Ayer, era un día cualquiera en la Ciudad de México, circulaba por una avenida ancha, de esas que parecen venas abiertas de la urbe, con el tráfico denso, el sol bajo y el ruido constante de motores, conducía tranquilo, cuando de pronto una moto negra con cuadritos y vivos amarillos —el uniforme inconfundible de la policía de tránsito de la SSC— se colocó a mi lado derecho como una sombra agresiva.
El agente golpeó la ventanilla con fuerza, repetidamente, bajando el vidrio pregunté con calma: “¿Qué pasó, oficial?, su respuesta fue un grito seco: “¡Deténgase!”. Insistí: “¿Por qué?”, “¡Deténgase!”, volvió a gritar, sin agregar una sola palabra más, disminuyó la velocidad y aceleró nuevamente, colocándose ahora al lado izquierdo, golpeó otra vez el vidrio con más violencia: “¡Deténgase, deténgase!”, bajé el vidrio por segunda vez: “¿qué pasó?”, siempre lo mismo, como un autómata sin alma: “¡Deténgase!”.
El miedo me invadió como una ola fría, esa orden repetida sin motivo, sin explicación, sin infracción visible, me hizo pensar en todo lo que uno escucha: extorsiones, agresiones, abusos disfrazados de autoridad o algo peor, por puro instinto de supervivencia y miedo, aceleré para intentar alejarme, el motor rugió, pero él me persiguió pegado al coche, golpeando ahora la ventana y parabrisas con el puño: golpes metálicos que retumbaban dentro del habitáculo, gritando la misma frase, una y otra vez, como si fuera la única que conociera.
En un acto temerario se cruzó delante de mí y me obligó a frenar en seco, bajo de la moto, sacó un desarmador y se dirigió directo a la placa delantera, dispuesto a arrancarla, intenté bajar del coche para detenerlo, pero en ese momento, una patrulla negra y verde —de la misma corporación— que había estado siguiéndonos sin que yo la viera, se detuvo atrás, dos policías más salieron corriendo y me sujetaron con brutalidad, torciéndome los brazos para impedirme moverme.
Forcejeé con todas mis fuerzas, logré zafarme parcialmente y corrí hacia la defensa delantera, agarré la placa con la mano izquierda justo cuando el primer agente tiraba con violencia, el metal se desgarró con un chirrido horrible, un corte profundo, ardiente, como si me hubieran pasado una navaja, la sangre brotó inmediatamente, caliente, espesa, empapando mi mano, salpicando el piso, los dedos quedaron abiertos, rebanados, la carne viva expuesta, la adrenalina anulaba el de dolor mientras seguíamos forcejeando los cuatro, varios automovilistas tomaban video y fotos de los que sucedía como si fuera un espectáculo de medio día a media calle.
De pronto, uno miró mi mano ensangrentada —dedos mutilados, sangre goteando en charcos rojos sobre el asfalto caliente— y murmuró algo a los otros, se miraron un segundo y huyeron, la moto negra con cuadritos y vivos amarillos arrancó a toda velocidad, los otros dos corrieron a la patrulla negra y verde y desaparecieron entre el tráfico, como si nunca hubieran existido.
Me quedé solo en medio de la avenida, temblando, con la mano colgando, sangre por todo el brazo, conduje con una sola mano hasta la Cruz Roja más cercana, apretando un trapo que se empapó en segundos, allí me pusieron dieciséis puntadas en un dedo y catorce en otro, compré medicamentos y curaciones de mi bolsillo, regresando a casa con la mano vendada y el alma rota.
Esta noche no dormí, cada vez que cierro los ojos vuelvo a escuchar los golpes en el vidrio, esa orden repetida como un martillo: “¡Deténgase!, ¡Deténgase!, ¡Deténgase!”, siento nuevamente el tirón brutal, el metal cortando, la sangre caliente resbalando, olor metálico y dolor late bajo la venda, desperté varias veces sobresaltado, con el corazón acelerado, sudor frío, rabia e impotencia, nuevamente no confío en circular por mi propia ciudad y yo que he defendido a la policía en innumerables ocasiones me siento defraudó.
Este no es un caso aislado, es la expresión brutal de un problema sistémico que lleva años pudriendo las calles de la capital: una policía de tránsito que actúa con arbitrariedad, violencia y total impunidad, por que están capacitados para extorsionar y robar casos como el mío se repiten diariamente: conductores agredidos, extorsionados, humillados o heridos por exigir una explicación o simplemente por tener miedo.
Las cifras son demoledoras y no mienten: según datos históricos y reportes de HRW, la impunidad en casos de brutalidad policial supera el 99.5%, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos registró 142,391 violaciones a derechos humanos solo en 2024, ENVIPE 2025 muestra que apenas el 9.6% de los delitos se denuncia, precisamente por la desconfianza absoluta en las autoridades.
Por eso es urgente, impostergable, reconstruir desde los cimientos la policía de la Ciudad de México: una depuración profunda que saque a los elementos corruptos y violentos, capacitación obligatoria y continua en derechos humanos, implementación inmediata de cámaras corporales, protocolos claros que exijan explicación inmediata en toda detención, investigaciones independientes y sanciones ejemplares que de verdad duelan.
No más promesas vacías ni operativos cosméticos, necesitamos una policía que proteja de verdad, no que hiera y huya.
Exijo justicia concreta: que la Secretaría de Seguridad Ciudadana identifique a los agentes, que los sancionen, que paguen por el daño físico, económico y emocional, que reparen lo que rompieron.
Porque la sangre que ayer derramaron en mi mano no es solo mía: es la vergüenza colectiva de una ciudad que merece vivir sin miedo a quienes juraron cuidarla y mientras esa sangre no se lave con justicia real, ninguno de nosotros estará a salvo en estas calles.
