Aunque nadie me lo pidió, aquí va mi reflexión crítica sobre Grandeza, el libro de Andrés Manuel López Obrador ya como ex presidente, un volumen que se vende como obra cumbre de 632 páginas, que presume portada solemne y título grandilocuente, pero que en realidad es un inmenso globo inflado de paja ideológica, redundancias casi hipnóticas y mentiras repetidas hasta el cansancio, la misma idea, la misma frase, el mismo latiguillo regresan diez, veinte, treinta, cuarenta veces con mínimas variaciones, como si la obsesiva reiteración pudiera convertir la falsedad en verdad revelada, como si bastara martillear el mismo mantra para que la evidencia arqueológica, los códices, los restos óseos y siglos de investigación se disolvieran en el aire, si el texto estuviera realmente condensado, sin tanto relleno vacío y copia-y-pega descarada, leerlo con calma, contrastarlo con fuentes serias y desmontarlo punto por punto me habría tomado varios días, tal vez muchos días de trabajo intenso, tal como está, cualquier lector crítico lo atraviesa, lo desmenuza y lo liquida en unas cuantas horas, porque basta tirar de un solo hilo para que todo el castillo de naipes se derrumbe con estrépito.
Porque Grandeza no es un libro de historia, ni siquiera un ensayo histórico serio, es un panfleto político de combate que emplea exactamente la misma estructura retórica que los textos más tóxicos y letales del siglo XX cuando querían dividir a la humanidad en categorías moralmente desiguales, exalta una esencia étnico-cultural supuestamente pura, inmaculada y moralmente superior, la “cultura indígena prehispánica”, la convierte en fuente única, exclusiva e infalible de toda virtud, toda sabiduría, toda democracia auténtica, toda resiliencia, toda fraternidad y luego, para que esa imagen quede impoluta, borra, minimiza o declara “farsa colonial” sus sombras más brutales: sacrificios humanos masivos en tzompantlis de decenas de miles de cráneos (páginas 10, 41, 54, 75, 157, 206, 210-213, 216, 251-252, 255, 257-258, 262, 265, 273, 284, 301, 308, 320, 368-369, 398, 411-414, 418, 436-437, 442, 447, 518, 538, 540, 585, 610, 612), guerras floridas organizadas para capturar víctimas, esclavitud institucionalizada, jerarquías despóticas, tributos pagados en sangre y vidas humanas, nobleza hereditaria que vivía del trabajo forzado de las mayorías, pirámides construidas con mano de obra sometida, todo eso simplemente desaparece del relato o se etiqueta como propaganda española para que el edén quede impecable.
A continuación identifica todo lo malo que ha tenido México a lo largo de cinco siglos, corrupción sistémica, desigualdad abismal, violencia estructural, autoritarismo, traiciones políticas, saqueo de recursos, con la contaminación traída por “el otro”: los españoles, los europeos, los criollos, los porfiristas, los neoliberales, los conservadores, los fifís, los aspiracionistas, los intelectuales críticos, cualquiera que no se arrodille ante la nueva ortodoxia, el mestizaje, esa realidad genética y cultural que define al 90-95 % de los mexicanos actuales, es tratado como una caída, una desgracia histórica, una corrupción de la grandeza original (páginas 9, 10, 157, 239, 274, 449, 514-515, 520, 541, 551, 591, 623-625, 628), y por último, divide a la población contemporánea entre los herederos legítimos y puros de esa esencia el “pueblo bueno”, los que votan por Morena, los que repiten el catecismo oficial sin chistar y los traidores a la esencia nacional, los contaminados, los vendidos, los que llevan sangre o cultura “europeizada” y por tanto son culpables de todos los males presentes y pasados.
Esa estructura es idéntica, calcada, a la de los panfletos clásicos del supremacismo racial o cultural del siglo XX, solo que con los colores invertidos: Mi Lucha exaltaba la sangre aria y culpaba a los judíos y a la mezcla racial de todos los males, El mito del siglo XX de Alfred Rosenberg hacía lo propio con la raza nórdica pura, los textos del apartheid sudafricano o del Ku Klux Klan ponían a la raza blanca cristiana en el pedestal y declaraban corruptores eternos a negros, judíos, asiáticos o indígenas, incluso ciertos indigenismos radicales del siglo XX en Perú, Bolivia o México cayeron en la misma trampa pero al revés: la “raza india” como única portadora de virtud y el blanco o el mestizo como agentes eternos de opresión y decadencia, el mecanismo es siempre el mismo: pureza originaria intocable, negación o justificación de sus crímenes, demonización del elemento externo y de la mezcla, señalamiento de un enemigo interno que “contaminó” la esencia nacional, cambia el nombre de la tribu elegida, pero el veneno retórico es exactamente idéntico.
En un México con heridas étnicas todavía sangrantes, con conflictos agrarios que terminan en muertos, con prejuicios cruzados entre comunidades indígenas y mestizas, con resentimientos históricos contra los “gachupines” y también contra los “indios”, con una polarización brutal que ya ha derivado en linchamientos políticos en redes y en las calles, que no ha disminuido tras el cambio de gobierno, publicar esta narrativa desde la enorme influencia que conserva un ex presidente carismático no es una simple excentricidad literaria de un jubilado, es tirar gasolina sobre un polvorín mientras se le sigue diciendo al país que la verdad histórica la dicta el líder moral de la nación, no los hechos ni los científicos, cuando un ex mandatario que aún mueve masas declara que los sacrificios humanos nunca existieron y que el propio INAH miente, está enseñando a millones que la evidencia puede desecharse si choca con la fe política, cuando convierte el pasado prehispánico en religión intocable está abriendo la puerta para que cualquier crítica siga siendo tratada como traición a la patria o a la “raza”.
México no necesita otro evangelio de la pureza que clasifique a sus hijos entre redimidos y réprobos, entre auténticos y contaminados, necesita mirar de frente su historia completa y sin maquillaje: los logros extraordinarios y las atrocidades de los pueblos prehispánicos, la brutalidad y los aportes de la Colonia, la esclavitud africana que también forma parte de nuestra sangre, los aportes asiáticos que llegaron en la Nao de China, las revoluciones, las traiciones, dictaduras, resistencias y todo el mestizaje doloroso, complejo, contradictorio y riquísimo que nos constituye, solo desde esa complejidad, asumiendo luces y sombras sin excepción, se construye una nación que realmente quepa todos y que no necesite enemigos internos para sentirse unida.
Grandeza no busca unir, busca exactamente lo mismo que buscaban aquellos panfletos del siglo XX: separar a los seres humanos en categorías moralmente desiguales para justificar el poder de unos sobre otros, para estigmatizar al que piensa distinto, para declarar hereje al que duda y la historia ya nos enseñó, con decenas de millones de muertos como prueba irrefutable e inolvidable, cómo terminan estos libros.
