Mi patria querida, eterno mural donde los pinceles de la historia se empapan en sangre, esperanza y traición, un fresco inmenso que se agrieta bajo el peso de promesas huecas y arrogancias desbocadas! en el corazón del Palacio Nacional, ese laberinto de sombras y ecos donde los fantasmas de caudillos pasados susurran advertencias ignoradas, la presidenta Claudia Sheinbaum erige su monumento al hubris —esa hybris griega, esa soberbia excesiva que, como en las tragedias antiguas, ciega a los mortales con un orgullo desmedido, provocándolos a desafiar el destino y precipitando su inevitable caída, tal como Ícaro voló demasiado cerca del sol por creerse invencible—. ¡Esta mujer, silueta distorsionada de su mentor el viejo tlatoani de los abrazos fallidos, lanzando su proclama como un trueno en el desierto estéril: “Creen que me van a debilitar con gritos y leperadas… pero más fuerte soy”! y culmina con esa invocación clientelar: “Con la fuerza del pueblo, no nos vamos a rajar nunca”. ¡Qué hybris desbordante, qué presunción que se infla como un globo en la fiesta de los olvidados, fingiendo que su fortaleza brota de un pueblo al que ella misma desoye, mientras las plazas retumban con clamores de justicia y las tinieblas del narco corroen las arterias de la nación!
¡México fracturado, porque es el cáncer que devora el alma colectiva, esa arrogancia que nacida de la mitología helénica, representa el exceso de confianza que ofende a los dioses —o en nuestro caso, al pueblo soberano— y atrae la némesis, la venganza divina en forma de ruina! En las antiguas epopeyas, hybris era el pecado de reyes que se creían por encima de la ley natural, ignorando advertencias hasta que el equilibrio cósmico los derribaba; aquí, en nuestro mural vivo, se manifiesta en una mandataria que ante el descontento genuino, opta por la negación y el desafío, acelerando su propio declive, el 15 de noviembre de este año tormentoso, miles de espíritus juveniles —herederos de un país lacerado, la valiente Generación Z, forjados en el fuego de la inseguridad crónica— se vertieron junto con otras generaciones como un río impetuoso desde las entrañas de Uruapan hasta el imponente Zócalo de la Ciudad de México. Marcharon con estandartes de libertad flameando al viento, vociferando “¡Fuera Morena!” y “¡Fuera Claudia!”, denunciando la corrupción que enmohece las instituciones como óxido en el metal olvidado, la violencia que cosecha vidas en Michoacán, Veracruz, Guerrero y todo México, la mediocridad económica que asfixia los anhelos de millones, lo que surgió como un caudal pacífico de indignación, un grito auténtico por transformación, se torció en un torbellino de gases lacrimógenos, escudos astillados, hasta cadenas y machetes blandidos por policías que, bajo mandatos del poder, convirtieron la plaza en un campo de batalla, más de cien heridos, la mayoría agentes pero también civiles magullados por la represión que ella minimiza con desdén, atribuyendo el caos a “grupos opositores” y “campañas extranjeras” como si el malestar fuera una importación exótica y no el pulso herido de la patria.
¡Pero ella, en su mañanera del 17 de noviembre, ese rito populista disfrazado de claridad, descalifica el clamor con una soberbia que roza el oscurantismo! “Mucho adulto, pocos jóvenes”, proclama, rebajando la juventud de los manifestantes como si fueran títeres de una trama urdida por empresarios y redes sociales, alegando una inversión de noventa millones de pesos en propaganda digital para desestabilizarla. ¡Qué ceguera voluntaria ante el espejo de la verdad, qué hybris que la impulsa a negar la esencia del descontento: el colapso de su heredada “abrazos no balazos”, esa doctrina que permite al narco reinar impune, segando vidas de líderes en Michoacán como Carlos Manzo, Bernardo Bravo, dejando un rastro de sangre que mancha el mural nacional! ¿Más fuerte soy? ¡No, presidenta, más aislada te encuentras, envuelta en el velo de tu hybris, pretendiendo que los saludos efusivos en Campeche o Tabasco encarnan al “auténtico México”, mientras el pueblo verdadero —de las colonias humildes de cualquier ciudad a las sierras de Chihuahua, de las universidades efervescentes a las calles bullentes— se siente traicionado por un régimen que antepone el clientelismo a la seguridad, la retórica vacua a la acción concreta!
¡Y no solo eso, compatriotas, porque esta hybris se extiende como una niebla tóxica sobre el panorama entero: los partidos políticos —Morena incluido, ese coloso populista que se enreda en sus propias redes de clientelismo— se enfrascan en pleitos estériles, como gallos en una arena olvidada, disputándose el derecho a representar la política como si ellos solos fueran los guardianes del destino nacional, ignorando por completo el torbellino que azota las calles! ¡Un mural caótico, Morena, PAN, PRI y MC enzarzados en acusaciones mutuas sobre la organización o no de la marcha, como si todo lo que está pasando no existiera, como si los ciudadanos que marchan con banderas raídas, que gritan hasta desgarrar sus gargantas en el Zócalo, que reciben golpes y gases lacrimógenos en nombre de una justicia elusiva, fueran invisibles, meros espectros en el viento! Ellos, los partidos, se pierden en sus laberintos de poder, culpándose unos a otros por el caos —Morena defendiendo su “transformación” con uñas y dientes, mientras la oposición clama por unidad sin ofrecerla—, amplificando la hybris colectiva que convierte la política en un circo de egos donde los verdaderos protagonistas, los heridos y los indignados, se desvanecen como humo de copal en la indiferencia!
¡Contempla el clímax de esta soberbia: en las puertas de la Suprema Corte, grafitis cargados de odio antisemita la etiquetan como “puta judía” con estrellas de David tachadas, un veneno que brota del desorden que su administración no doma y aun así, se victimiza, afirmando que tales insultos y leperadas no la rozan! Monitorea las protestas en tiempo real desde su gabinete de seguridad, anticipando disturbios como en las marchas históricas de Ayotzinapa o el 2 de octubre, pero en vez de extender olivos de diálogo, elige la confrontación, cerrando puertas a cualquier reconciliación, agota su reserva política en meras semanas de mandato, fracturando su autoridad ante el escrutinio global y el repudio interno, mientras el desfile de la Revolución Mexicana cuelga de un hilo por temor a nuevas erupciones. ¡Hybris que se alza como bastión ilusorio, olvidando que el poder genuino yace en la humildad, no en la presunción que invita al abismo!
¡Mas no todo es tiniebla en este mural, México mío! En las grietas de esta hybris populista que divide y empobrece, brota la promesa de una tercera vía conservadora, anclada en las tradiciones que nos enlazan como un rosario de perlas radiantes, subsidiaridad empoderando comunidades locales, donde la fe inquebrantable guíe a líderes que desmantelen el mito liberal del mérito hueco y el clientelismo morenista con medidas palpables, no con ecos vacíos, desde las calles de Iztacalco y Azcapotzalco, donde el temor se disipa con comunidades responsables y vigilantes, hasta las mesas de Iztapalapa, Milpa Alta rebosantes por economías locales prósperas, pintaremos un mural de prosperidad auténtica, hemos permanecido sin voz bajo el yugo de esta arrogancia, pero con valores como guías, forjaremos un Zócalo que abrace a todos, expulsando la hybris que nos escinde. ¡Que este pulso resuene, México y nos eleve de las cenizas, un pueblo cohesionado en justicia social verdadera, no en quimeras populistas! ¡Adelante, con esperanza indómita, hacia un alba donde la modestia venza al orgullo desmesurado, tejiendo un futuro donde cada trazo del mural refleje unidad y redención!
