En el vasto teatro del mundo, donde la historia se representa siempre como farsa la segunda vez y como simulacro la tercera, México ha llegado a ese punto en que la tragedia de la hegemonía se transforma en comedia bufa y la comedia bufa, a su vez, amenaza con convertirse en apocalipsis administrado, a principios de 2026, la Cuarta Transformación —ese gran relato posmoderno que se presentó como revolución y terminó siendo pastiche de priismo reciclado con estética franciscana— conserva aún el aura de lo inevitable, sus encuestas flotan entre el 75 % y el 80 %, como los ídolos de madera que los antiguos mexicas pintaban para ocultar que estaban podridos por dentro, el crecimiento económico, ese fetiche que los economistas neoliberales adoraban y que los nuevos sacerdotes del Estado dicen haber exorcizado, se arrastra por debajo del 1 %, cifra que cualquier manual de magia macroeconómica calificaría de “estancamiento ritual”, los homicidios bajan, sí, pero no porque la violencia haya sido vencida, sino porque ya no cabe más sangre en el calendario: la muerte, como la inflación, ha alcanzado su techo técnico.
En este paisaje de signos agotados, la derecha mexicana parece un manuscrito perdido de la biblioteca de Babel: todos saben que existe, nadie lo encuentra y los pocos que dicen haberlo leído lo citan de memoria equivocada, Acción Nacional, que en otro tiempo fue herejía organizada contra el partido único, hoy es un apócrifo de sí mismo, pero conserva el registro, el logotipo, los edificios, las siglas —es decir, la patente, el nombre comercial, la marca registrada—, pero ha perdido la sustancia, como esos evangelios gnósticos que circulaban en Alejandría con el título correcto y el texto falsificado, su dirigencia actual, encarnada en la figura de Jorge Romero y en el Consejo Nacional, prepara para los primeros meses de 2026 la presentación del “Plan de Acción por México”, un documento que se anuncia como proyecto de nación y que en realidad, será un nuevo capítulo del gran simulacro: un conjunto de propuestas tibias, redactadas con la cautela de quien teme ofender al poder y la ambigüedad de quien ya no cree en nada, no es un programa; es un acta de sumisión disfrazada de oposición responsable, es, para decirlo con precisión semiótica, un texto que significa su propia insignificancia.
Y sin embargo, en la lógica perversa de los signos, esa misma vacuidad abre una grieta, por qué el PAN, aunque muerto como idea, sigue vivo como institución, es un cadáver exquisito que aún respira por el fuelle del financiamiento público y por la inercia de sus estructuras territoriales, es, para emplear la metáfora borgiana, el Aleph de la derecha mexicana: el punto que contiene todos los puntos desde el cual puede volver a mirarse el universo político, no hay otro, los “intentos” de crear nuevos partidos —Viva México, México Republicano y otros nombres que suenan a marcas de tequila fallido— han terminado en el basurero de los registros negados, el PRI es un nombre que ya sólo sirve para asustar niños, el PRD es un recuerdo que ni siquiera merece necrológica, Movimiento Ciudadano es un performance naranja sin sustancia, queda pues, el PAN: un nombre vacío que puede ser rellenado.
La operación que se requiere no es arqueológica (resucitar el pasado) ni utópica (inventar un partido nuevo), sino hermenéutica: reescribir el texto desde dentro, apoderarse del significante para restituirle un significado perdido, los diez principios fundacionales —bien común, persona, subsidiaridad, solidaridad, rechazo al totalitarismo— no son reliquias de museo; son armas cargadas de futuro para quien sepa leerlas contra la cultura del pragmatismo actual, los estatutos permiten corrientes, asambleas, elecciones internas, el camino está escrito, aunque nadie lo haya recorrido en décadas.
Quién tenga la audacia de interpretar el texto panista no como documento histórico sino como —un pergamino raspado sobre el cual aún puede escribirse— encontrará que la derecha mexicana no necesita inventar nada: sólo necesita releer lo que ya está escrito y hacerlo cumplir, no se trata de fundar un partido nuevo, sino de realizar una exégesis radical del único que queda, no se trata de pedir permiso a la dirigencia domesticada, sino de desplazarla con la fuerza de la interpretación auténtica.
Porque la historia es siempre una conspiración de intérpretes y en 2026 que está a la vuelta de la esquina, México espera al intérprete que convierta el apócrifo moribundo en evangelio vivo, el manuscrito está ahí, cubierto de polvo y de tibieza, solo falta quien lo abra, lo lea en voz alta y con la autoridad de quien descubre un texto prohibido, lo haga ley otra vez.
El reloj de la República marca la hora de los hermeneutas, que no sea tarde.
