La muerte perfecta.

El cadáver ya no exhala ni siquiera el hedor de la podredumbre se ha vuelto tan íntima que la hemos incorporado al aroma nacional, como si el olor a muerte fuera parte del mole de olla, México no ha sufrido una revolución fallida, ni una guerra civil, ni una invasión extranjera, ha sufrido algo mucho más refinado y definitivo: la abolición ontológica por consenso pasivo, siete años bastaron para que un país con todos los dones naturales y demográficos imaginables lograra la proeza de desaparecer sin que nadie, absolutamente nadie, moviera un dedo para impedirlo.

La Cuarta Transformación no fue un gobierno: fue un dispositivo de disolución semiótica de precisión quirúrgica, su obra maestra consistió en convertir la realidad en un significante flotante que ya no necesita referente alguno. Dos Bocas, el Tren Maya, el AIFA, la refinería Deer Park, el Corredor Interoceánico: no son proyectos de infraestructura, son actos de magia negra económica: ceremonias en las que se queman billones de pesos para producir la creencia en que algo está siendo producido, Pemex perdió más dinero en estos siete años que en los noventa anteriores juntos y aun así sigue siendo presentado como “soberanía energética”, el Ejército construye bancos, hoteles y aeropuertos con sobreprecios del 400 % y nadie, nadie, osa pedir una auditoría seria, el Seguro Popular, Prospera, el Fonden, los fideicomisos de ciencia y desastres fueron asesinados a sangre fría y sustituidos por un sistema clientelar de tarjetas que compra lealtad a cambio de miseria perpetua, la mayor fábrica de pobreza jamás diseñada en América Latina.

Pero el verdadero prodigio de ingeniería política ha sido la oposición, entendida en su sentido más amplio y patético: no solo los partidos registrados, sino toda esa nebulosa de “sociedad civil”, intelectuales orgánicos, columnistas de prestigio, ONGs bien financiadas, empresarios “preocupados”, académicos de izquierda light y tuitstars que se autodenominan “la resistencia”.

Todos ellos, sin excepción, han administrado la derrota con la misma profesionalidad con que un fondo de inversión administra un portafolio, han descubierto que la oposición es el negocio más rentable del México contemporáneo: se cobra en dólares por conferencias en Washington, en euros por columnas en Madrid, en pesos por curules plurinominales y en San Lázaro, han perfeccionado la técnica de indignarse lo justo para mantener la marca viva, pero nunca lo suficiente para que la indignación derive en acción concreta, han convertido la crítica en un género literario de alto rendimiento: se escribe el artículo furibundo el lunes, se cobra el cheque el martes, se viaja a la feria del libro el miércoles y se regresa el jueves a tuitear que “algo hay que hacer” sin que jamás se especifique qué ni quién.

Los empresarios que “se preocupan” firman desplegados cada seis meses y luego negocian contratos leoninos con el gobierno, los intelectuales que “no se callan” firman cartas abiertas que nadie lee y cobran sus becas del Conahcyt reconvertido, los “jóvenes prometedores” de la oposición dan conferencias en universidades gringas sobre “la deriva autoritaria en México” y regresan a sus departamentos en Polanco sin haber movido un solo dedo para organizar resistencia real, los gobernadores panistas y priistas entregan sus estados uno a uno a cambio de impunidad garantizada, “liderazgos emergentes” se pelean por la foto con el embajador estadounidense mientras el país se desangra.

Todos, todos, han internalizado la lección suprema del México, la derrota bien administrada paga más que la victoria, no se trata de preferir la derrota estética; se trata de haber convertido la derrota en un modelo de negocio transnacional, la oposición mexicana es la única oposición del mundo que vive mejor cuanto peor le va al país.

Y en este otoño del 2025, la Suprema Corte de Justicia consuma la farsa final con una elegancia que haría palidecer a los sofistas de la decadencia bizantina, tras ser acusada de ser el último bastión del neoliberalismo, se reinventa como el último bastión del morenismo arrogándose facultades que harían sonrojar a los canonistas medievales más audaces: la capacidad de juzgar sus propios juicios, de reabrir lo cerrado, de suspender lo definitivo, de convertir la Constitución en un texto que solo existe en la interpretación que la Corte hace de la interpretación que la Corte hizo de la interpretación anterior, el nominalismo jurídico ha alcanzado su forma pura: la ley ya no es norma, es estado de ánimo institucional.

El resultado es un país que ha logrado lo imposible: ser simultáneamente hiperreal y subreal, hiperreal en sus simulacros, la “transformación”, la “soberanía energética”, la “justicia popular”, subreal en sus efectos, 58 % de informalidad, 200 mil muertos violentos en el sexenio, productividad estancada desde, deuda al 60 % del PIB y subiendo, fuga de cerebros récord, los cárteles recaudan más impuestos que el SAT en amplias zonas del territorio, la electricidad se genera en plantas que existen solo en los powerpoints presidenciales, el nearshoring se fue a Vietnam porque allí, al menos, la luz no parpadea y los jueces no se reescriben a sí mismos cada semana.

México ha consumado la forma más sofisticada de suicidio colectivo jamás registrada: no el harakiri dramático, sino la evanescencia lenta, la muerte por indiferencia administrada, un país que tenía todo, petróleo, mar, sol, ubicación geográfica privilegiada, 130 millones de habitantes en edad productiva y que logró, en solo siete años, convertirse en el primer caso documentado de una nación que desaparece conservando todas las apariencias de seguir existiendo.

Como en la biblioteca de Babel, todos los libros están escritos, pero ninguno significa nada, como en el mapa de Borges, el territorio ha sido cubierto por un mapa tan perfecto que lo ha reemplazado y ahora los cartógrafos discuten sobre la interpretación del mapa mientras el desierto avanza.

Y en las calles, los mexicanos seguimos desempeñando nuestros papeles con la seriedad de sonámbulos: el pobre agradece la migaja, el rico negocia su impunidad, el intelectual firma su manifiesto, el joven talentoso compra el boleto de ida, el “opositor” cobra su cheque por la derrota bien administrada.

La muerte perfecta: aquella en que el cadáver sigue cobrando nómina, tuiteando sobre su propia defunción y exigiendo respeto a sus instituciones mientras se descompone en cámara lenta.

México ya no existe, solo queda su espectro, perfectamente maquillado, perfectamente articulado, perfectamente muerto.