En un mundo donde los grandes relatos ideológicos se entretejen como tapices medievales, llenos de hilos brillantes, paradojas inesperadas y sombras que a veces resultan ser luz disfrazada, uno no puede evitar preguntarse si la batalla contra ciertas visiones colectivistas —que prometen paraísos terrenales a costa de la libertad individual y de la alegría cotidiana— debe librarse siempre en los campos abiertos de la confrontación directa. Hemos tendido a adoptar una postura defensiva, fortificando posiciones, refutando argumentos con argumentos, como caballeros en un torneo interminable donde nadie gana verdaderamente y todos terminan agotados y aburridos, pero la vida, esa aventura extravagante y llena de sorpresas, no está hecha para trincheras eternas. ¿Y si, en lugar de chocar espadas, dirigiéramos nuestra mirada hacia la semilla misma de donde brota el árbol, con la misma curiosidad con que un niño desentierra una raíz para descubrir qué maravilla o qué monstruo se esconde debajo?
Divaguemos un momento, como quien hojea un manuscrito antiguo en una biblioteca polvorienta o camina por las calles viejas de la Ciudad de México y advierte que lo aparentemente moderno no es sino una variante de errores muy antiguos, los signos, esas entidades sutiles que conforman nuestras narrativas culturales, no surgen del vacío, toda ideología que exalta el colectivo por encima del individuo, que sueña con redistribuciones absolutas, controles centralizados y una igualdad impuesta que acaba siendo la más cruel de las tiranías, encuentra su nutrimento en suelos específicos: la desigualdad no resuelta, la alienación del trabajo mecánico, la erosión de las estructuras intermedias que dan sabor y sentido a la existencia —familias, comunidades locales, gremios, tabernas, asociaciones voluntarias, mercados callejeros—, es allí, en esas grietas, donde la semilla germina, prometiendo soluciones radicales que, con frecuencia paradójica, profundizan las heridas y convierten la vida en algo gris, predecible y tristemente serio.
Porque hay una verdad que a menudo olvidamos: el ser humano no está hecho para sistemas perfectos, sino para la aventura imperfecta de ser libre, cuando se le ofrece un paraíso sin riesgo, sin esfuerzo personal, sin la posibilidad del fracaso y del heroísmo cotidiano, termina aceptándolo con resignación y pierde aquello que lo hace verdaderamente humano: la capacidad de reírse de sí mismo, de maravillarse ante lo pequeño, de rebelarse con alegría contra lo absurdo, las grandes utopías colectivistas suelen olvidar que la igualdad real no consiste en tener todos lo mismo, sino en que cada uno pueda ser diferente sin ser aplastado.
La verdadera respuesta a estas ideologías no es otro sistema igualmente grandioso y abstracto, sino un orden social profundamente humano que reconozca la dignidad de la persona y su vocación a la propiedad responsable, al trabajo creativo y a la cooperación libre, un orden en el que la propiedad esté lo más ampliamente distribuida posible —no concentrada en las manos de unos pocos capitalistas ni absorbida por el Estado omnipotente, sino en manos de familias, artesanos, pequeños empresarios, cooperativas y comunidades—. Un orden donde el trabajo no sea mera mercancía alienada, sino expresión de la personalidad y servicio al bien común, donde los gremios y asociaciones intermedias protejan al individuo del doble peligro del individualismo salvaje y del colectivismo asfixiante, este es el camino que restaura la alegría de vivir: el distributismo como principio práctico, donde cada hombre pueda decir “esto es mío” de su herramienta, su tierra, su taller y desde esa posesión responsable contribuir generosamente al todo.
Ir a la ofensiva significa pues, anticiparse con imaginación, cultivar un terreno donde esa semilla colectivista no encuentre abono fácil, promover la dignidad inherente a toda persona humana como principio práctico que impulse iniciativas desde abajo: educación que enseñe a pensar y crear, emprendimiento libre que permita al panadero ser dueño de su horno, apoyo decidido a las familias como células primordiales, defensa de la propiedad pequeña que da independencia, orgullo y estabilidad, fomentar el bien común no mediante imposiciones estatales que absorben lo que las instancias menores pueden resolver mejor y con más cariño, sino respetando esa jerarquía natural donde lo pequeño sostiene lo grande y lo grande auxilia sin sofocar ni uniformar.
Claro está que no se trata de ingenuidad pacifista ante el mal ya manifestado, cuando la semilla ha crecido en un árbol torcido cuyas ramas buscan destruir y someter, imponiendo visiones totalitarias que anulan la libertad, la pluralidad y hasta el sentido del humor, la defensa se impone como imperativo ineludible y casi alegre, porque defender lo bueno es también celebrar la vida, proteger las raíces sanas del jardín social contra tales intrusiones no contradice la labor preventiva, sino que la complementa, asegurando que el terreno permanezca viable para el cultivo de lo verdadero, lo bello y lo justo.
La solidaridad verdadera no es la uniformidad impuesta por burócratas lejanos, sino el reconocimiento gozoso de que cada uno, en su diferencia extravagante, contribuye al todo, la ayuda subsidiaria evita que el poder central se convierta en un leviatán devorador que termina comiéndose hasta la capacidad de maravillarse, destruir la semilla implica, paradójicamente, construir con entusiasmo: tejer redes de responsabilidad compartida donde la justicia florezca no por decreto frío, sino por la libre cooperación de personas que se saben dignas, interdependientes y capaces de reír ante las grandiosas tonterías que a veces proponen los reformadores del mundo.
En última instancia, la vanguardia no está en el grito de guerra ni en la planificación perfecta, sino en la paciente y alegre labor de quien, como un jardinero sabio y un tanto excéntrico, prepara la tierra para que solo crezcan frutos sanos, el orden social cristiano —ese que ve en cada persona una imagen viva de lo divino, que defiende la libertad como don y la propiedad como deber, que celebra la familia y la comunidad como escuelas de virtud y alegría— es la única respuesta profunda y duradera ante las ideologías que prometen utopías coercitivas, así, esas ideologías se marchitarán por falta de suelo fértil, sin necesidad de arrancarlas a la fuerza y el jardín humano, diverso, imperfecto, lleno de paradojas y sorpresas, podrá desplegarse en toda su complejidad abierta, invitando a interpretaciones múltiples pero siempre ancladas en la realidad de lo que nos hace verdaderamente humanos: la libertad de ser nosotros mismos, con nuestras locuras y nuestras grandezas.
