En el intrincado mosaico de México, donde las calles de CDMX narran historias de lucha, privilegio y promesas rotas, el mérito —la idea de que el esfuerzo y la habilidad individual pueden forjar destinos— es atacado no por su fragilidad, sino por un gobierno populista que lo desprecia como amenaza a su control, lejos de corregir las desigualdades estructurales o empoderar al individuo, este régimen, envuelto en una retórica de justicia social, sofoca la iniciativa personal y reduce a los ciudadanos a meros votantes atrapados en un sistema clientelar.
En este México fracturado, el joven de barrio —un repartidor que pedalea con sueños de progreso — y el muchacho de posición acomodada —un estudiante de universidad privada— son igualmente víctimas de un modelo que no busca igualar oportunidades, sino perpetuar dependencias, frente a este desdén populista por el mérito, la subsidiariedad, pilar de la doctrina social de la Iglesia, surge como un antídoto ético para rescatar el esfuerzo individual y tejer un orden social que dignifique, no que esclavice.
El mérito, en su esencia, es la promesa de que el trabajo arduo y el talento pueden abrir caminos, incluso en un país desigual, en una carrera atlética ideal, con reglas justas, el que entrena más cruza primero la meta, pero en México, donde el 10% más rico acapara el 36% del ingreso y el 50% más pobre apenas alcanza el 16%, el mérito ya enfrenta barreras estructurales, el joven de barrio, estudiando en una escuela pública desvencijada y trabajando en la informalidad —que abarca el 56% de la fuerza laboral—, lucha contra un sistema que limita sus oportunidades, el muchacho acomodado, con acceso a educación de élite y redes de poder, tiene un camino más despejado, pero su mérito también se ve amenazado por un entorno que no siempre premia el esfuerzo, sino el acceso, sin embargo, el gobierno populista no corrige estas desigualdades; las explota, en lugar de construir escuelas dignas o fomentar empleos formales, ofrece dádivas temporales —becas, despensas, subsidios— que no empoderan, sino que atan al ciudadano a un ciclo de gratitud electoral, en 2024, los programas sociales del gobierno alcanzaron a 26 millones de personas, pero la pobreza persiste en el 43.9% de la población, revelando que estas políticas no son puentes hacia el progreso, sino cadenas disfrazadas de generosidad.
Este populismo, que proclama defender al “pueblo”, ve el mérito como un enemigo, un ciudadano que prospera por su esfuerzo es un votante menos manipulable, un peligro para un régimen que necesita dependencia para sobrevivir, en la CDMX, un palimpsesto de catedrales coloniales y mercados vibrantes, el joven de barrio no recibe herramientas para transformar su trabajo en oportunidades reales; en cambio, se le ofrece un cheque mensual que alivia el hambre, pero no la dignidad, el muchacho acomodado, por su parte, enfrenta un sistema que castiga el éxito con burocracias asfixiantes o narrativas que demonizan la aspiración como egoísmo, ambos, desde polos opuestos, son reducidos a piezas en un tablero electoral, donde el mérito es reemplazado por la lealtad al caudillo, este modelo evoca las advertencias de Octavio Paz en El laberinto de la soledad: un México atrapado en máscaras de poder, donde el paternalismo sustituye a la justicia y la retórica populista esconde un desprecio por la autonomía individual.
La subsidiariedad, ofrece una alternativa radical a este populismo estéril, propone que el apoyo al individuo comience en el nivel más cercano —familias, comunidades, asociaciones— y que el Estado intervenga solo para corregir lo que estos no puedan resolver, no es la dádiva clientelar que adormece, sino un andamiaje que empodera, para el joven de barrio, significa escuelas públicas equipadas, cooperativas que formalicen su trabajo, que ofrezcan redes de apoyo, no limosnas, para el muchacho acomodado, implica un sistema que premie su esfuerzo sin castigar su éxito, pero que lo invite a contribuir a un orden más justo, la subsidiariedad no rechaza el mérito; lo rescata al garantizar que todos tengan las herramientas para competir, no solo para sobrevivir.
El populismo, en cambio, construye un México donde el joven de barrio es un eterno receptor de migajas, no un agente de cambio, y el muchacho acomodado es empujado a la apatía o al exilio por un sistema que desconfía del éxito. En 2023, la inversión en educación pública fue solo el 3.2% del PIB, por debajo del promedio de la OCDE, mientras los programas sociales crecieron sin reducir la pobreza estructural, este desdén por el mérito no es casual; es un diseño, un pueblo dependiente es un pueblo controlable, un eco de los caciques que han plagado nuestra historia, desde los encomenderos coloniales hasta los modernos señores de los votos, la subsidiariedad, en cambio, nos recuerda la parábola de los talentos: cada persona debe recibir las condiciones para multiplicar sus dones, no para enterrarlos bajo el peso de un sistema que premia la sumisión.
En la CDMX, el populismo ha convertido la ciudad en un escenario de promesas vacías, donde los programas sociales son un paliativo que no cura la fractura social, el joven de barrio pedalea en un ciclo de precariedad, mientras el muchacho acomodado enfrenta un entorno que desincentiva la innovación, ambos merecen un México donde el mérito sea un faro, no un espejismo, sostenido por comunidades que empoderen y un Estado que facilite, no que manipule, la subsidiariedad nos desafía a desmantelar este clientelismo, a construir redes locales que den al joven de barrio las herramientas para soñar y al muchacho acomodado la responsabilidad de contribuir al bien común, México, con su historia escrita en cada calle, no puede seguir atrapado en un laberinto de dependencias, ya es hora de rechazar el populismo que asfixia el mérito y abrazar un orden donde la dignidad y el esfuerzo, no el voto comprado, definan nuestro futuro.
