Cuando México ya enciende sus posadas y las calles se vuelven procesión de voces que piden posada para María y José, el Evangelio de Mateo nos arrastra suavemente hacia la escena primera: un hombre justo ante el misterio que quiebra toda certeza humana, María, su desposada, lleva en su vientre una vida que no procede de él, obra pura del Espíritu Santo, José, que no desea difamarla ni herirla, decide repudiarla en el silencio del corazón, pero un sueño lo alcanza como luz en la noche, el ángel le susurra con ternura firme: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque lo que en ella ha sido engendrado viene del Espíritu Santo, dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, pues él salvará a su pueblo de sus pecados» y para que la memoria antigua no se olvide, resuena la profecía: la virgen concebirá, parirá un hijo y lo llamarán Emmanuel, que traducido es Dios con nosotros.
José despierta y sin una palabra, sin exigir más pruebas, sin convocar testigos, obedece, acoge, guarda, se entrega al silencio mayor de la fe.
En México esta historia late como un corazón profundo que no necesita doctas explicaciones para ser sentida en la carne, hace apenas nueve días millones de pies recorrieron el camino al Tepeyac para postrarse ante Maria de Guadalupe esa otra virgen que concibe sin sombra de varón, que elige revelarse a un indígena humilde, hablarle en su lengua materna, estampar su imagen en la tilma frágil como quien firma un pacto eterno de ternura, extiende su manto estrellado sobre la misma aventura: una pareja joven, una mujer encinta, un techo incierto, un mundo que cierra puertas y corazones.
Porque México, en este diciembre de 2025, celebra la Navidad entre el gozo ritual y la herida siempre abierta, mientras las posadas cantan la búsqueda simbólica de albergue entre villancicos, vapor de ponche y luces temblorosas, miles de familias buscan posada verdadera, huidas de la violencia que devora Guerrero, Michoacán, Chiapas y tantos rincones donde el miedo obliga a dejar atrás la casa, la tierra, la memoria, caravanas que cruzan el país como antiguos peregrinos, repatriados que regresan sin desearlo, más de 145 mil en un solo año, más de 121 mil desaparecidos cuyo nombre clama en el viento, madres buscadoras que remueven la tierra callada, buscando un hueso, un signo, una esperanza mínima en medio de la noche.
Y aun así, en esa misma noche, vuelve a sonar la voz del ángel: «No temas», José no teme acoger lo que escapa a toda lógica, lo que trastorna sus planes, lo que lo expone al rumor y al desprecio, acoge a María en su misterio, acoge al Niño que no lleva su sangre pero llevará su nombre y su protección, acoge el destino que lo hace custodio silencioso de la salvación entera y en un país donde tantas familias se tejen de nuevo tras la migración, la ausencia, el dolor, donde abuelas se convierten en madres otra vez, donde tíos abren puertas a sobrinos huérfanos, donde pueblos enteros se hacen refugio de los despojados, José se vuelve rostro cercano, hermano mayor, padre de todos los que cuidan sin pedir explicaciones.
La Navidad mexicana, con su sincretismo antiguo y vivo como sangre nueva, nos susurra que Dios nunca elige los palacios blindados ni las certezas de los poderosos, elige la precariedad de un taller de carpintero en Nazaret, la pobreza de un pesebre en Belén, elige revelarse en un cerro, hablar en náhuatl dulce, dejar su rostro en la ropa humilde de un indígena, elige hoy las periferias donde la vida se defiende con esperanza terca y callada.
Emmanuel: Dios con nosotros, no como idea lejana de teólogos, sino como presencia cálida en quien pide posada bajo la lluvia, en quien parte el poco pan y el ponche humeante, en quien, como José, abre la puerta aunque el huésped llegue cargado de misterio, de riesgo, de promesa infinita.
Que en estas posadas y en esta Navidad que se acerca como luz en el horizonte, sepamos ser como José: seres justos que ante lo inesperado que prefieren la misericordia al juicio, la acogida al rechazo, que no temamos recibir al que llega sin papeles ni explicaciones completas ni garantías de calma, porque sólo en esa vulnerabilidad compartida, en ese temblor humano, se hace carne el Dios que salva y abraza.
¡Feliz Adviento y una Navidad de verdadera posada para todo México!
