Jay Kelly el laberinto de los espejos rotos

En el año de gracia dos mil veinticinco, cuando los hombres ya no levantan catedrales de piedra sino de píxeles y los ídolos ya no mueren crucificados sino cancelados en redes de pocos caracteres, Noah Baumbach, ese copista discreto de la condición posmoderna, nos entrega Jay Kelly: un códice iluminado con la luz fría de los proyectores, un manuscrito donde el texto sagrado (la vida) ha sido raspado una y otra vez para escribir encima la glosa profana (la fama), hasta el punto de que apenas se distinguen las letras originales.

George Clooney, actor cuyo rostro ha sido reproducido millones de veces y cuya sonrisa ha servido de icono secular desde que el mundo decidió que la simpatía es moneda de curso legal, encarna aquí a Jay Kelly: intérprete célebre que ha muerto en pantalla treinta y cinco veces (cifra que el propio personaje menciona con la resignación de quien cuenta rosarios) y que sin embargo, nunca ha vivido lo suficiente para morir de verdad en los afectos de quienes lo rodean.

El argumento, si tal nombre merece una historia tan humilde, es que Jay llega a Europa para recibir el homenaje que los festivales otorgan a quienes ya han dado todo lo que tenían y aún deben fingir que les queda algo por dar, el ritual es conocido: alfombra roja, discursos que nadie escucha, copas que se llenan y se vacían sin que nadie beba de verdad, pero Jay, en un gesto que no es rebeldía sino agotamiento metafísico, comete la herejía menor de aburrirse.

En vez de quedarse a disfrutar la apoteosis, decide recorrer Italia y París en compañía de dos figuras que funcionan como glosas marginales vivientes: Ron, su mánager de toda la vida (Adam Sandler, sublime en su rol de santero laico que guarda reliquias que nadie venera ya), y Daisy su hija que lo mira como quien mira un manuscrito apócrifo: con respeto distante y la secreta sospecha de que es falso.

No hay persecuciones, no hay catarsis aparatosa, solo trenes que se detienen en estaciones sin nombre, cafés con mesas de mármol falso donde el cappuccino se enfría más rápido que las conversaciones y llamadas telefónicas que caen en el vacío como hojas de un calendario que nadie hojea.

Baumbach filma con la distancia de un amanuense que copia textos paganos sabiendo que la Inquisición lo observa, no subraya, no moraliza, no excomulga, deja que el silencio haga el trabajo que los diálogos no alcanzan, cada plano es una miniatura medieval: un paisaje toscano que parece pintado por Fra Angélico para consolar a un pecador que ya no cree en el consuelo; una cena incómoda donde las palabras se sirven frías y nadie tiene hambre; un flashback que actúa como nota al pie escrita con tinta simpática: aquí una audición que le robó la juventud, allá una promesa rota que aún sangra treinta años después.

En el centro del laberinto está la pregunta que ningún concilio ha resuelto y que ningún algoritmo puede responder: ¿puede un hombre ser autor y personaje al mismo tiempo? Jay Kelly ha firmado tantos autógrafos que ya no recuerda su propia firma, ha representado tantos héroes que ya no sabe ser héroe de su propia hija, ha muerto tantas veces en pantalla que la muerte real (la de los afectos que se extinguen sin estreno) lo toma por sorpresa.

Clooney interpreta esta fatiga con la precisión de un miniaturista: la sonrisa que ya no sabe si es suya o de algún personaje anterior, el gesto de cansancio que se disfraza de encanto, la mirada que busca en los ojos de los demás un reflejo que no sea el de un póster, Sandler por su parte, es el hereje que guarda la llave de la biblioteca prohibida: el amigo que conoce los pasadizos secretos porque ha vivido en ellos, el hombre que no brilla pero permanece, el recordatorio de que la lealtad no se cotiza en bolsa ni se anuncia en festivales.

La película avanza como un manuscrito que se copia a sí mismo con errores deliberados: repite escenas, se contradice, deja huecos donde el lector debe imaginar lo que falta, no hay incendio purificador, no hay biblioteca reducida a cenizas, solo un final abierto como una glosa inacabada: “Podemos intentarlo de nuevo” dice Jay ante una cámara que ya no filma, frase que podría ser línea de guion o podría ser oración.

En un mundo que ha convertido la visibilidad en sacramento y la intimidad en pecado mortal, Jay Kelly funciona como un tratado clandestino sobre la única revolución posible: la del individuo que decide dejar de ser personaje y volver a ser lector de su propia vida, no propone recetas colectivas, no denuncia sistemas, no promete salvación por decreto, simplemente señala con la precisión de un estilete, que la grandeza verdadera cabe en una mesa con sillas ocupadas, en una conversación sin prisa, en un “lo siento” dicho a tiempo o al menos, dicho.

Vayan a verla como quien entra a una biblioteca al atardecer, cuando los vigilantes ya se han ido y los libros hablan en voz baja, siéntate en la última fila, preferiblemente junto a alguien con quien puedan quedarse callados después de los créditos, porque Jay Kelly no es una película sobre un actor famoso; es una película sobre todos nosotros cuando por fin, nos cansamos de ser famosos en nuestra propia leyenda y decidimos, aunque sea tarde, aunque las páginas estén manchadas, aunque la tinta se haya corrido, escribir el nombre real debajo de tantas tachaduras.

Y ese nombre, apenas legible bajo capas y capas de fama, es el único que no arderá nunca.