El país que se detuvo para demostrarse a sí mismo que existía.

El país ejecutará, con la precisión de un mecanismo de relojería medieval, la figura retórica conocida como apagogé, demostrado la falsedad de una proposición llevando su consecuencia hasta el absurdo, la proposición era: «México funciona», la consecuencia: detenerlo todo, el resultado: la evidencia.

En las autopistas los camiones alineados componen una especie de manuscrito rodante, un códice de acero y diesel donde cada remolque es un folio y cada llanta quemada una inicial miniada con hollín, el texto dice, en lengua que hasta el analfabeto comprende: «Sin nosotros no hay mercancía, sin mercancía no hay supermercado, sin supermercado no hay cena, sin cena no hay orden», es la versión contemporánea de aquellos silogismos que los escolásticos medievales grababan en las márgenes de sus pergaminos: si A es causa de B y B de C, la supresión de A revela la vanidad de C, aquí A son los transportistas y los campesinos, C la ilusión de normalidad institucional.

Uno cada cuarenta y siete minutos, el número tiene la perfección de los cálculos astronómicos de Tolomeo y la misma capacidad de aterrorizar, es la frecuencia con que la soberanía estatal se disuelve en un tramo de asfalto, veintiséis mil robos en seis meses constituyen una estadística que ya no cabe en la categoría de «delincuencia común», pertenece al género de la teodicea negativa, prueba de que el mal existe y de que el Estado, lejos de combatirlo, lo administra con indiferencia burocrática.

En los bloqueos del norte de Sinaloa o en algún otro lugar un campesino quemara su propia cosecha de maíz, el gesto no necesita comentario histórico, es pura contabilidad convertida en espectáculo, producir la tonelada cuesta más que el precio de garantía, la llama es la cifra hecha fuego, la demostración por el absurdo de que el mercado perfecto solo funciona para quien ya tiene de sobra.

El gobierno responde con el arsenal habitual de la novela policíaca fallida, mesas de diálogo donde los personajes secundarios (subsecretarios, directores generales adjuntos) simulan autoridad mientras los verdaderos autores del argumento permanecen fuera de escena, es la misma técnica que usaban los bizantinos cuando enviaban a eunucos de segunda categoría a negociar con los cruzados, ganar tiempo hasta que el problema se pudriera solo, pero el tiempo, ese gran falsificador, hoy se ha puesto del lado de los bloqueadores.

Lo extraordinario es la inversión de los signos, el Estado proclama el «estado de derecho» mientras tolera el estado de excepción permanente en las carreteras, los empresarios gritan «libre mercado» mientras exigen subsidios y protección policiaca, los consumidores que ayer aplaudían la importación barata de maíz amarillo descubren hoy que sin camiones mexicanos no hay tortilla azul, es la semiótica del espejo roto, cada fragmento refleja una parte de la verdad, pero solo el conjunto revela la mentira.

En algún lugar de la carretera a Querétaro un tráiler lleva pintada en el toldo una frase que resume toda la biblioteca de Alejandría: «Sin nosotros, ustedes no son nada», no es amenaza, es constatación ontológica, el poder real que Maquiavelo buscaba en los palacios y que Gramsci trasladó a la hegemonía cultural hoy se ha desplazado al arcén de la carretera y al surco del campo, quien controla el movimiento controla la narración.

México, gran texto abierto donde cada siglo alguien raspa el pergamino anterior para escribir su versión, ha decidido hoy raspar con fuego y acero, el manuscrito oficial progreso, instituciones, crecimiento, aparece tachado por una mano más antigua y más legítima, debajo, apenas visible entre el humo, se lee la única frase que nunca ha podido ser borrada del todo: la tierra pertenece a quien la trabaja y el camino a quien lo transita con su carga.

Cuando el sol se ponga sobre estas carreteras silenciadas alguien tendrá que decidir si reanuda la vieja novela de siempre o si por primera vez en mucho tiempo, permite que el texto siga escribiéndose desde abajo, la pluma hoy no está en Palacio Nacional, está en las manos callosas de quienes parando el reloj nos recordarán que la historia no es lineal sino dialéctica y que a veces, para avanzar, es necesario detenerlo todo.

El país ha cerrado el libro, ahora espera que alguien tenga el valor de abrirlo por una página distinta.