En el gran teatro de los signos vacíos que hoy gobierna el mundo, donde los rituales colectivos sirven de cortina para las más brutales relaciones de dominación, contemplamos un caso ejemplar de sumisión voluntaria, una federación privada con sede en Zúrich ha logrado que un Estado soberano le entregue por escrito y con todas las firmas lo que ningún imperio colonial consiguió en tres siglos: la suspensión temporal pero absoluta de sus leyes fiscales, judiciales y urbanas.
La FIFA no llega como huésped, llega como soberano, exige y obtiene que México declare exentos de todo tributo a ella misma y a su corte de mercaderes: Coca-Cola que endulza el aire de los estadios, Adidas que calza los pies de los jugadores, Hyundai que traslada a los directivos, Wanda Group, Qatar Airways que transporta a los jeques, Crypto.com que vende espejitos digitales, y por supuesto McDonald’s, esa cadena que ya ocupa cada esquina de nuestras ciudades y que durante el Mundial venderá millones de hamburguesas, sus ganancias volarán intactas, las nuestras seguirán gravadas hasta el último centavo.
El convenio firmado en junio de 2022 es un documento de vasallaje puro, la FIFA puede modificarlo cuando quiera, añadir obligaciones nuevas (más cámaras, más “limpieza”, más dinero), y México debe obedecer sin chistar, si hay pleito no se resuelve en México: se va a Suiza donde la FIFA siempre gana y en las calles del sur de la ciudad los taqueros, los vendedores de elotes, los que sobreviven con una plancha y un toldo serán barridos a 2 kilómetros a la redonda del Azteca, no por seguridad sino para que ningún olor ni ningún logo no autorizado opaque el brillo dorado de los patrocinadores oficiales, el espacio público, ese último reducto de lo común, se convierte en vitrina privada de multinacionales.
Canadá y Estados Unidos negociaron con uñas y dientes: exenciones limitadas, rechazos abiertos en ciudades enteras, acuerdos que preservan al menos un mínimo de dignidad fiscal, México firmó el más generoso, el más humillante de los tres y lo firmó sabiendo quién es la FIFA: una organización que ha acumulado décadas de sobornos documentados, detenciones del FBI, confesiones grabadas de sus propios directivos, investigaciones que revelaron cómo se compraban y vendían sedes mundialistas como si fueran terrenos baldíos, sin embargo cuando llega el momento del gran rito los mismos gobiernos que presumen de patriotismo se arrodillan y entregan la chequera.
Se nos habla de “legado”: 500 canchas pintadas de nuevo, trolebuses eléctricos, pozos rehabilitados, 123 mil cámaras que nos vigilarán mejor, pero esas obras no son un regalo de la FIFA, son deberes pendientes del Estado mexicano que cualquier gobierno decente debería haber cumplido hace años sin esperar el silbatazo de un árbitro suizo, acelerarlas con dinero público para luego regalarle a la FIFA miles de millones libres de impuestos no es un “ganar-ganar”, es un saqueo consentido.
El fútbol mexicano no necesita esta humillación para existir, llenamos estadios con o sin reflectores globales, lloramos derrotas y celebramos goles sin pedir permiso a nadie, no requerimos que McDonald’s venda sus cajitas felices sin pagar impuestos, ni que Coca-Cola inunde nuestras pantallas sin contribuir, ni que la FIFA dicte cómo debe verse nuestra hermosa y bella Ciudad de México para sentirnos parte del mundo.
En junio de 2026 el balón rodará por tercera vez en el Estadio Azteca y lo hará en un México que ya vendió su soberanía, el acuerdo está firmado, las cláusulas son irrevocables, las exenciones fiscales ya están concedidas, los tribunales suizos ya esperan cualquier disputa, los ambulantes ya serán desplazados, no hay ilusión que alcance para cubrir la realidad de ese documento: la soberanía se regaló a cambio de unas semanas de espectáculo, de logos dorados, de hamburguesas y refrescos sin impuestos.
El balón rueda, sí, pero sobre un terreno donde una parte del alma nacional quedó hipotecada para siempre, no hay gol que borre esa firma, ni himno que ahogue el silencio de la dignidad perdida, solo queda el eco de un pacto que nadie pidió, que nadie votó y que todos pagaremos, pero la 4T no vende la soberanía, la regala.
