En el vasto teatro del mundo, donde los signos se entretejen como en un manuscrito antiguo iluminado con miniaturas de horror y de luz, el 14 de diciembre de 2025 irrumpió en Bondi Beach un espectáculo de crueldad que parecía extraído de las páginas más sombrías de una crónica apocalíptica, una playa, ese lugar de reconciliación entre el cuerpo y la naturaleza, ritual moderno de sol y sal, se transformó de pronto en escenario de una tragedia primordial: dos hombres, mensajeros de una lengua cifrada en plomo y fuego, segaron al menos quince vidas bajo un cielo indiferente, niños que alzaban castillos efímeros en la arena, madres que vigilaban con esa ternura ancestral, familias que compartían el pan simple de la cotidianidad durante una celebración de luz: todos convertidos, en un instante, en signos de una gramática de la muerte, sangre sobre la arena blanca, gritos ahogados por las olas, un civil que, como héroe improbable de una epopeya desesperada, desarma al verdugo mientras las balas aún silban y en el núcleo de esta narración brutal, un significante único y devastador: El Odio.
El odio no es mero sentimiento pasajero; es un sistema semiótico completo, una lengua primitiva que reduce el mundo a una dicotomía absoluta: yo y el otro que debe ser borrado, no requiere teologías elaboradas ni ideologías complejas; le basta con la certeza de que la existencia ajena —marcada por creencias religiosas, étnicas o culturales— constituye una ofensa intolerable, el texto aquí es el cuerpo humano perforado, el mensaje es la deshumanización radical, alimentada por la interpretación errónea del mundo como texto hostil donde las creencias del otro se perciben como amenaza existencial.
Esta misma semiótica del odio se repite, con variaciones menores, en un códice global que cubre el planeta como una red de textos envenenados, en México, donde la violencia ha alcanzado la perfección de un género propio, el odio escribe sus capítulos más desgarradores, a menudo teñidos por rivalidades que se disfrazan de disputas territoriales pero que deshumanizan al diferente, en Salvatierra, una posada navideña —espacio sagrado de la alegría colectiva— se volvió cámara de ejecuciones: jóvenes bailando bajo luces de colores y de pronto las ráfagas que convierten la música en llanto, once cuerpos tendidos como ofrenda a un dios sin piedad, en la carretera de Sonora, nueve vidas, seis de ellas niños, quemados vivos en sus vehículos mientras las madres intentaban cubrirlos con sus propios cuerpos, un holocausto íntimo que evoca las piras de los tiempos oscuros, en San Miguel Totolapan, veinte cadáveres desparramados en la plaza como letras de un alfabeto macabro, bares, fiestas, pueblos enteros: siempre la misma sintaxis del terror, el mismo odio que no distingue entre culpable e inocente porque, en su gramática, todos los otros son culpables de existir.
Este este significante viaja incansable: en las aldeas nigerianas arrasadas por la noche con fuego y machete, donde comunidades enteras son borradas por diferencias engreídas en fe y tradición; en las mezquitas de Christchurch donde la oración fue interrumpida por balas motivadas por un rechazo visceral a las creencias ajenas; en las terrazas parisinas donde la conversación ligera terminó en masacre; en las escuelas de Uvalde donde los niños dibujaban futuros que nunca llegarían; en las Ramblas de Barcelona donde una furgoneta escribió su frase mortal sobre los cuerpos de los peatones; en Praga, en una isla noruega, en centros comerciales tailandeses, hasta en las bases antárticas, ese desierto blanco de silencio, el aislamiento ha generado apuñalamientos nacidos del mismo resentimiento acumulado.
Cada masacre es un hipertexto que remite a la anterior, un enlace en una cadena infinita donde cada nodo refuerza la estructura entera, odio que se alimenta de la interpretación errónea del mundo como texto hostil, donde las creencias —religiosas, políticas o culturales— se convierten en pretextos para la aniquilación, mientras las sociedades buscan explicaciones en las armas, en los cárteles, en las ideologías o en la locura individual, el verdadero texto permanece ilegible para quienes no quieren verlo: el odio como principio organizador de la barbarie.
Sin embargo, en esta biblioteca infernal existe también un contratexto posible, la cultura es resistencia a la simplificación maniquea; la interpretación responsable puede desmontar los discursos del odio, la empatía es la hermenéutica más poderosa: enseñar a leer al otro no como enemigo sino como coautor del gran manuscrito humano, reconociendo que las creencias diversas deben respetarse no amenazarse, construir comunidades donde el resentimiento no encuentre espacio para crecer, donde la furia sea detectada y contenida antes de que se traduzca en balas o fuego.
Porque mientras una sola madre llore sobre el cuerpo de su hijo —en Bondi, en Salvatierra, en cualquier lugar del mundo—, el texto del odio seguirá escribiéndose y nosotros, lectores de este gran libro trágico, tenemos la obligación moral de interrumpir su escritura, no con más violencia, sino con la única fuerza capaz de desarmar al odio: el reconocimiento obstinado de la humanidad compartida, más allá de toda creencia.
Que el dolor de estas víctimas —los niños quemados, los jóvenes acribillados, las familias destrozadas— nos queme lo suficiente como para no seguir pasando la página con indiferencia, solo entonces, quizá, esta cadena infinita de barbarie podrá romperse.
