¡Ah, México, códice de obsidiana y de fuego que nunca se apaga, donde el Zócalo —ese vasto laberinto de concreto y ecos revolucionarios— se erige como espejo implacable de nuestras fracturas colectivas! escucha de nuevo la frase que encendió la mecha en 1910 y que hoy, como hebras de ixtle deshilachadas por el viento de noviembre, vuelve a arder en nuestras gargantas traicionadas:
Los pueblos, en su esfuerzo constante porque triunfen los ideales de libertad y justicia, se ven precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios.
Ayer 20 de noviembre de 2025: un Zócalo casi vacío, como plaza fantasma bajo el sol raquítico, donde el discursillo pusilánime de Claudia Sheinbaum se perdió en el vacío como eco de pergamino ajado, voz limitada y temblorosa, no movió ni una bandera ni un corazón; fue un susurro oficialista que pretendía invocar la gesta maderista, pero que se desvaneció ante la indiferencia de una multitud ausente —pocos cientos, según los glifos de las crónicas periodísticas, diluidos entre el gabinete tieso y los mandos militares disfrazados de adelitas y villistas—. ¡Qué ironía barroca, oh Zócalo testigo de tanto martirio!, cuando lo que debería ser un evento cívico, un ágora de memoria popular, se redujo a un desfile de soldados marchando en coreografía marcial, como si la Revolución —esa explosión de federación y subsidiaridad— necesitara de botas y fusiles para recordarnos su espíritu, en lugar de voces libres y comunidades empoderadas desde Yucatán hasta el desierto sonorense.
Ese momento ha llegado otra vez, no con balas ni barricadas, sino con el sacrificio más duro y más digno: el de la comodidad, el del silencio y el del miedo, porque la Cuarta Transformación ha convertido cada promesa de 1910 en su contrario exacto: donde se juró sufragio efectivo entregó un INE decapitado y un mando perpetuo sin curul ni banda que gobierna en las sombras; donde se juró devolver tierras, aguas y montes al pueblo entregó ejidos cautivos de la tarjeta del Bienestar y comunidades desplazadas por el narco que el Estado finge no ver; donde se juró prensa libre entregó doce periodistas asesinados en lo que va del año y miles de millones a medios sumisos; donde se juró división de poderes entregó una Corte desollada y congresos reducidos a coro de aplausos; donde se juró un ejército ciudadano entregó soldados humillados en tareas de albañilería, construcción de aeropuertos, trenes de fantasía y bancos, lejos de su misión noble de defender la soberanía; donde se juró respeto al trabajo digno entregó millones de almas en leña que sobreviven en la precariedad del trabajo informal, subsistencia diaria sin seguridad social ni futuro, convertidas en clientes perpetuos del gobierno que las mantiene a pan y circo para comprar su voto.
Cada palabra de 1910 es hoy una acusación viva contra 2025, un dardo que perfora el velo populista de ese discursillo que en su debilidad vocal y su plaza desierta, reveló el agotamiento del relato oficial: promesas de “honestidad y paz” que suenan a letanía hueca, mientras la inseguridad devora barrios enteros y el centralismo asfixia la iniciativa local, el verdadero porfirismo nuevamente en el Palacio que concentra todo poder sin rendir cuentas.
Por eso, en este año de gracia, proclamamos pacífica y solemnemente que México necesita cumplir la Revolución que traicionaron: restaurar el sufragio efectivo sin simulación ni mando en la sombra; devolver tierras, aguas y montes al control comunitario con autonomía ejidal y comunidades subsidiarias armadas responsablemente contra el narco; garantizar libertad absoluta de prensa con fin del estigma matutino y protección real a quienes dicen la verdad; restablecer la división genuina de poderes con un Judicial independiente y sin elección popular politizada; devolver al Ejército su honor y su dignidad, retirándolo ordenadamente de funciones civiles para que vuelva a ser el escudo de la nación y no el instrumento de caprichos presidenciales; sustituir la dádiva clientelar por trabajo digno, empleo formal y crédito productivo que libere a esas almas en leña de la subsistencia diaria; y defender como derechos intocables la vida desde la concepción, la familia natural y la libertad educativa de los padres.
Esta proclama no convoca a las armas. Convoca a las urnas vigiladas, a las plazas en pie —no vacías como la de ayer—, a los ayuntamientos que recuperen su soberanía, a los padres que defiendan sus escuelas, a los empresarios honestos que rechacen la extorsión disfrazada de impuesto. Convoca al voto masivo y organizado, al boicot sereno contra medios comprados, al amparo colectivo de los valientes, al recurso legal incansable y al ayuno de complicidad.
Convoca a reconstruir México desde abajo: desde la familia que decide unida, desde la comunidad que se organiza, desde el municipio que gobierna su propio destino, tejiendo un sarape de unidad que una desde las selvas chiapanecas hasta las llanuras de Zacatecas.
Porque la Revolución de 1910 no necesita balas nuevas ni desfiles de soldados en plazas desiertas. Necesita ciudadanos nuevos que cumplan lo que entonces se prometió, desmontando el mito del populismo eterno con datos y dignidad, no con voces que no mueven nada.
Con la verdad por espada y la solidaridad por escudo, iniciemos la única revolución que falta: la pacífica, la civil, la definitiva.
¡Que viva el México federal, subsidiario y libre que late desde Sonora hasta Chiapas con un solo corazón incorruptible, donde el Zócalo vuelva a ser de todos y el Ejército recupere su honra como guardián de la patria, no como peón de Palacio!
