que excluyeron y deshumanizaron bajo pretexto de orden— y esta guerra concluye en un tribunal, no en venganza ciega, sino en la afirmación del derecho como respuesta al caos que la ley pervertida había desatado.
Esta secuencia pivotal ilumina el núcleo de la obra, inspirada en las crónicas de Jack El-Hai: el duelo psicológico entre Kelley y Hermann Göring, encarnado por Russell Crowe en una actuación dominante que infunde carisma magnético incluso al coloso caído, Göring no surge como espectro grotesco, sino como figura ingeniosa y atractiva, capaz de invocar lealtades con argumentos que prometen restauración de jerarquías perdidas y unidad nacional pisoteada, Crowe lo reviste de una humanidad perturbadora, revelando cómo el poder totalitario no irrumpe siempre con marchas estruendosas, sino con susurros sutiles de grandeza colectiva, subsumiendo lo particular en lo abstracto, lo concreto en lo decretado y en uno de sus intercambios más inquietantes, Göring advierte con cinismo: “Solo porque alguien sea tu aliado no significa que esté de tu lado”, recordatorio de cómo las convergencias de interés ocultan abismos éticos y la victoria compartida no asegura afinidad moral.
El ritmo es deliberado y ascético, privilegiando el intercambio verbal afilado sobre el fragor dramático, las imágenes de archivo —crudas e implacables— se insertan como evidencia irrefutable, confrontando la devastación sin velos retóricos, la cinta destaca por su rigor histórico y la centralidad de Crowe, aunque algunas voces disienten por un tempo que exige contemplación paciente o por un sondaje que en ocasiones, apenas raspa las ambivalencias éticas más profundas.
Su potencia reside en esa interpelación semiótica al presente: en épocas donde resurgen discursos que prometen redención mediante la concentración omnímoda del mando, exaltando lo colectivo como fin absoluto y diluyendo la persona en una masa homogénea, Núremberg funciona como advertencia cifrada, el mal no habita en arquetipos remotos o demoníacos, sino en la fragilidad cotidiana de sociedades que abdican su responsabilidad propia ante ídolos carismáticos, ante sistemas que subordinan lo orgánico a lo impuesto, lo mediador a lo centralizado, muestra cómo la obediencia pasiva, la aquiescencia ante el avance del control absoluto, engendra abismos cuando se olvida que el orden genuino brota de realidades intermedias —familias arraigadas, asociaciones voluntarias, comunidades orgánicas— y no de aparatos que devoran libertades en nombre de una cohesión ficticia.
Urge en su sustancia profunda, confronta al espectador no meramente con hechos pretéritos, sino con la delicadeza de toda arquitectura moral que no se ancla en principios perennes, superiores a las oscilaciones colectivas o a los redentores efímeros, en un tiempo de fisuras intensas, donde el subjetivismo erosiona las fronteras entre lo justo y lo arbitrario, esta evocación de Núremberg —con sus leyes que inician horrores y leyes que los concluyen, con su recordatorio de alianzas precarias donde la convergencia de intereses no garantiza afinidad ética— invita a custodiar la inviolabilidad de cada ser como dique contra el resurgir de sombras, que disfrazadas de progreso o unidad, amenazan con engullir lo propiamente humano, una pieza de precisión factual y hondura reflexiva, que reverbera como signo indispensable en el laberinto infinito de nuestra conciencia contemporánea.
