1890

Ah, México, vasto códice mesoamericano donde la historia se escribe y reescribe sobre la misma piel hasta borrar la carne, laberinto borgiano donde el tiempo se dobló sobre sí mismo y nunca salió del siglo XIX! En este noviembre de 2025, cuando la patria se estremece como volcán dormido bajo el peso de sus propias cadenas, contemplamos la tragedia mayor: una nación que figura entre las quince economías mayores del orbe y cuyo poder económico real sigue regido por las leyes no escritas de la hacienda porfiriana de 1890.

Diez linajes —apenas diez— controlan un tercio del valor bursátil mediante pirámides accionarias más altas que las de Chichén Itzá y más opacas que las cuevas de Cacahuamilpa: acciones con voto que valen mil sin voto, control perpetuo con el 3 % del capital mientras los fondos de pensiones de maestros, obreros, soldados y viudas pagan el banquete, invertimos 0.3 % del PIB en ciencia —menos que Guatemala, menos que Honduras—, mientras Corea del Sur invierte diecisiete veces más e Israel dieciocho, aquí la innovación es riesgo; la renta es certeza y en México la certeza siempre ha vencido al riesgo.

Así se explica que las grandes fortunas se hayan hecho vendiendo cemento, cerveza, tortillas y minutos telefónicos al mercado cautivo, no conquistando mercados globales con productos que el mundo no había visto antes, compramos empresas extranjeras ya hechas, licenciamos marcas ajenas, pero crear desde la nada una Samsung, una TSMC, AWS, una Novo Nordisk… eso jamás, ¿para qué?, si el Estado mexicano ha sido durante un siglo el más generoso repartidor de privilegios disfrazados de política industrial: cuatrocientos mil millones de pesos anuales en exenciones fiscales que podrían erigir escuelas y hospitales, pero se evaporan en los paraísos de los mismos apellidos que bailaban vals con Porfirio Díaz y hoy brindan con quien corresponda en Palacio Nacional.

Y ahora, en la hora más oscura, la voz del magnate porfiriano resuena para sellar la sentencia, si el mismo que durante un cuarto de siglo cobró las tarifas más altas del planeta por el servicio más mediocre— rechaza la reducción de 48 a 40 horas semanales y con la frialdad de un capataz que ajusta la ración de frijoles, propone jornadas de doce horas diarias tres o cuatro días a la semana, retrasar la jubilación hasta los setenta y cinco años y —remate del despojo— bajar los sueldos. “Es mejor trabajar 48 horas y ganar más, que 40 y ganar menos”, dice él, como si el obrero mexicano tuviera opción de elegir entre dignidad y hambre, doce horas diarias para que el trabajador regrese a casa no como hombre sino como sombra exhausta; setenta y cinco años para que la vejez sea castigo y no descanso; salarios a la baja para que la “competitividad” siga siendo sinónimo de miseria perpetua.

La ironía trágica: la esperanza de vida mexicana se estanca en 75.5 años —la más baja de toda la OCDE, cinco años y medio por debajo del promedio—, los hombres apenas llegan a 72.6; en Chiapas o Guerrero ni siquiera alcanzan los setenta, trabajar hasta los setenta y cinco equivale a concedernos la gracia de morir con el overol puesto, sin un solo día para contemplar el fruto de nuestra siembra.

Mientras tanto, otros pueblos escribieron finales distintos: Francia mantiene las 35 horas semanales desde el año 2000; cuando Macron intentó subir la jubilación de 62 a 64 años, el país entero se detuvo y el gobierno retrocedió, Alemania combina 40 horas con cogestión obrera y retiro efectivo a los 65.5, Dinamarca la que tiene el mismo sistema de salud que nosotros, trabaja 37 horas, se jubila a los 67 con pensiones del 80 % del último salario y tiene la mayor productividad por hora de Europa, incluso Chile aprobó en 2024 la reducción progresiva a 40 horas sin que ningún magnate local lograra imponer doce horas ni retiro a los setenta y cinco.

En todos esos países, cuando un empresario sugiere trabajar más y cobrar menos, la sociedad lo considera excentricidad o provocación, México lo publican como sabiduría oracular.

Este no es capitalismo, es feudalismo con aviones privados y yates, productividad estancada desde hace cuarenta años, salario mínimo real menor, dos millones de jóvenes en los limbos del “ni-ni”, 150 mil ingenieros huyendo cada año, madres que venden garnachas al amanecer porque el gobierno les quitó el empleo formal para dárselo a un programa clientelar.

El liberalismo rapaz y el populismo clientelar se turnan el escenario sin alterar jamás el guión, entre ambos, el pueblo permanece clavado en la cruz de una modernidad que nunca llegó, pero los manuscritos antiguos también enseñan que toda biblioteca tiene su incendio y el de México se anuncia en los bloqueos de carreteras, en las madres que venden garnachas, en los estudiantes que ya no creen en la movilidad social, en los obreros que descubren que sus fondos de pensión financian los yates de quienes les piden trabajar hasta los setenta y cinco.

Cuando ese incendio llegue —y llegará—, no bastará con cambiar de copista, habrá que quemar los pergaminos enteros: demoler las pirámides accionarias, abrir los monopolios al huracán de la competencia verdadera, suprimir los cuatrocientos mil millones de privilegios fiscales anuales, instaurar una jornada laboral humana porque el descanso dominical es mandamiento antes que artículo de ley y devolver al Estado su función de árbitro y no de socio mayoritario de los poderosos.

Porque México no es hacienda perpetua, es catedral en construcción, tejida desde abajo con la doctrina de la subsidiaridad cristiana que coloca la decisión lo más cerca posible del hombre concreto.

El reloj del poder económico mexicano no se detuvo en 1920, se detuvo en 1890, bajo la sombra del bigote de Porfirio Díaz.

Ya es tiempo que los empresarios dejen de temblar con el poder del gobierno y comiencen a temblar con el poder da la competencia.

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