¡México de mis entrañas, tierra donde el Adviento no es calendario de pared sino herida abierta que sangra luz y villancico!
Cuatro semanas de violeta y de fuego que comienzan cuando el último cohete de Cristo Rey se apaga y la noche se queda muda, esperando.
La corona se arma en cada casa como un altar de guerra: ramas de pino arrancadas del bosque de Ajusco o de la sierra de Puebla, cuatro velas clavadas como lanzas en el corazón del año viejo. Y alrededor, las tradiciones mexicanas se levantan como un ejército de recuerdos vivos.
Primera vela: se enciende mientras se arma el Nacimiento. No un pesebrito de porcelana fría, sino un paisaje entero que ocupa media sala: cerros de musgo verdadero traído del mercado de Xochimilco, ríos de espejos rotos, pastores con sombrero de palma y sarape de Saltillo, borreguitos de barro de Tonalá, el diablito escondido detrás de un nopal de papel crepé para que nadie olvide que la tentación ronda. Ahí, entre tepalcates y flores de cempasúchil que se colaron del Día de Muertos, se coloca al Niño Dios envuelto en servilleta, todavía sin rostro porque aún no nace.
Segunda vela: arde mientras empiezan las Posadas. Nueve noches exactas en que el barrio entero se convierte en Judea. Faroles de papel de china color sangre de toro, velas que gotean cera como lágrimas, la procesión que va de casa en casa pidiendo posada con la letanía que sabe a polvo y a esperanza:
«En el nombre del cielo
os pido posada…»
Y cuando al fin abren, entra el olor a ponche de tejocote y guayaba, a colación de pepita y cacahuate, y se rompe la piñata: estrella de siete picos que estalla en lluvia de cañas, jícaras, limas y mandarinas. Los niños vendados giran perdidos, cantando «¡Dale, dale, dale!» mientras los adultos recuerdan que el pecado también se rompe a palos y con risa.
Tercera vela: rosa como flor de nochebuena que brota en los tianguis de Cuemanco. Es la vela de las pastorelas, cuando en los atrios y en los teatros del pueblo Lucifer aparece vestido de charro negro con pistola de madera y el Hermitano baila zapateado mientras tenta a los pastores con botellas de mezcal. San Miguel, con espada de carrizo y plumas de guajolote, lo corre a golpes de versos octosílabos. Y el público ríe y llora a la vez porque sabe que la lucha entre el bien y el mal también se baila con sones de mariachi y jarabes tapatíos.
Cuarta vela: se enciende cuando ya huele a tamal de la esquina y a buñuelos crujiendo en el aceite. Es la vela de los rosarios de aurora, cuando a las cinco de la mañana las calles se llenan de mujeres envueltas en rebozo que van cantando las mañanitas al Niño Dios: «Las mañanitas que cantaba el rey David…». Y en cada misterio se pide por los hijos que se fueron al norte, por el marido que no llega, por la nieta que ya no cree.
Y durante todo el Adviento, las peregrinaciones no cesan: antorchas de ocote bajando de los cerros, danzantes con penachos que bailan al ritmo de teponaxtles frente a la Basílica, millones de pies descalzos que dejan sangre en el asfalto porque llevan al Niño Dios en andas y le prometen a la Morenita: «Aquí venimos a esperar a tu Hijo, como tú lo esperaste en tu vientre estrellado».
Cuando la última vela arda y la noche del 24 se haga tan delgada que quepa en una hostia, México entero se pondrá de rodillas —en la cocina donde hierve el bacalao a la vizcaína, en el atrio donde repican las campanas como locas, en la cárcel donde un preso reza con un Nacimiento hecho de migajón— y cantará con una sola voz ronca y hermosa:
¡Ven ya, Niño Dios, que te esperamos con piñata rota y rosario en la mano!, ¡Ven, que ya preparamos el portal con musgo y con lagrimas!, ¡Ven, que México sigue siendo tu casa aunque nos digan que ya no cabes!
¡Ven, Señor, con tu herida de luz, a este corazón moreno y estrellado que late, late, late, entre pastorelas y posadas, listo para estallar en Navidad mexicana!
