En el corazón palpitante de la Ciudad de México, donde los rascacielos rozan las nubes y las calles humildes custodian sueños rotos y esperanzas vivas, dos sacerdotes cuidan tres parroquias cercanas que forman un mosaico vivo de nuestra humanidad: una en barrio acomodado, otra en clase media y la tercera en zona popular, no es azar; es designio divino, Dios ha tejido con hilos invisibles un puente de amor entre mundos que apenas se cruzan, recordándonos que su Iglesia abraza a todos, sobre todo a los que cargan las heridas más profundas.
Mi párroco y su vicario viven cada día una ofrenda que estremece el alma cuando uno se atreve a contemplarla de cerca, desde nuestros bancos los vemos serenos en el altar: elevando la hostia como quien alza el sol, pronunciando el perdón como quien abre una puerta al cielo, bendiciendo a los pequeños como quien derrama lluvia de gracia y sin querer, muchas veces pensamos que “no trabajan como los demás”, que su existencia transcurre en calma privilegiada, ¡Qué lejos estamos de la verdad! ¡Cuánto menospreciamos, sin advertirlo, el torrente de amor que brota silencioso de sus corazones!
Despiertan cuando la ciudad aún guarda el silencio de la noche, se arrodillan en la oscuridad para conversar con Aquel que los llamó por nombre propio y les confió su rebaño, oran por nosotros antes de que nosotros recordemos orar y se lanzan a las calles, desafiando el río lento del tráfico, llevando en el pecho la urgencia ardiente de las alma, celebran la Eucaristía en un templo, corren a otro, regresan al tercero: tres altares distintos, tres comunidades diversas, un solo Corazón de Cristo que se parte y se multiplica para no dejar a nadie sin su presencia.
En sus tres parroquias, acogen la soledad que se disfraza de éxito; enjugan lágrimas que nadie ve tras fachadas impecables; sostienen matrimonios que se deshacen en silencio, comparten el peso diario de padres que sueñan lo mejor para sus hijos, la angustia del mañana incierto, el cansancio que no se cuenta, palpan la pobreza que lacera, la violencia que acecha, las madres que lloran ausencias irreparables, los niños que crecen con el hambre como compañero, no solo anuncian la Palabra; reparten el pan que llega por misericordia ajena y siembran esperanza donde solo parece crecer la desesperación.
El mismo sacerdote que al amanecer consuela a un hombre abrumado por el vacío del poder, al atardecer abraza a una anciana sin recursos para sus medicinas, escucha confesiones que se prolongan como ríos de dolor y gracia; celebra bodas radiantes de ilusión; despide a los que parten con lágrimas que son también suyas; corre en la noche a llevar la unción que abre la puerta del cielo a un enfermo, coordina catequistas, enciende sueños en los jóvenes, repara techos rotos, administra con manos limpias lo que la providencia envía, con un ingreso sencillo, sin hogar propio que lo espere con luces encendidas, con la soledad del celibato y a veces, con el temor que susurra en calles peligrosas.
Lo hacen sin ruido, sin reclamar aplauso, con una fortaleza callada que solo puede nacer de lo alto, aceptan el cansancio del cuerpo, el agotamiento profundo del alma que a veces los fieles confunden con frialdad, soportan críticas injustas, noches en que el peso parece insoportable y aun así, amanecen de nuevo dispuestos, porque juraron ser otros Cristos y Cristo nunca deja sola a ninguna oveja.
Esta entrega tan bella, tan honda, corre peligro hoy, la crisis vocacional azota nuestra Arquidiócesis como viento frío: pocos jóvenes escuchan el llamado, las ordenaciones son gotas en un desierto, los sacerdotes envejecen y faltan manos jóvenes que tomen el relevo, si no despertamos, parroquias como estas tres podrán quedarse sin voz que anuncie, sin manos que consagren, sin corazón que acompañe.
Pero Dios no deja de susurrar nombres en la noche, en algún joven de estas comunidades, en alguna familia de estas tres parroquias, ya palpita un corazón que Él toca con suavidad, solo falta que lo ayudemos a oír, solo falta que dejemos de menospreciar el sacerdocio y comencemos a mirarlo con ojos llenos de admiración y gratitud inmensa, solo falta que con voz temblorosa, les digamos a nuestros sacerdotes: “Gracias por ser, gracias por entregarlo todo por nosotros”.
Sobre todo, necesitamos suplicar con el alma abierta por nuevas vocaciones, la Iglesia respira gracias a ellos, sin sacerdotes no habrá Eucaristía que nos alimente, ni perdón que nos levante, ni pastor que camine con nosotros en la oscuridad y en la luz.
Ojala que este resumen de la vida de mi párroco y su vicario despierte en nosotros un fuego nuevo y nos impulse a orar, a agradecer, a sembrar vocaciones con ternura y pasión, recordándonos que el sacerdocio es la ofrenda más hermosa que un hombre puede hacer después del sí total de Cristo en la Cruz.
Y con el corazón rebosante de emoción y esperanza, elevemos esta súplica:
Señor Jesús, Buen Pastor que conoces a cada oveja por su nombre y diste tu vida por ellas en la Cruz, mira con ternura a tu Iglesia y danos sacerdotes según tu Corazón: hombres encendidos por tu amor, valientes en la entrega, pobres para enriquecer a muchos, padres de los solos, consuelo de los heridos y luz en nuestras sombras. Enciende en muchos jóvenes esa llama que solo Tú puedes prender, disipa sus miedos y haz que respondan con generosidad. Sustenta a los que ya sirven y reconfórtalos en su fatiga. A nosotros, danos ojos para admirarlos y labios para rogar sin cesar. María, Madre de los sacerdotes, cúbrelos con tu manto y alcánzanos abundantes vocaciones santas. Amén.
¡Señor, danos sacerdotes según tu Corazón! Amén.
