El pesebre que no cede

En estas últimas horas de diciembre de 2025, mientras las ciudades se ahogan en un resplandor artificial que pretende sustituir la luz verdadera y los discursos oficiales repiten la palabra “paz” como quien conjura un hechizo, conviene detenerse y mirar de frente lo que realmente celebramos: un acontecimiento que no tolera ser domesticado, un hecho que desgarra la tela de la historia y deja expuesta la herida que nunca cicatriza del todo, no estamos ante una estampa navideña más, estamos ante el momento en que la Eternidad decidió entrar en el tiempo por la puerta trasera, por la puerta de los animales, por la puerta que nadie vigilaba porque nadie imaginaba que por allí entraría el Rey.

El establo de Belén no fue un accidente poético, fue una declaración de guerra contra toda forma de grandeza humana que se cree autosuficiente, allí, donde el suelo estaba impregnado de la humedad de la vida animal y el aire cargado con el aliento cálido y terrenal de las bestias, la Omnipotencia eligió la impotencia absoluta, El que sostiene las galaxias con un pensamiento se dejó sostener por dos brazos que temblaban de frío y cansancio, El que es Palabra eterna aprendió primero a llorar y en ese llanto, más que en ningún decreto imperial, se pronunció el juicio más severo contra el orgullo del mundo.

Los primeros en llegar no fueron los que tenían títulos, ni riquezas, ni poder, fueron hombres de manos ásperas, de espaldas encorvadas por el peso de las ovejas ajenas, de ojos acostumbrados a la oscuridad, ellos no pidieron audiencia, simplemente obedecieron al anuncio angélico y corrieron, al entrar en el establo no vieron a un niño cualquiera: vieron al Cordero de Dios y lo reconocieron porque ellos mismos eran pastores, la sencillez del corazón los hizo capaces de ver lo que la astucia nunca podrá ver.

Más tarde llegaron los magos, no eran reyes en el sentido estricto; eran sabios que habían gastado su vida estudiando el movimiento de los astros porque intuían que detrás del orden visible había un Ordenador invisible, viajaron meses, quizá años, siguiendo una estrella que no obedecía ninguna ley conocida y cuando llegaron, no se escandalizaron de la pobreza del lugar, se postraron, ofreciendo oro, incienso, mirra y en ese gesto los más sabios del mundo confesaron que toda sabiduría humana es necedad ante el rostro de Dios hecho niño.

A lo largo de los siglos esa misma escena se ha repetido en miles de vidas santas, Francisco de Asís dejó las riquezas de su padre para abrazar la pobreza radical y reconstruyó un pesebre vivo en Greccio, llorando de alegría al ver que el Niño se hacía presente entre animales reales, Teresa de Ávila afirmaba que el camino de la oración comienza en la humanidad de Cristo, en ese Niño que hay que mirar mucho tiempo para aprender a amar, Juan de la Cruz, prisionero en una celda miserable, encontraba en la noche oscura del alma el mismo pesebre: el lugar donde Dios se hace pequeño para que el hombre pueda acercarse sin morir de esplendor, en nuestra América Latina, San Martín de Porres sirvió a los pobres y a los animales con la misma reverencia con que los pastores sirvieron al Niño; Santa Mariana de Jesús, entregaba lo poco que tenía sabiendo que en cada rostro famélico estaba el mismo Niño de Belén, no necesitaron explicaciones sofisticadas: el pesebre les bastaba.

Hoy en un México fracturado por la desconfianza, la violencia, la corrupción y la polarización, la escena del pesebre nos interpela con una crudeza que pocos quieren escuchar: no se construye patria sin arrodillarse, no se sana una nación sin reconocer que la verdadera autoridad no viene de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba, de la entrega humilde, del servicio gratuito, de la capacidad de ver en el otro —en el más pobre, en el más débil, en el más diferente— la presencia real de Aquel que se hizo pobre para enriquecernos a todos.

La Navidad auténtica no es un bálsamo para calmar conciencias, es una fractura, una grieta por donde entra la luz que duele, porque el Niño no vino a confirmar nuestras ideologías, ni a bendecir nuestros proyectos, ni a legitimar nuestras divisiones, vino a contradecirlas, vino a decirnos que el camino de la grandeza nacional no pasa por más poder centralizado, ni por más asistencialismo clientelar, ni por más retórica de unidad sin verdad; pasa por el regreso a lo esencial: la capacidad de reconocer que Dios ya está aquí, ya se hizo carne, ya habitó entre nosotros.

A los pastores les bastó la obediencia, a los magos les bastó la adoración, a los santos les bastó la entrega. ¿Y a nosotros? ¿Qué nos bastará?

La respuesta no está en lo que digamos esta noche con velas y villancicos, esta en lo que decidamos hacer mañana, cuando las luces se apaguen, cuando los regalos se olviden, cuando vuelva la rutina con sus mismas heridas abiertas, ahí, en lo ordinario, en lo áspero, en lo cotidiano, es donde el Niño seguirá naciendo y seguirá naciendo porque su venida no depende de nuestra perfección, sino de su fidelidad inquebrantable, Él no se cansa de llegar, Él no se arrepiente de haberse hecho pequeño, Él sigue apostando todo a que el corazón humano, aun herido, aun dividido, aun lleno de miedos, es capaz de abrirse otra vez y convertirse en pesebre vivo, en lugar donde el cielo toca la tierra.

Porque este Niño es esperanza encarnada, pero no una esperanza tímida, Es la esperanza visionaria, la que ve más allá de las ruinas, la que anuncia un mundo nuevo precisamente cuando el viejo parece invencible, Él ha entrado en nuestra historia no para consolarnos en nuestra mediocridad, sino para encender en nosotros un fuego que no se apaga, un fuego capaz de iluminar las periferias olvidadas, de reconciliar a los enemigos, de levantar a los caídos, de hacer que una patria fracturada se levante como una sola familia alrededor de su mesa.

Imagina un México donde cada hogar sea un pesebre vivo, donde la desconfianza se derrita ante la presencia real de Aquel que nació entre nosotros, donde los poderosos se arrodillen primero, donde los sabios ofrezcan sus tesoros, donde los sencillos sean los primeros en correr al encuentro del Niño, esa patria no es utopía, Es promesa. Es la promesa que late en el pesebre desde hace dos mil años y que sigue latiendo esta noche, con más fuerza que nunca, porque cuando Dios se hace niño, no hay fractura que no pueda ser sanada, no hay noche que no pueda ser atravesada por la aurora, no hay muerte que no pueda ser vencida por la vida.

Que esta Navidad sea el comienzo de esa visión realizada, que nos atrevamos a entrar en el establo y al salir, llevemos en el pecho la certeza de que nada está perdido mientras un niño pueda nacer en un corazón humano, que María, la que dijo «sí» sabiendo que ese sí cambiaría la historia, nos dé valor para decir nuestro propio sí con alegría profética, que José, el custodio silencioso, nos dé fuerza para proteger lo que el mundo considera insignificante, que los pastores nos recuerden que la obediencia sencilla mueve el cielo, que los magos nos muestren que la verdadera inteligencia termina en adoración y en ofrenda total y que los santos de todos los tiempos, con su nube inmensa de testigos, nos empujen a levantarnos, a caminar y a reconstruir desde abajo, desde lo pequeño, desde lo que nadie ve pero que Dios ve y bendice con su mirada eterna.

Porque Él ya vino y sigue viniendo y vendrá hasta que el mundo entero, con sus fracturas y sus luces falsas, se postre ante el único que nació para que todos pudiéramos nacer de nuevo, levántate, no para huir, levántate para correr hacia el pesebre, para ser, junto con millones de corazones que se abren esta noche, el nuevo comienzo que México y el mundo necesitan, levántate para ser la aurora que anuncia un día nuevo, para ser la mano que levanta al caído, levántate para ser la voz que dice, en medio de la noche: «¡Él está aquí! Y mientras Él esté aquí, todo es posible».

Hagamos pues el amanecer de una era nueva, una era en la que el Niño reine de verdad, en la que el amor sea la única política posible, en la que la patria se reconstruya desde el pesebre y en la que cada uno de nosotros, por la gracia infinita de Dios, se convierta en un milagro vivo, porque cuando millones de corazones se convierten en pesebre, la historia entera se transforma.