El país que se detuvo ya no volverá a arrancar del todo

Ayer México se paralizó sin necesidad de romper un vidrio ajeno, bastó con que los hombres de manos callosas alinearan sus tráileres, encendieran llantas y arrojaran al fuego el maíz que ya no vale ni la semilla para que el país entero se paralizara, porque ellos son la sangre y el hueso de esta nación y cuando ellos se detienen, el corazón de México deja de latir.

Pero detrás de cada tráiler detenido, detrás de cada saco de maíz quemado, late la misma herida que nadie quiere nombrar en voz alta: la inseguridad absoluta que devora al país desde hace años.
No son “incidentes aislados”, son 26 mil robos a transporte de carga en lo que va del sexenio, uno cada veinte minutos.
Son camioneros secuestrados, desollados vivos, decapitados en las carreteras que ayer bloquearon.
Son campesinos que ya no pueden llevar su cosecha al mercado porque les cobran cuota en cada caseta y en cada brecha, madres que queman su maíz porque saben que si lo llevan a vender, quizá no regresen a casa.

Esa es la verdadera razón por la que México se detuvo ayer: no por capricho, sino porque ya no se puede transitar, ni producir, ni vivir.

Y hoy, 25 de noviembre, mientras la capital se prepara para arder bajo capuchas negras, martillos y ácido, la misma inseguridad que expulsó a los transportistas de las carreteras se disfrazará de lucha feminista para incendiar las calles.
Porque en el México de 2025 la inseguridad no distingue:
asesina al trailero en la México-Querétaro,
viola y desaparece a la joven en el Estado de México o de Tamaulipas y luego permite que un puñado de encapuchadas queme la ciudad sin que nadie las detenga, porque el gobierno tiene más miedo a ser llamado represor que a que maten a sus ciudadanos.

La inseguridad es el hilo negro que cose estos dos días de parálisis, ayer paralizó el país porque ya no se puede trabajar sin ser extorsionado o asesinado, hoy paralizará la capital porque ya no se puede ni siquiera manifestar sin que unas cuantas conviertan el dolor colectivo en vandalismo impune y mañana alguien paralizará lo que quede de México porque nadie, absolutamente nadie, está dispuesto a poner orden.

Esto ya no es política: es profecía cumplida, una nación que no puede garantizar que sus camioneros lleguen vivos a su destino,
que no puede garantizar que sus mujeres lleguen vivas a su casa,
que no puede garantizar que sus monumentos no sean profanados ni que sus policías no sean desfiguradas,
esa nación ya no existe.

México está muriendo delante de nosotros, entre el humo negro de las llantas de los transportistas y el humo guinda de los cohetones de hoy, la causa de la muerte tiene un solo nombre: inseguridad absoluta, inseguridad tolerada, inseguridad celebrada como “derecho a la protesta” o como “herencia de sexenios pasados”.

Por eso lo digo en esta hora undécima: si no volvemos ahora mismo al conservadurismo verdadero —el que entiende que la primera obligación del Estado es proteger la vida, la propiedad y el orden público; el que no negocia con criminales ni se arrodilla ante vándalos; el que usa la fuerza legítima cuando hace falta para que los mexicanos puedan trabajar, transitar y vivir sin miedo—, entonces mañana ya no habrá patria que salvar.

Porque cuando la inseguridad reina en las carreteras y en las calles de la capital, cuando el miedo es el verdadero presidente de México, solo quedan ruinas pintadas de guinda y negro
y un pueblo que un día preguntará entre las cenizas:
“¿Por qué nadie nos defendió cuando aún había tiempo?”

Ayer se detuvo México porque ya no se puede vivir en él, hoy arderá su capital porque ya no se puede gobernar, mañana, si no hay conversión, arderá todo el país.

Que Dios se apiade de México, porque sus gobernantes ya lo entregaron a la inseguridad y hoy ni siquiera son capaces de reconocerlo.