En los albores de esta Navidad, cuando las velas parpadeantes en las ventanas de adobe y las guirnaldas tejidas con manos callosas adornan los umbrales de hogares modestos en los barrios de Coyoacán o las colonias de Xochimilco, la Ciudad de México se envuelve en un velo de aparente serenidad que oculta las grietas profundas de su alma colectiva, un laberinto de asfalto y memoria donde las catedrales barrocas conviven con torres de cristal indiferente. Allá en las alturas del poder, donde los fastos oficiales simulan una unidad ficticia con árboles iluminados a expensas del erario público, el régimen repite su letanía de cambios ilusorios, esas promesas que se disipan como humo de incienso ante el altar del clientelismo. Clara Brugada, con su herencia de rigidez ideológica, administra un legado que confunde la autoridad con el control absoluto, extendiendo tentáculos burocráticos que sofocan la vitalidad de las alcaldías y ahogan las voces disidentes en un mar de uniformidad impuesta, transformando el Zócalo no en corazón pulsante de la nación sino en escenario de desfiles vacíos donde la multitud se disuelve en ecos manipulados.
Pero en las profundidades de esta metrópoli, donde las posadas resuenan con villancicos que evocan una esperanza ancestral en las calles empedradas de chimalistac o las chinampas flotantes de Xochimilco, algo se agita en silencio, como el primer latido en el seno de una madre, un rumor que recorre las venas de la urbe fracturada.
No se trata de un espectro efímero ni de una revuelta ruidosa nacida en las plazas atestadas de pancartas; es, más bien, el despertar gradual de una conciencia que brota de las raíces mismas del suelo capitalino, de esos rincones donde la fe no es un adorno sino el eje que sostiene la existencia diaria, como en las procesiones de Semana Santa que serpentean por las avenidas de Iztapalapa, recordando que la redención no desciende de decretos presidenciales sino que surge de la humildad de un pesebre urbano.
Son ellos —mexicanos que viven su credo en actos concretos, no en retóricas vacías— quienes comienzan a tejer una red invisible de solidaridad: el panadero de la colonia Roma que comparte su horno con el vecino en apuros, la maestra de la escuela en Gustavo A. Madero que resguarda la inocencia de los niños frente a currículos que imponen confusiones morales, el agricultor de Milpa Alta que defiende su parcela contra expropiaciones arbitrarias disfrazadas de progreso metropolitano, este movimiento no busca el aplauso de las masas manipuladas ni el beneplácito de élites cosmopolitas; nace, en cambio, de la convicción de que la verdadera equidad se forja en los niveles más próximos, donde cada alcaldía asume su destino sin la tutela opresiva de un centro que todo lo absorbe y nada devuelve, permitiendo que las decisiones broten de las asambleas vecinales en lugar de las oficinas remotas de la jefatura de gobierno.
Durante décadas, el populismo ha erigido castillos de arena sobre las arenas movedizas de la demagogia en esta ciudad de contrastes, prometiendo paraísos igualitarios que terminan en desiertos de dependencia, como los programas clientelares que inundan las alcaldías con dádivas efímeras mientras la inseguridad merodea las colonias populares y el tráfico asfixia las arterias vitales, la izquierda, con su narrativa de masas unificadas bajo un mesianismo estatal, ha fragmentado el tejido social en clientelas cautivas, ignorando que la dignidad humana florece no en la dádiva paternalista sino en la iniciativa libre y responsable, dejando a la CDMX como un mosaico roto donde las tradiciones se diluyen en el ruido de campañas perpetuas, al otro extremo, el liberalismo desarraigado ofrece un espejismo de libertad sin anclas, reduciendo al hombre a un átomo errante en un mercado global donde la tradición se disuelve en relativismos estériles y la familia se convierte en un contrato efímero, exacerbando la alienación en barrios como Polanco, Santa Fe, Pedregal, Del Valle, San Ángel, donde el lujo convive con la indiferencia hacia los marginados de las laderas, ambos caminos convergen en la misma ruina: una urbe fracturada donde la inseguridad merodea las calles como un lobo en la niebla, la economía languidece bajo el peso de regulaciones asfixiantes que estrangulan las pequeñas tienditas de abarrotes y las generaciones jóvenes vagan sin rumbo por los pasillos del Metro, huérfanas de valores que trasciendan el instante consumista, la Ciudad de México, con su herencia de sincretismos profundos —donde la cruz se entreteje con las raíces indígenas en fiestas patronales que celebran la vida comunitaria en plazas como la de Santo Domingo— merece un sendero que honre esa complejidad, no que la aplaste bajo ideologías importadas, revitalizando los mercados tradicionales y las parroquias como núcleos de resistencia orgánica.
Precisamente en esta época, cuando las familias parten la rosca de Reyes en las casas de Tláhuac y comparten tamales envueltos en hojas de maíz que susurran historias de generaciones pasadas en Coyoacán, se revela la esencia de lo que podría sanar estas heridas urbanas, el último tamal de la temporada, saboreado en círculo íntimo bajo los techos de lámina en las colonias periféricas, evoca esa continuidad que el poder central no comprende: la justicia no se impone desde lejanas oficinas en el Centro Histórico, sino que se cultiva en el barrio, en la parroquia de la colonia Narvarte, en la pequeña empresa familiar que genera empleo sin mendigar subsidios del gobierno capitalino.
Aquí radica la propuesta implícita de este despertar: un orden donde la subsidiariedad reine, empoderando al ciudadano común para resolver sus asuntos sin intermediarios omnipotentes, defendiendo la propiedad como baluarte de la independencia en los mercados de La Merced y la fe como brújula que orienta el bien común en las misas de la Basílica de Guadalupe o en la Catedral Metropolitana, no es un retorno nostálgico al pasado, sino una evolución orgánica que integra lo eterno con lo contingente, como un tapiz donde cada hilo contribuye al diseño mayor sin perder su singularidad, reconectando las alcaldías dispersas en una red de autonomías que fortalezca la metrópoli entera.
Los empresarios honestos de la Pensil, la Nopalera, Claveria, que prefieren el sudor de la creación al atajo de la corrupción, se unen a madres guardianas de la herencia moral en las escuelas de Álvaro Obregón, a jóvenes que rechazan el nihilismo de modas efímeras y el culto al Estado como falso ídolo en los cafés de Condesa, juntos, forman un mosaico vivo que contrasta con la monocromía del régimen: una CDMX donde la vida se protege desde su origen en los hospitales públicos saturados, donde la educación nutre el espíritu en lugar de indoctrinarlo en aulas de Iztacalco, donde la solidaridad emerge de la caridad voluntaria y no de impuestos coercitivos que alimentan burocracias infladas.
Este movimiento no divide; une lo disperso en una armonía que respeta las diferencias regionales dentro de la urbe, las costumbres locales de las alcaldías, las devociones que han forjado la identidad capitalina a lo largo de siglos, desde las fiestas de la Virgen en las capillas de Azcapotzalco hasta las veladas en los atrios de Cuauhtémoc.
Cuando las luces navideñas regresen a sus cajas y el eco de los cantos se desvanezca en el aire fresco del amanecer sobre el Valle de México, quedará esa semilla plantada en el corazón de la gente decente de esta ciudad eterna. Algo se mueve, no con el estruendo de revoluciones fallidas, sino con la persistencia de un río subterráneo que erosiona las rocas de la inercia, fluyendo desde las fuentes ocultas de los barrios hasta las plazas centrales, es el preludio de una renovación que no pide permiso a los guardianes del statu quo, sino que surge de lo humilde, de lo verdadero, como aquella luz que irrumpió en una noche oscura hace dos milenios, iluminando los caminos empedrados de una urbe que, al fin, podría reconciliarse consigo misma, tejiendo de nuevo los lazos rotos con hilos de fe, libertad y fraternidad auténtica, no se detendrá, porque lo que nace del alma de la Ciudad de México no puede ser sofocado por decretos ni diluido por modas pasajeras.
