¿Fe Viva o Superficialidad en el Tepeyac?

En las calles empedradas y avenidas congestionadas de la Ciudad de México, donde el polvo de los caminos se mezcla con el incienso de las promesas y el rumor de millones de pasos forma un río incesante hacia el Tepeyac, este 12 de diciembre de 2025 se despliega como un vasto tapiz de devoción que atrae a más de trece millones de almas, según las proyecciones oficiales que oscilan entre once y trece millones y medio de peregrinos, generando una derrama económica que ronda los mil setecientos veinticuatro millones de pesos en la capital, bajo un operativo colosal que moviliza a más de cien mil servidores públicos y miles de agentes.

Pero en esta marea humana, que fluye con antorchas y cantos desde la víspera, surge la interrogante que nos interpela a todos los mexicanos: ¿cuál es el verdadero guadalupanismo? Nos proclamamos católicos en nuestra mayoría, según las estadísticas que miden adhesiones nominales, pero ¿somos practicantes de una fe que transforma el día a día, tejiendo comunidades donde las decisiones brotan de lo cercano al pueblo, sin depender de tutelas que atan con subsidios o nos conformamos con un guadalupanismo superficial, un velo que cubre el vacío de una piedad proclamada en multitudes pero evaporada en la rutina?

Observa el panorama con ojos claros: desde la noche de ayer, con llamas que iluminan rutas polvorientas y melodías que evocan raíces antiguas, hasta las misas que se suceden sin pausa, los fieles se entremezclan en un ritual que une lo indígena con lo cristiano, un puente auténtico en sus orígenes, pero hoy convertido en espectáculo donde la Morena del Tepeyac se reduce a ícono mercantil, impresa en prendas desechables como faldas que se lucen en tiempos de campaña no por reverencia profunda, sino por cálculo oportunista —evocando aquel gesto de años recientes, cuando una figura pública vistió una falda con su imagen en un evento tradicional, desatando ecos de instrumentalización que revelan cómo lo sagrado se transforma en tela para captar sufragios—.

Familias avanzan en bicicletas cargadas, danzantes con plumas reviven memorias y vendedores erigen bazares efímeros que cuantifican la fe en transacciones, no en conversiones del espíritu. ¿Dónde queda la profesión genuina de la fe católica, esa que exige no solo veneración, sino fraternidad activa que confronta desigualdades, impulsando núcleos donde el bien común se cultiva desde lo local, libre de engranajes centralizados que prometen todo y entregan cadenas?

La crítica se intensifica cuando el régimen continuado en Morena, con su operativo masivo que extiende transportes y despliega vigilancias no por homenaje al misterio, sino por temor a que la devoción escape de sus narrativas controladas, explota lo popular para perpetuar dependencias clientelares, diluyendo la tilma en símbolo nacionalista vacío, en las sombras acecha el socialismo subyacente, con su afán por un Estado omnipotente que busca erosionar esta devoción viva, reduciéndola a folklore administrado o materialismo despojado de trascendencia, controlando expresiones populares para imponer visiones que vacían el espíritu.

El liberalismo, por otro lado, la disuelve en relativismo que hace todo efímero, convirtiendo la peregrinación en entretenimiento sin raíces y desde ciertas voces opositoras que enarbolan la tradición en discursos encendidos, ¿no se cae en la misma superficialidad, invocando la Guadalupana como emblema en batallas electorales sin arraigo cotidiano, reduciéndola a prenda de oposición que divide en lugar de unir, perpetuando grietas bajo pretextos conservadores huecos?

Extiende la mirada a las fracturas de México: un país marcado por herencias inconclusas, donde un guadalupanismo auténtico podría ser el hilo que cose divisiones, recordando que la fe no es reliquia estática, sino fuerza dinámica que anima economías donde lo pequeño prospera sin regulaciones opresivas, educaciones que integran valores perennes sin imposiciones ideológicas y diálogos que parten de lo compartido para rechazar un poder que monopoliza lo eterno, pero presenciamos una erosión semiótica: la imagen sagrada, estampada en faldas de campaña como grafiti textil para actos públicos, simboliza lo eterno convertido en moda pasajera, usada por oportunistas de distintos bandos para captar miradas y votos, olvidando que la Santísima Virgen Maria, no es adorno político, sino mediadora de una unidad que protege al vulnerable mediante estructuras autónomas.

Critiquemos con rigor esta deriva: el peregrino que regresa inalterado, sin cuestionar injusticias; el devoto que invoca sin compartir; el que se denomina guadalupano mientras permite que el socialismo mine la devoción con su centralismo materialista, que el populismo la explote con dádivas o que clamores superficiales la conviertan en slogan sin obras profundas, esta pérdida no es casual; surge de fuerzas que erosionan lo perenne: el socialismo que aspira a extinguir la fe viva, el populismo que la atrapa para fines electorales, el liberalismo que la deshace en nada.

Mas en esta oscuridad crítica, emerge un manifiesto para la regeneración: imaginemos un México donde el guadalupanismo verdadero sea eje, fomentando redes que organicen no solo caminatas anuales, sino apoyos mutuos que alivien la pobreza mediante intercambio local, sin intermediaciones que diluyen responsabilidades; alianzas intergeneracionales que preserven costumbres sin eclecticismos vacíos; y un compromiso cívico que exija gobernantes respetuosos de la libertad religiosa, no instrumentalizadores ni destructores de ella.

Este 12 de diciembre no debe ser capítulo de lo olvidado, sino umbral de restauración donde la tilma inspire resistencia contra la banalización —sea en faldas de campaña o controles burocráticos—, en sus pliegues, no hallamos relicto inerte, sino llamado perenne a defender lo que une sin fragmentar, a edificar desde lo profundo sin demoler lo heredado, rechazando el socialismo que destruye, el populismo que asfixia y el liberalismo que disuelve, solamente así, el fiel dejará de ser espectador para convertirse en artífice de un orden reconciliado, un México de comunidades autónomas donde la fe ilumine las grietas hacia una integridad perdida, viviendo lo sagrado como fuerza que perdura más allá de lo transitorio. edificar