Todos repiten “batalla cultural” como un mantra de moda, un hashtag heroico que acumula likes pero rara vez comprensión, con la claridad serena de quien contempla el incendio sin perder la compostura, convoca a defender Occidente cueste lo que cueste y a “no frustrarse y seguir adelante”, palabras que resuenan como un llamado preciso en medio del fragor, recordándonos que la perseverancia es la virtud de quienes comprenden la profundidad de la contienda.
Detengámonos en el umbral de la retórica y preguntemos con la gravedad que merece toda guerra verdadera: ¿qué es exactamente esta batalla? ¿Contra qué cultura se libra?
Porque si es batalla, debe haber un adversario con rostro y lo tiene: no es una cultura entre otras, sino la anticultura que se disfraza de última vanguardia; la gnosis progresista que declara la guerra total a todo lo que el hombre recibió antes de creerse dios de sí mismo, su evangelio se escribe en los protocolos de la ONU, en los libros de texto que enseñan a niños de seis años que su sexo es “un error” corregible, en las leyes que convierten el aborto en derecho humano y la objeción de conciencia en delito de odio, un enemigo que no tolera coexistencia: exige conversión o exterminio, no acepta que una madre rece el rosario en voz alta, que un padre enseñe verdades no sometidas a votación, que una nación recuerde que su identidad no empezó en la Ilustración francesa ni en el Foro de São Paulo, sino en la Virgen morena que habló en náhuatl uniendo dos mundos.
En ningún lugar de Hispanoamérica esta anticultura ha avanzado tanto como en la Ciudad de México, antigua Tenochtitlán, laboratorio privilegiado donde la Cuarta Transformación —mezcla grotesca de mesianismo tropical y woke importado— declaró la capital “laica y libre” para luego consagrar el culto estatal a la “ciencia” que extermina niños y a la “inclusión” que persigue a quien mencione la ley natural, aquí la anticultura tiene nombre y apellido cuando decreta la ciudad “feminista” y hace todo lo posible para evitar manifestarse a las madres que defienden la vida; cuando convierte el Palacio Nacional en cuartel ideológico; cuando entrega las llaves a ONG que enseñan masturbación infantil en nombre de la “educación sexual integral”, aquí la Catedral es fondo de selfie mientras en el Zócalo se alza año tras año un altar pop a la muerte, donde la celebración efímera de lo efímero ahoga el eco de las campanas antiguas y se disfrazan los abortos de derechos.
Y sin embargo, bajo la costra de neón y smog late el corazón antiguo: señoras que siguen poniendo flores a la Guadalupana en la esquina; parroquias de Iztapalapa donde miles hacen penitencia mientras la élite se ríe desde sus torres de cristal; familias numerosas de las alcaldías populares que, aunque les llamen irresponsables, siguen trayendo hijos al mundo porque saben que la vida no se negocia; jóvenes que se arrodillan en la Basílica aunque los tilden de retrógrados.
No te frustres, No te frustres aunque aquellos que juraron encabezar la primera ola —los que se fotografiaron con crucifijos, banderas, rosarios, los que se prometiendo ser vanguardia— se hayan quedado cómodamente en la orilla calculando costos, midiendo rating, popularidad y esperando que otros dieran el pecho mientras ellos guardaban la ropa, No te frustres cuando los “valientes” de X se vuelvan mudos en la calle, cuando los que hablaban de Lepanto terminen negociando migajas en la Mesa de Diálogo del gobierno progresista, esa traición calculada es parte del paisaje: siempre ha habido Judas que venden la causa por treinta monedas de popularidad.
La batalla cultural nunca dependió de ellos, depende de ti: de la madre que enseña catecismo en su cocina, del padre que lleva a sus hijos a misa aunque le cueste, del estudiante que lee a Santo Tomás en el Metro mientras todos miran TikTok, de la abuela que reza el rosario en voz alta en el camión aunque la miren como fósil.
El “adelante” no es volver al virreinato ni restaurar un pasado imposible, sino recuperar hoy el principio de subsidiaridad que los virreyes entendían mejor que los tecnócratas actuales: que la familia, la parroquia, el gremio, el barrio, la colonia son anteriores y superiores al Estado que decide cuántos hijos “debes” tener y qué palabras “puedes” pronunciar.
Adelante es plantar viñas en el desierto de asfalto: una escuela en Magdalena Contreras, un centro de ayuda a embarazadas en Iztacalco, una procesión sin permiso en Cuajimalpa, una trajinera con Virgen en Xochimilco, una familia que educa en casa en Gustavo A. Madero aunque la SEP amenace, una cooperativa de artesanos en Coyoacán que se niegue a vender souvenirs “inclusivos”, una comunidad en Tlalpan que abra sus puertas para leer a Platón en vez de tragarse Netflix como evangelio.
No te frustres, ya se conquistó esta ciudad una vez sin disparar una flecha o una bala, sin pedirle permiso a los virreyes, menos aún a los influencers.
La anticultura cuenta con tu cansancio, con el tráfico, con la inseguridad, con la traición de los que hablaron mucho y hicieron poco, nada o solo vieron para sus intereses personales de “derecha”, No le des el gusto.
Esta ciudad que vio nacer al México católico también puede ver nacer al México que se niega a morir, 2026 traerá de nuevo la antorcha para ponerla en tus manos, bajo el volcán y entre el ruido.
No la sueltes.
Ella ya ganó aquí una vez.
Y no ha perdido la costumbre.
