Contra el aparato estatal o cómo la revolución se convierte en parodia.

En este 20 de noviembre de 2025, la Ciudad de México se erige como un vasto códice urbano, donde capas de historia, poder y rebelión se superponen en un caos digno de disección irónica, imaginen, si pueden, el desfile cívico-militar –ese ritual anual que conmemora la Revolución Mexicana de 1910– avanzando por avenidas blindadas, simbolizando la continuidad del Estado, mientras, en paralelo, una marea de jóvenes y no tan jóvenes irrumpe desde el Ángel de la Independencia, portando pancartas que gritan «No nos rendimos» y banderas, este no es mero coincidencia calendárica, es un choque tectónico entre el signo oficial del poder –el desfile recortado por temor– y el signo insurgente de una sociedad que rechaza la narrativa impuesta, si el gobierno federal de Claudia Sheinbaum y el sometido gobierno local de Clara Brugada optan por la confrontación, como lo sugieren las vallas en Palacio Nacional y las alertas de embajadas extranjeras, este día podría transmutarse en un carnaval de represión, donde la «revolución» oficial se revela como una farsa autoritaria.

Recordemos, en el espíritu de desentrañar los códigos culturales, que la Revolución Mexicana fue un mosaico de caudillos y campesinos que derrocaron un régimen porfirista asfixiante, prometiendo tierra y libertad, hoy, ese legado se parodia en un desfile que, por primera vez en décadas, se acorta para evitar el «caos» de una marcha social, ¿qué dice esto del signo del poder?, que el Estado, encarnado en Morena, teme más a los memes y los tiktoks que a los fantasmas de Zapata o Villa, la primera marcha del 15N, nacida en servidores de Discord como un grito contra la violencia –el asesinato de Carlos Manzo y otros como Bernardo Bravo– reunió a miles en un acto colectivo: jóvenes no como masa informe, sino como red interconectada con otras generaciones, exigiendo justicia ante la impunidad que devora el país, pero el gobierno respondió con su propio código: 18 detenciones, 13 vinculaciones a proceso por delitos graves como tentativa de homicidio y reclasificaciones penales que huelen a manipulación jurídica, un empleado de la Secretaría de Finanzas, detenido arbitrariamente denuncia tortura, otro joven huye al exilio por «persecución política», estos no son incidentes aislados, son los engranajes de un aparato represivo que persigue con celo inquisitorial la disidencia, mientras Sheinbaum convoca su propia marcha el 6 de diciembre para celebrar un legado que muchos ven como continuismo autoritario.

Ahora, ampliemos el lente para abarcar no solo la CDMX, sino el eco nacional e incluso internacional de esta fractura, la segunda marcha, convocada a las 11:00 horas, se fragmenta en rutas duales –del Ángel hacia el Zócalo o Ciudad Universitaria–, con llamados a unirse desde agricultores hasta estudiantes en al menos 50 ciudades, coincidiendo con otras movilizaciones como las de sindicatos universitarios y asambleas indígenas que exigen reformas constitucionales y rechazan tratados comerciales que perpetúan el despojo, la cuenta oficial de «Somos Generación Z México» desmiente su organización, insinuando infiltrados o divisiones internas, mientras transportistas amenazan con bloqueos nacionales y comerciantes del Centro Histórico reportan «marcaje» previo para saqueos, aquí radica la ironía: el movimiento, acusado por Luisa Alcalde de ser financiado por el PAN –con contratos expuestos como prueba–, trasciende etiquetas partidistas, es un grito polifónico contra la corrupción, la inseguridad y la destrucción ambiental, donde los jóvenes decodifican el discurso oficial como una «misma porquería» envuelta en retórica transformadora, pero el gobierno federal, con Sheinbaum al frente, impone su narrativa: la marcha es «oposición disfrazada», justificando la mano dura que deja 120 heridos, incluyendo 100 policías, en la protesta anterior, esta tajante represión –gases lacrimógenos, «bloque negro» infiltrado, detenciones basadas en «apariencia»– no es solo local, es el sometimiento servil de Brugada al mandato federal, blindando el Zócalo mientras ignora las demandas legítimas de vivienda, trabajo y seguridad que resuenan en todo el país, como en Puebla con intentos de secuestro captados en video o en Michoacán con remociones de secretarios de seguridad cercanos a figuras controvertidas.

Amplificando aún más, los recorridos de ambos contingentes garantizan un encuentro inevitable, exacerbando el potencial de conflicto, el desfile oficial parte del Zócalo a las 10:00 horas, avanzando por 5 de Mayo, Eje Central Lázaro Cárdenas, Avenida Juárez y un tramo de Paseo de la Reforma hasta el Monumento a la Revolución, en un flujo hacia el oeste, por su parte, la marcha de la Generación Z inicia a las 11:00 horas en el Ángel de la Independencia, dirigiéndose al Zócalo por Reforma, Avenida Juárez, Eje Central y 5 de Mayo, en dirección opuesta, hacia el este –un diseño que asegura cruces en puntos clave como Reforma o Juárez, convirtiendo avenidas compartidas en escenarios de posible confrontación, sin protocolos para policías, sin conocimiento del manejo de masas, la mesa está puesta para un choque de trenes ¿cuál será el saldo?, consideremos las ramificaciones globales: la Embajada de Estados Unidos emite alertas por «posibles riesgos para viajeros», advirtiendo de bloqueos y violencia impredecible, mientras la guerra informativa en redes sociales –con datos no verificados y medios partidistas– complica el panorama, si el choque se materializa, las consecuencias reverberarán: cierres viales masivos en Reforma, Circuito Interior y Chapultepec, paralizando el Metro, Metrobús y el comercio, pero peor, una erosión profunda de la confianza institucional, el federalismo se reduce a sumisión: Brugada, marioneta de Sheinbaum, prioriza la represión sobre el diálogo, ignorando concentraciones paralelas como las de la UNAM o la Arquidiócesis que claman por justicia social y contra desapariciones, esta no es mera protesta, es una decodificación masiva del poder como laberinto opresivo, donde el gobierno federal orquesta la violencia para deslegitimar la disidencia, mientras convoca sus propias marchas para autocelebrarse.

Hoy, la CDMX no solo conmemora una revolución pasada, sino que presencia el germen de una nueva, extendiéndose a un México fracturado por la impunidad, si Sheinbaum y su títere Brugada eligen la fuerza –como en el Zócalo vandalizado del 15N–, arriesgan un polvorín nacional: exilios políticos, campañas de odio y una juventud que, con sus signos digitales y callejeros, desmantela la farsa, el movimiento trasciende la capital, uniendo a indígenas, académicos y trabajadores en un rechazo al continuismo morenista, México merece decodificar su futuro sin represión: amplifiquen las voces juveniles, no las silencien con vallas y gases, de lo contrario, este laberinto devorará lo que queda de legitimidad estatal, mañana lo sabremos.