Once nulos, cuatro traidores y un partido muerto.

Tratado sobre la nada elevada a sistema de gobierno, con apostillas acusatorias contra los traidores del sí o de cómo el Partido Acción Nacional, con once votos nulos, cuatro traiciones explícitas y el silencio sepulcral de Jorge Romero Herrera y su Consejo Nacional, consumó la eutanasia ritual de la oposición mexicana y vendió el alma de la Fiscalía General por un puñado de excusas.

En los sombríos anales de la abyección política, donde las grandes traiciones se camuflan bajo el manto de virtudes menores y las cobardías se elevan a la categoría de dogmas escolásticos, el 3 de diciembre de 2025 quedará inscrito como un capítulo particularmente sórdido de la comedia humana mexicana, el Senado, esa cámara que aspira a la sabiduría estoica pero a menudo se conforma con la inercia de un reloj de arena vacío, debía resolver si Ernestina Godoy Ramos —esa figura que ha transformado la procuración de justicia en un apéndice servil de las mañaneras presidenciales, con un historial salpicado de opacidad en casos como el colapso del Metro o las investigaciones selectivas contra disidentes— ascendía al pináculo de la Fiscalía General de la República por nueve años, nueve años: el lapso que dura un purgatorio en la burocracia mexicana o una eternidad en el reino de la impunidad blindada.

La aritmética constitucional, ese grimorio numérico que los políticos invocan solo cuando les conviene y olvidan cuando les estorba, era implacable en su simplicidad: dos terceras partes de los presentes para ratificar, con un total de 127 votos emitidos, el bloque oficialista —Morena, PT, PVEM y el voluble Movimiento Ciudadano, que vendió sus seis votos por un decálogo de promesas huecas— aportaba su caudal monolítico, a la oposición le bastaba un mero “no” unificado, un acto elemental de existencia política, para bloquear el nombramiento y forzar al Palacio Nacional a regurgitar otra terna o al menos a simular un debate que no fuera un mero trámite administrativo.

Pero he aquí que once senadores del Partido Acción Nacional —once, una cifra que evoca no la decencia franciscana sino la herejía calculada de la cobardía organizada— optaron por la solución metafísica por excelencia: el voto nulo, no el “sí” servil que habría sido traición abierta, no el “no” combativo que habría exigido agallas, sino la nada pura, la evaporación voluntaria, el sufragio que es no-sufragio, con esa alquimia perversa, restaron once unidades del denominador de la mayoría calificada, bajaron el umbral como quien afloja un tornillo para que la máquina del poder siga girando sin fricción y entregaron la victoria a Godoy con 97 votos a favor, Morena no tuvo que mover un dedo: le bastó con sentarse a observar cómo la oposición se inmolaba en un altar de pureza ilusoria, mientras 19 votos en contra —incluyendo los de valientes aislados como la panista Lilly Téllez, quien garabateó “No a la mafiocracia” en su cédula— se perdían en el vacío.

El voto nulo, ese artefacto retórico de la pusilanimidad refinada, no es un gesto de dignidad: es el último baluarte del que teme el costo de la acción real, pretenden susurrar “no nos prestamos a este circo viciado”, pero grita en la gramática profunda de la política: “Participamos lo justo para que el circo siga sin nuestra molesta presencia, pero con nuestro permiso velado”, es la abstención que se adorna con moralina barata, el lavado de manos ejecutado tras haber afilado el cuchillo para el verdugo, los escolásticos medievales distinguían el no-ser por privación del no-ser por negación; aquí, en el PAN contemporáneo, hemos inventado el no-ser por oportunismo, una categoría de vacío tan absoluta que ni el vacío la alcanza a contener.

Peor aún: no fueron solo esos once los artífices de esta farsa ontológica, fueron todos, en una cadena de complicidades que asciende como una pirámide invertida de la ineptitud y la traición, al frente, Jorge Romero Herrera, el flamante presidente nacional del PAN —electo en noviembre de 2024 con un 80% de votos en un proceso interno que ya olía a relanzamiento fallido, y ratificado en su mediocridad con un “nuevo logo” en octubre de 2025—, que guardó un silencio tan ensayado que parecía dictado por un guion de capitulación premeditada, Romero Herrera, ese exdiputado que prometió “un PAN fuerte que entienda los nuevos tiempos y escoja sus batallas”, demostró ayer que sus batallas favoritas son las que se libran en la retaguardia, con abstenciones en lugar de cargas y traiciones en lugar de lealtades. ¿Dónde estaba su furia? ¿Dónde su convocatoria a la disciplina partidista?, en su lugar, un tuit tibio o un comunicado que, como todo en su gestión, huele a promesa de renovación que se evapora al primer soplo de realidad morenista.

Y no solo Romero Herrera: fue la plana mayor entera, esa corte de eunucos políticos que pulula alrededor del Comité Ejecutivo Nacional, la que selló el pacto con la nada y el “sí” disfrazado, Ricardo Anaya Cortés, coordinador del Grupo Parlamentario del PAN en el Senado, que no impuso el voto en bloque y prefirió la elegancia de la dispersión suicida, ahora no grito como pollo cabreado, se callo como zorrillo apestado, Enrique Vargas del Villar, vicecoordinador, que miró para otro lado mientras sus correligionarios se evaporaban, Mayuli Latifa Martínez Simón, otra vicecoordinadora, cuya ausencia de liderazgo fue tan palpable como el vacío de sus excusas, Marko Cortés Mendoza, exlíder nacional ahora senador por Michoacán, que lleva años perfeccionando el arte de perder con dignidad y ayer lo elevó a maestría, María Guadalupe Murguía Gutiérrez, Agustín Dorantes Lámbarri y Miguel Márquez Márquez, figuras que se jactan de experiencia pero demostraron solo pericia en la rendición, Lilly Téllez, al menos, tuvo la decencia de votar en contra, pero ¿dónde estaban sus pares como María de Jesús Díaz Marmolejo, Juan Antonio Martín del Campo, Gustavo Sánchez Vásquez, Susana Zatarain García, Mario Humberto Vázquez Robles, Gina Gerardina Campuzano González, Michel González Márquez, Francisco Javier Ramírez Acuña, Laura Esquivel Torres, Ivideliza Reyes Hernández, Verónica Rodríguez Hernández, Imelda Margarita Sanmiguel Sánchez o Raymundo Bolaños Azócar? Ahogados en el silencio o peor, entre los once nulos que facilitaron el camino.

Y luego están los verdaderos verdugos: los cuatro traidores que según reportes, votaron a favor de Godoy, sumándose a los 97 del oficialismo y traicionando no solo a su partido sino a la esencia misma de la oposición, sabemos que estos desertores, optaron por el “sí” servil, vendiendo su voto por quién sabe qué migajas: un cargo futuro, una gracia palaciega o simplemente el miedo a contrariar al régimen, estos cuatro no merecen el anonimato: son los Judas modernos que, con su traición explícita, hicieron innecesario el nulo de los once, señalémoslos con la crudeza que merecen: son peores que los nulos, porque mientras la nada es pasiva, el “sí” es activo en la entrega del país, que salgan a la luz @chuya_diaz de Aguascalientes @agusdorantes de Querétaro @LupitaMurguiaG de Querétaro @MarioVzqzR de Chihuahua y expliquen cómo justifican haber regalado la Fiscalía a una figura cuestionada por su lealtad al poder ejecutivo.

Sobre todos ellos planea el Consejo Nacional del PAN, ese sanedrín de trescientos miembros —fósiles ideológicos y oportunistas por igual— que lleva años reuniéndose no para deliberar estrategias, sino para ratificar derrotas con aplausos tibios, presididos por la inefable Cecilia Romero Castillo —mujer que parece haber nacido ya jubilada, con un linaje panista que no compensa su inacción—, este órgano partidista supremo no convocó sesión de emergencia, no exigió rendición de cuentas, no amenazó con expulsiones por deslealtad o traición, se limitó a callar, como un coro griego que asiente a la tragedia sin mover un dedo para alterarla. ¿Su función real? Firmar actas de defunción: la del INE con “votos diferenciados”, la de la reforma judicial con abstenciones piadosas, la de gubernaturas perdidas por coaliciones suicidas y ahora la de la Fiscalía General, regalada con once nulos, cuatro “síes” traidores y 19 “noes” insuficientes.

Este PAN, bajo el mando de Jorge Romero Herrera y su consejo de mudos, ya no es un partido: es una secta de perdedores crónicos que han elevado la derrota a dogma teológico, tienen un catecismo inquebrantable, grabado en tablas de piedra azul:

  • Artículo Primero: Nunca ensuciarse las manos con el barro de la victoria posible; mejor la pureza del nulo.
  • Artículo Segundo: Si el proceso huele a vicio, mejor evaporarse (es decir, entregar la plaza sin disparar un tiro) o, peor, votar a favor para congraciarse.
  • Artículo Tercero: La pureza del cadáver intacto vale más que la impureza de la lucha encarnizada, y la traición del “sí” es solo un mal menor si trae beneficios personales.

Lo han recitado con devoción monástica: se abstuvieron en la reforma judicial para “no avalar”, diluyeron su oposición en alianzas con el PRI que solo sirvieron para legitimar al viejo régimen, perdieron estados enteros por no saber movilizar a sus bases y ahora, con la FGR en juego —ese bastión último contra la justicia a modo—, volvieron a la liturgia del nulo y el “sí” traidor. Romero Herrera, que se jacta de “relanzamiento” con estatutos que permiten su propia reelección (un “Alito Moreno” en azul, como lo tildan sus críticos internos), demostró que su renovación es mera cosmética: un logo nuevo para un cadáver viejo, cuatro traidores para una derrota absoluta.

Y uno se pregunta, con la crudeza que exige el colapso de una biblioteca de esperanzas incendiada por sus propios guardianes, interpelando directamente a los culpables:

¿Cuántas instituciones más deben caer en este altar de la cobardía y la traición antes de que el Consejo Nacional, presidido por Cecilia Romero, disuelva esta caricatura por indigna?
¿Cuántos votos nulos más —o “síes” vendidos— antes de que Jorge Romero Herrera admita que su “PAN fuerte” es solo un eco hueco en una cámara vacía?
¿Cuántas veces más toleraremos que esta plana mayor —Ricardo Anaya, Enrique Vargas, Mayuli Martínez, Marko Cortés, María Guadalupe Murguía, Agustín Dorantes, Miguel Márquez y el resto de la lista infame— cobre dietas y prerrogativas a cambio de no molestar, de ser el adorno azul en el festín morenista o peor, de unirse al festín con votos a favor?
¿Hasta cuándo fingiremos que este partido, con su consejo de fósiles, su líder de promesas evaporadas y sus cuatro traidores anónimos, aún contiene alguna palabra salvadora?

Porque hay un umbral más allá del cual la pureza de los vencidos eternos deja de ser virtud y se torna en vicio capital: traición colectiva y ese umbral, México lo cruzó ayer, cuando once senadores convirtieron la nada en mayoría absoluta, cuatro traidores la sellaron con un “sí” infame, Jorge Romero Herrera la bendijo con su silencio y el Consejo Nacional la ratificó con su apatía. La Fiscalía General ya no es autónoma; es un apéndice del poder y el PAN, cómplice pasivo y activo, ha firmado su propio obituario con tinta invisible.

México no anhela una oposición que se suicide con elegancia franciscana, recitando salmos de pureza mientras el país arde y algunos venden su alma por un plato de lentejas, anhela una que pelee, que se ensucie, que gane o pierda pero que al menos sangre por la causa y expulse a sus traidores y si este PAN, con Romero Herrera a la cabeza, su consejo de eunucos a la zaga y sus cuatro desertores en las sombras, ya no puede ni quiere ser esa fuerza, que tenga el último vestigio de decencia: que se disuelva, que entregue sus siglas al basurero de las ilusiones fallidas y que deje el escenario a quienes sí sepan combatir sin nulos ni traiciones.

Porque la nada, elevada a sistema y aderezada con “síes” traidores, no gobierna: abdica y el PAN, maestro de la abdicación, acaba de demostrarlo una vez más, con once nulos que pesan como mil traiciones y cuatro “síes” que apestan a vendetta personal.