La Navidad como signo que se niega a ser sólo signo

En estos días de diciembre la Navidad se presenta como un sistema de signos tan saturado, tan perfectamente calibrado, que casi pierde toda capacidad de significar, luces que parpadean en secuencias matemáticamente previsibles, árboles de procedencia industrial que imitan con disciplina de catálogo los árboles de verdad, belenes minimalistas que parecen más una cita irónica que una representación, villancicos reducidos a loops de ocho segundos en playlists algorítmicas que ya saben exactamente cuánto tiempo aguanta el cliente antes de sentir nostalgia y seguir comprando, todo conspira para que el acontecimiento central se convierta en un significante flotante, en un significante sin significado fijo, en una marca registrada más que en un misterio, la ciudad entera se transforma en un gran escaparate donde la Navidad ya no se celebra, se exhibe.

Y sin embargo el núcleo originario de la fiesta permanece tercamente irreductible a esa economía de la representación, no es discurso, es un cuerpo, un cuerpo que llora con el llanto desnudo de quien acaba de descubrir el aire, que necesita leche tibia y manos inexpertas, que ensucia pañales y sufre el frío de una gruta mal ventilada donde el viento entra como ladrón, ese cuerpo, precisamente por su materialidad excesiva, desborda cualquier intento de domesticarlo en una estética o en una ideología, no se deja reducir a ternura genérica ni a símbolo cultural, está ahí, pesado, demandante, real, y su sola presencia hace que todos los demás signos se vuelvan de pronto un poco ridículos.

La operación cultural contemporánea consiste, en buena medida, en convertir ese exceso en ornamento inofensivo, se le quita peso ontológico al niño de Belén para que no moleste, se le sustituye el escándalo de la encarnación por la dulzura de la infancia genérica, se le cambia el contexto de opresión romana y marginación judía por un imaginario de estabilidad familiar nórdica con renos y nieve artificial, se le hace pasar de acontecimiento que interrumpe la historia a accesorio decorativo de la historia que ya tenemos, así el pesebre deja de ser el lugar donde Dios se juega entero y se convierte en una postal que se cuelga para que los visitantes digan qué bonito antes de pasar a la siguiente cosa.

En este punto se vuelve revelador observar cómo reaccionan los diferentes campos de fuerza ideológicos ante ese niño que se niega a ser inofensivo, unos lo acusan de colonialidad y lo quieren sustituir por sincretismos más “incluyentes” que, en el fondo, no hacen sino cambiar de disfraz al mismo significante vacío, otros lo reclaman como estandarte de una identidad cultural amenazada y lo convierten en bandera de guerra contra el progresismo, olvidando que el niño no vino a ganar batallas culturales sino a perderlas todas, la batalla de la relevancia, la del poder, la de la autoafirmación, ambas operaciones, aparentemente opuestas, coinciden en lo esencial, en ambos casos se intenta reducir el signo a función, el acontecimiento a arma, el niño a pretexto.

Pero el niño no es pretexto, es obstáculo, es aquello que se interpone entre el deseo de tener un significado claro y la realidad de que el significado último se presentó precisamente en forma de indefensión absoluta, no trae currículum ni propuesta de valor ni discurso de campaña, trae sólo hambre, sueño, frío y una madre y un padre que lo miran con la mezcla exacta de asombro y terror que produce saber que se lleva en brazos al que sostiene el universo.

Por eso la verdadera cuestión navideña no reside en decidir si conservamos o desmantelamos los símbolos, si cantamos en latín o en náhuatl, si ponemos al niño en el centro o lo dejamos para el final como si fuera el último adorno, la verdadera cuestión es más elemental y más brutal, ¿qué hacemos con la irrupción de un cuerpo que no se deja instrumentalizar ni por la devoción ni por la crítica, ni por la nostalgia ni por la deconstrucción?, ¿qué hacemos cuando lo que llega no es una idea, ni una causa, ni una identidad, sino simplemente necesidad encarnada?

Mientras la ciudad se ilumina con un lujo que no corresponde a la mayoría de sus habitantes, mientras el discurso oficial repite que “todos somos familia” en un país donde decenas de miles de familias están partidas por la desaparición, mientras se multiplican los gestos de solidaridad puntuales que sustituyen a la justicia estructural, aquel cuerpo sigue allí, en su establo, diciendo con su mera presencia lo que ningún manifiesto político ha logrado articular con igual radicalidad, que la medida del hombre no es su productividad, ni su poder de consumo, ni su coeficiente intelectual, ni su alineación ideológica, ni siquiera su capacidad de resistencia, sino precisamente su capacidad de ser acogido cuando llega sin nada que ofrecer más que su necesidad.

Y en esa capacidad o en esa incapacidad, de acoger al que llega sin credenciales, sin agenda, sin capital simbólico, sin discurso previo que lo legitime, se juega, cada diciembre, si todavía somos capaces de reconocer un acontecimiento que no cabe en nuestras categorías, o si hemos decidido definitivamente que todo significado debe ser negociable, estetizable, rentable y sobre todo, conveniente.

El niño, mientras tanto, no negocia, duerme, respira, crece y espera con esa paciencia infinita que sólo tienen los que no necesitan demostrar nada, a ver si este año, entre tanta representación, alguien se atreve a reconocerlo como presencia real y no como otro más de los signos vacíos que decoran nuestra fatiga.

Si alguien lo hace, tal vez la Navidad deje de ser un sistema de signos y vuelva a ser lo que siempre fue, un cuerpo que irrumpe, un grito que no se domestica, un niño que sin decir palabra, nos recuerda que el mundo no se salva con más luces, sino con más puertas abiertas en la noche.