En esta era de narrativas efímeras y certezas disueltas, donde las grandes ciudades se convierten en laberintos semióticos de poder y desorden, dos preocupaciones antiguas resurgen con la fuerza serena de lo inevitable: la prosperidad que brota del esfuerzo libre y responsable, y la seguridad que permite caminar por las calles sin el peso constante del miedo, no es casual que, en una metrópolis como la nuestra —corazón pulsante de toda una nación—, los ciudadanos, al leer los signos de los tiempos, se inclinen hacia opciones que defienden sin ambigüedades un orden firme, una libertad auténtica y una dignidad que no admite concesiones, pues cuando las instituciones se debilitan, cuando barrios enteros caen bajo la sombra de la impunidad y el presupuesto público se transforma en instrumento de control, la respuesta natural no es la resignación, sino la afirmación tranquila y decidida de principios esenciales.
La economía, ese inmenso tejido de intercambios donde se manifiesta la creatividad humana, alcanza su verdadero florecimiento cuando se respeta la propiedad como prolongación natural del trabajo, cuando la iniciativa privada respira libre de un Estado asfixiante y se guía por reglas claras que premian el mérito y la innovación, la historia nos ofrece una ironía constante: allí donde el intervencionismo excesivo, envuelto en promesas de justicia, ha dominado, el resultado ha sido siempre el estancamiento, la inflación desbocada y una dependencia que humilla la responsabilidad personal, convirtiendo a familias y emprendedores en cautivos de la burocracia; en cambio, cuando se liberan las energías creativas, se reducen las cargas innecesarias y se protege la libertad de asociación, surge una abundancia que beneficia a todos, no por mandato central, sino por la suma viva de esfuerzos diversos, desde el más modesto hasta el más audaz, porque los bienes de este mundo están llamados a servir al bien común precisamente cuando se confía en que la familia, la comunidad y el individuo resuelvan lo que les es propio, con ayuda superior solo cuando resulte verdaderamente necesaria.
Y qué decir de la seguridad, ese fundamento olvidado en épocas de abstracciones ideológicas: en una ciudad donde amplios territorios han sido abandonados al crimen organizado, donde la extorsión se vuelve rutina y la violencia carcome la confianza cotidiana, toda prosperidad se desvanece como niebla matutina, la seguridad no es nunca represión arbitraria, sino la restauración del orden público como condición indispensable de la libertad: apoyo decidido a quienes velan por nosotros, penas justas que disuadan sin ensañamiento, combate sin tregua a esa cultura de la impunidad que premia invasiones, tolera el comercio depredador y disfraza la corrupción de realismo, pues cuando el poder renuncia a esta tarea esencial, relativizando el delito o anteponiendo derechos abstractos a la víctima concreta, el vacío que deja se llena de temor y desesperanza; en cambio, una autoridad firme pero siempre respetuosa de la dignidad humana libera las energías para lo verdaderamente productivo: familias que educan a sus hijos en paz, empresas que piensan a largo plazo, comunidades que se ayudan voluntariamente.
Los mexicanos somos en lo profundo, conservadores: custodiamos la vida desde su concepción hasta su fin natural, la familia como célula primera de la sociedad, la tradición responsable que teje las generaciones; y libertarios en lo personal: defendemos la conciencia inviolable, la libertad religiosa y educativa —sobre todo el derecho primordial de los padres a formar a sus hijos sin adoctrinamiento estatal—, la expresión sin censura, la empresa libre de yugos excesivos. Rechazamos la ambigüedad del centro como refugio de la tibieza, la traición de una derecha acomodaticia que se inclina ante modas pasajeras o poderes instalados; nuestra lealtad pertenece únicamente a esta ciudad y a sus millones de habitantes, a devolverle instituciones independientes, autonomía real a sus territorios y a extirpar la impunidad que corroe su tejido vivo.
En esta sociedad líquida donde todo parece negociable, economía y seguridad se revelan como anclas irrenunciables, optar por una derecha sin complejos no es retroceder, sino interpretar con sabiduría los signos del momento: comprender que el bien común se construye desde abajo, con orden que ampare la libertad, prosperidad que honre el mérito y dignidad que no transige, la historia, ese vasto texto siempre abierto, nos advierte que ignorar estas evidencias solo complica la trama; más vale, tal vez, afirmar con serenidad y firmeza que esta corriente ha venido para quedarse, para devolver a la urbe su condición de ciudad libre, segura, ordenada y fiel a su vocación más honda, al final, el ciudadano, como último lector, decidirá el rumbo, pero los signos apuntan claramente hacia un retorno sereno a lo esencial.
