En el vasto anfiteatro del valle de Anáhuac, donde los volcanes guardianes contemplan con indiferencia el drama humano que se representa sobre un suelo traicionero, arcilla saturada que se hunde como un palimpsesto exhausto bajo el peso de sus propias glosas acumuladas, la Ciudad de México emerge no como mera aglomeración de concreto y almas, sino como un hipertexto vivo, un manuscrito interminable que ha resistido tachaduras apocalípticas durante setecientos años y contra toda aritmética de la catástrofe, persiste en afirmarse como testimonio de lo improbable hecho carne.
Fundada en 1325 sobre chinampas flotantes en un lago salobre, acto de audacia indígena que ya desafiaba la naturaleza con ingenio comunal donde las calpullis locales administraban el bien común sin la asfixia de un centro omnipotente, vio su primer borrado radical en 1521 y he aquí la ambigüedad semiótica profunda: las armas españolas, acero templado que no se mellaba, pólvora que tronaba como ira divina, caballos que cargaban como visiones del Apocalipsis, no actuaron en vacío sino como catalizador de una revuelta orgánica contra la tiranía centralizadora mexica, pueblos sometidos, tlaxcaltecas invictos en su república guerrera, totonacas y huexotzincas extenuados por tributos sin reciprocidad, texcocanos y cholultecas resentidos por sacrificios masivos que convertían guerras rituales en extorsión perpetua, hallaron en aquellos forasteros barbudos no conquistadores absolutos sino palanca para romper yugos ancestrales, decenas de miles de aliados indígenas engrosaron las filas volviendo obsidiana nativa contra sus opresores en un acto de subsidiaridad primordial donde comunidades dispersas defendían su autonomía contra un imperio que exigía todo y devolvía solo altares ensangrentados.
De aquellas ruinas humeantes renació la urbe mestiza con piedras de teocalis convertidas en cimientos de catedrales inaugurando el Virreinato de Nueva España como un vasto comentario barroco sobre el texto indígena subyacente, administración colonial que desde el Palacio Virreinal erigido sobre el antiguo recinto mexica tejía un orden jerárquico donde el virrey actuaba como delegado del rey distante pero donde audiencias, cabildos y órdenes religiosas fomentaban en su mejor expresión una red de autonomías locales, parroquias que administraban la caridad con proximidad inmediata, cofradías indígenas que preservaban tradiciones en sincretismo con la fe traída, mercados y obrajes donde el mestizaje se forjaba en el crisol de lo cotidiano, virreyes como el sabio Antonio de Mendoza que fundó colegios y hospitales para indígenas o el ilustrado Conde de Revillagigedo que impulsó urbanizaciones y drenajes para mitigar las inundaciones perennes convirtiendo la ciudad en joya del barroco americano, Catedral Metropolitana elevándose como glosa conciliadora sobre el Templo Mayor, conventos y academias que nutrían un saber híbrido, procesiones guadalupanas que unían lo alto con lo bajo en un lazo de solidaridad orgánica, aunque sus grietas, impuestos reales que drenaban riqueza hacia Madrid, encomiendas que perpetuaban desigualdades, crecidas del Texcoco que anegaban barrios enteros durante lustros, prefiguraban tensiones que al ignorar la proximidad de las comunidades indígenas y criollas germinaban disidencias contra un centralismo transatlántico que priorizaba lejanías sobre el bien común inmediato.
Pero el suelo no perdonó la hybris, inundaciones coloniales la sumergieron durante lustros, terremotos la rasgaron como pergaminos encolerizados y siglos después la Guerra de Independencia la convirtió en capital asediada y refugio precario con combates mayores rugiendo en el Bajío y el sur mientras la amenaza constante de hordas insurgentes sembraba pánico en sus calles elevando precios por escasez de campos cultivados multiplicando garitas y fortificaciones que la aislaron como fortaleza sitiada dejando epidemias que diezmaron su población con miles muertos por tifus en una urbe de apenas ciento veinte mil almas, consumación llegando con la entrada triunfal del Ejército Trigarante en 1821 aunque la ciudad emergió exhausta con economía colapsada campos abandonados y una nación fracturada heredando divisiones profundas entre elites criollas y masas desposeídas.
El siglo XIX multiplicó las interpolaciones extranjeras agregando caligrafía de cañones y tratados humillantes, Primera Intervención Francesa conocida como Guerra de los Pasteles comenzando con bloqueo naval en Veracruz por reclamos exagerados pero ecos llegando a la capital en forma de escasez y tensión recordando vulnerabilidad de una nación joven ante potencias que usaban pretextos triviales para imponer voluntad mercantil, luego Intervención Estadounidense culminando en ocupación humillante de la Ciudad de México con tropas de Winfield Scott tomando el Castillo de Chapultepec donde los Niños Héroes prefirieron la muerte a la rendición, izando su estandarte en Palacio Nacional dictando el Tratado de Guadalupe Hidalgo mutilando territorio nacional dejando cicatrices de derrota en plazas, calles y no tardando en llegar la Segunda Intervención Francesa pretexto de deudas suspendidas pero ambición imperial napoleónica con tropas galas reforzadas tomando la ciudad en 1863 obligando al presidente y su gobierno a huir al norte en caravana itinerante, mientras la capital se convertía en corte de opereta bajo Maximiliano de Habsburgo con Palacio Nacional transformado en residencia versallesca bailes europeos en salones que ignoraban pulso mestizo del subsuelo, resistencia republicana desde sierras y barrios culminando en sitio de Querétaro y fusilamiento del emperador en 1867 cerrando capítulo pero dejando glosas de cómo hybris extranjera aliada a locales pretendía imponer orden foráneo sobre nación que ya luchaba por equilibrio interno.
Llegó entonces el Porfiriato largo reinado de orden aparente y progreso desigual vistiendo la urbe de modernidad europea con Paseo de la Reforma flanqueado por estatuas glorificando pasados indígenas y héroes liberales drenaje y alumbrado imitando París Palacio de Bellas Artes y Correos como emblemas de élite que huía del centro histórico hacia colonias aristocráticas ferrocarriles conectando capital al mundo mientras concentraban riqueza en manos extranjeras y locales privilegiadas imponiendo estabilidad a costa de desigualdades abismales reprimiendo disidencias centralizando poder en caudillo que exigía lealtad absoluta sin reciprocidad verdadera.
Mas esa modernización superficial germinó su propia disolución con descontento acumulado estallando en Revolución Mexicana convirtiendo ciudad en escenario de fratricidio, Decena Trágica de 1913 con diez días de cañoneo entre facciones disputando legado maderista reduciendo centro a escombros dantescos Palacio Nacional acribillado edificios civiles e iglesias dañados por granadas miles de muertos entre soldados y transeúntes inocentes calles convertidas en trincheras donde artillería indiscriminada recordaba que hybris centralizadora cobra tributo en sangre inocente conociendo urbe horror urbano bombardeos destrozando fachadas porfirianas civiles atrapados en fuego cruzado caos prefigurando divisiones posteriores entre constitucionalistas villistas y zapatistas.
Y texto revolucionario en su afán jacobino de imponer laicismo agresivo desde centro engendró glosa más sangrienta la Cristiada rebelión de católicos en mayoría campesinos y comunidades rurales pero sostenida por redes urbanas de damas católicas brigadas femeninas y organizaciones laicales en propia capital contra leyes anticlericales de Constitución de 1917 y Ley Calles cerrando templos exiliando obispos pretendiendo someter fe a control estatal omnipotente con epicentro de lucha armada ardiendo en campos de occidente aunque Ciudad de México convirtiéndose en nodo de resistencia subterránea propaganda clandestina aprovisionamiento secreto activismo femenino infiltrando información y armas pulso silencioso desde parroquias y hogares recordando que devoción no se decreta ni extingue por edictos centralizados dejando guerra decenas de miles de muertos país fracturado y lección perdurable cuando poder lejano asfixia libertad de lo cercano brota defensa orgánica que ninguna represión uniformadora logra borrar del todo.
Añádase sobrepoblación asfixiándola con más de nueve millones de habitantes permanentes en núcleo conurbación rozando veintitrés millones devorando agua ajena respirando veneno acumulado padeciendo subsidencia inclinando palacios y templos como penitentes ebrios terremotos posteriores con 1985 sepultando decenas de miles 2017 como eco y violencia contemporánea lacerando con desapariciones y negligencias estructurales.
Y con todo esta metrópoli imposible sigue latiendo no por gracia de centralismos ideológicos que en afán uniformador diluyen iniciativa local sino por red invisible de comunidades administrando destino con proximidad real alimentadas por certeza más antigua que cualquier plan sexenal de que hombre no vive solo de presupuestos centralizados ni retóricas midiendo afectos como clientela sino de orden fomentando solidaridad desde lo cercano desde familias transmitiendo gratitud como herencia desde capillas humildes donde se parte pan con generosidad que ningún decreto simula.
Si tras catálogo implacable de razones para desaparecer geológicas epidémicas bélicas políticas desde conquista hasta intervenciones extranjeras ocupándola y humillándola en siglo XIX fracturas independentistas dejándola exhausta esplendor desigual del Porfiriato divisiones revolucionarias y Cristiada exponiendo fragilidad de todo centralismo autoritario sea virreinal porfirista jacobino o contemporáneo la Ciudad de México aún respira regatea en mercados populares reza en procesiones espontáneas trabaja al alba y ama contra olvido entonces nos hallamos ante milagro en sentido más crudo no prodigio sentimental convirtiendo resiliencia en propaganda sino persistencia terca de texto negándose a cerrarse sostenido por gracia acompañando a quienes en humildad obstinada defienden lo heredado como puente hacia eterno rechazando tanto tiranía imperial antigua como centralismos modernos disfrazados de equidad ahogando autonomía de lo local convirtiendo tradición en mero adorno controlado.
Este es milagro herido pero indomable urbe fundada sobre pantano y revueltas contra opresiones centralizadoras asediada en Independencia humillada en intervenciones extranjeras ocupándola con pretextos triviales o ambiciones manifiestas modernizada en Porfiriato con esplendor desigual desgarrada en Revolución por ambiciones fratricidas lacerada en Cristiada por laicismo agresivo pretendiendo extinguir fe desde centro sigue queriendo ser porque en corazón late convicción de que vida en diversidad subsidiaria merece persistir más allá de efímero y mientras esa convicción perdure en barrios y familias no aguardando mesías desde palacios tambaleantes ciudad continuará desafiando imposible como testimonio vivo de que lo humano cuando se ordena desde lo cercano y lo profundo prevalece sobre toda catástrofe.
