En un mundo donde las proclamaciones resuenan con eco histórico, pero a menudo se diluyen en la superficialidad cotidiana, la frase “¡Viva Cristo Rey!” emerge como un grito de batalla espiritual que ha marcado generaciones, nacida en el fuego de la persecución durante la Guerra Cristera en México (1926-1929), esta exclamación no era mero slogan; representaba una entrega total, un juramento de lealtad a un Rey eterno por encima de cualquier autoridad terrenal, mártires como el beato José Sánchez del Río, un adolescente de apenas 14 años que enfrentó la muerte con esa proclama en los labios o el padre Miguel Pro, ejecutado mientras extendía los brazos en cruz gritando lo mismo, nos recuerdan que esta devoción implicaba acción, no solo palabras, pero hoy en una era de fe fragmentada y compromisos tibios, surge una pregunta ineludible: ¿de qué sirve elevar la voz en alabanza si nuestras vidas no reflejan que Cristo es nuestro verdadero y único Rey?
Para comprender la profundidad de esta interrogante, retrocedamos al contexto histórico que dio vida a esta expresión, en México, bajo el régimen anticlerical de Plutarco Elías Calles, la Iglesia católica fue perseguida: templos cerrados, sacerdotes exiliados o asesinados, y la práctica religiosa prohibida en público, los cristeros, campesinos y ciudadanos comunes organizados en defensa de su fe, adoptaron “¡Viva Cristo Rey!” como estandarte de resistencia, no era un grito vacío; impulsaba acciones concretas: formaban ejércitos improvisados, escondían sacerdotes y educaban a sus hijos en la clandestinidad, esta lucha costó más de 90,000 vidas pero forjó una identidad nacional donde la fe se entrelazaba con la justicia social y la libertad, influenciados por encíclicas papales como Rerum Novarum de León XIII (1891), que abogaba por los derechos de los trabajadores, los cristeros veían en Cristo no solo un salvador espiritual, sino un Rey que demandaba equidad en lo terrenal, ¿Y nosotros? En un México contemporáneo marcado por desigualdades, corrupción y violencia, ¿proclamamos su reinado mientras ignoramos las injusticias que claman al cielo?
La hipocresía se manifiesta cuando las palabras no se traducen en obras, si decimos “¡Viva Cristo Rey!”, ¿por qué permitimos que otros “reyes” usurpen su trono en nuestras vidas? El rey del individualismo, que nos hace indiferentes ante el sufrimiento ajeno; el rey del consumismo, que nos esclaviza a deudas y posesiones efímeras; el rey del poder político, que nos tienta a justificar abusos en nombre de la “estabilidad”, Jesús lo denunció con claridad en el Evangelio: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6:24), o en las palabras de San Pablo: “Si vivo, ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2:20), esta entrega total implica una transformación radical: en la familia, educando a los hijos en valores evangélicos; en el trabajo, rechazando la corrupción y promoviendo la dignidad laboral; en la sociedad, luchando por los marginados como lo hizo Cristo con los leprosos y publicanos.
Consideremos el panorama actual de México, un país donde millones sobreviven en la precariedad del trabajo informal, estas “almas en leña”, como se les podría llamar poéticamente, dependen de la subsistencia diaria: vendedores ambulantes, jornaleros, artesanos que no conocen la seguridad social ni el crédito productivo, son clientes perpetuos de programas gubernamentales que en lugar de emancipar, perpetúan la dependencia, si Cristo es nuestro Rey, ¿no deberíamos actuar para sustituir la dádiva clientelar por empleos dignos? Inspirados en doctrinas sociales como las de Juan Pablo II en Laborem Exercens (1981), que enfatiza el trabajo como participación en la creación divina, podríamos impulsar reformas que devuelvan la dignidad: educación técnica accesible, microcréditos sin usura y políticas que fomenten el cooperativismo, pero gritar “¡Viva Cristo Rey!” sin mover un dedo por estos hermanos es como el fariseo que ora en el templo pero ignora al publicano.
Otro aspecto crucial es el rol de instituciones como el ejército, que en tiempos recientes ha sido desviado de su misión esencial, humillado al ser empleado en tareas civiles –construyendo aeropuertos, actuando como guardias de seguridad o incluso en distribución de vacunas–, ha perdido parte de su esencia como defensor de la soberanía nacional, los cristeros muchos de ellos exmilitares, entendían que la verdadera lealtad a un Rey superior implica honor y rectitud, si proclamamos el reinado de Cristo, debemos abogar por devolver al ejército su dignidad: retirarlo de funciones impropias y enfocarlo en proteger las fronteras y la paz interna, alineado con principios éticos que eviten abusos, como dice el profeta Isaías: “Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas” pero solo si el poder se somete a un orden divino.
Esta reflexión se extiende a momentos históricos pivotales, donde los pueblos deben defender ideales de libertad y justicia, méxico enfrenta uno ahora: con desafíos como la migración forzada, la violencia de carteles y la erosión de instituciones democráticas, si Cristo es Rey, nosotros somos sus súbditos activos: organizándonos en comunidades parroquiales, sindicatos éticos y movimientos cívicos para reconstruir desde las bases, el voto consciente, la participación pacífica en protestas y la educación en valores son sacrificios modernos que honran esa proclama.
Pero vayamos más allá de lo nacional, en un mundo globalizado, “¡Viva Cristo Rey!” resuena en contextos como la persecución cristiana en Oriente Medio, África o Asia, donde fieles mueren por su fe o en debates éticos sobre bioética, medio ambiente y migración, si no actuamos, ¿de qué sirve? El Catecismo de la Iglesia Católica nos urge a la doctrina social: promover la paz, cuidar la creación, defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural, en temas como el aborto o la eutanasia, proclamar el reinado de Cristo significa oponerse con caridad, ofreciendo alternativas como apoyo a madres solteras o cuidados paliativos.
Quizá sea tiempo de pasar del grito estridente al grito coherente, gritándolo a los cuatro vientos porque hoy más que nunca es necesario hacerlo pero con ejemplo y coherencia, imaginemos comunidades transformadas: parroquias que no solo celebran misas, sino que operan comedores para los pobres, talleres de formación laboral y centros de mediación para conflictos familiares, familias que priorizan la oración diaria sobre el entretenimiento digital y profesionales que integran la ética cristiana en sus decisiones, solo entonces, “¡Viva Cristo Rey!” dejará de ser un eco nostálgico para convertirse en una realidad viva, como lo soñaron los cristeros.
En última instancia, esta pregunta no es retórica; es un llamado a examen de conciencia, “La fe sin obras está muerta” ¿De qué sirve gritar si no lo vivimos? Que esta interrogante nos mueva a coronar a Cristo con acciones concretas: en la justicia social, la dignidad laboral, la restauración institucional y la defensa de la vida, solo así su reino no será un ideal lejano, sino una presencia tangible en nuestro México y en el mundo. ¡Que viva Cristo Rey, no solo en palabras, sino en cada latido de nuestro ser!
