México, 15 de noviembre, una lucha sin cuartel de pasiones, donde la rabia se inscribe sobre la rabia, la unión sobre la fractura, la impotencia sobre la esperanza, el salvajismo sobre la civilidad, el miedo sobre la audacia, el dolor sobre la memoria y todo ello, nótese la ironía histórica, en el primer año de Claudia Sheinbaum, esa continuidad encarnada de la Cuarta Transformación (4T) que ya arrastra ocho años de Morena en el poder, ocho años de promesas que se acumulan como capas de barniz sobre un mueble carcomido, el sexenio de López Obrador como prólogo inevitable y ahora Sheinbaum como epílogo que se lee como repetición, un gobierno que se presenta como antídoto y se revela como síntoma crónico, narcogobierno en su esencia más cruda, narcopresidenta en su herencia más pesada, donde el abrazo se convirtió en pacto con el crimen y la transformación en metamorfosis de la impunidad.
Rabia, no la cólera dionisíaca de las masas, sino la ira cartesiana de quien descubre que el contrato social fue redactado con tinta invisible y que después de ocho años de 4T, la página sigue en blanco, miles voces en el Zócalo no gritan, calculan, calculan 27 candidatos asesinados en estos meses, 112 activistas desaparecidos desde que Morena asumió el timón, 8 de cada 10 empresarios extorsionados bajo la sombra de una “transformación” que no transformó la impunidad, sino que la narcotizó, Sheinbaum, heredera fiel del narcogobierno, responde con la retórica del “todo va bien”, esa fórmula que en los tratados de lógica se conoce como petitio principii, asumir lo que se debe demostrar, mientras su mañanera descalifica la marcha como “impulso de la derecha extranjera”, un eco de las descalificaciones obradoristas que ya suenan a disco rayado, la rabia entonces, es la conclusión de un silogismo que el poder no quiere leer, agravado por la continuidad, ocho años de abrazos no balazos que terminan en balas para alcaldes como Carlos Manzo, ejecutado bajo el manto de un narcogobierno que negocia con capos y reprime a ciudadanos.
Unión, fenómeno que los manuales de ciencia política clasifican como “agregación espontánea”, pero que en el contexto de ocho años de polarización morenista adquiere el matiz de una rebelión rizomática contra la narrativa oficial, no hay líder visible, solo nodos un WhatsApp a las 3:07 a.m., un TikTok filmado con cámara temblorosa, un sombrero de paja que se convierte en emblema global, desde Nepal hasta el Zócalo, la Guardia Nacional apunta, la multitud canta el himno, exigiendo “¡Fuera Claudia!” como si invocara el fin de una dinastía guinda, ¡Fuera la narcopresidenta!, Sheinbaum intenta fracturar esta red con infiltrados que derriban vallas, pero el error de cálculo es el mismo que en el sexenio anterior, cuando la unión carece de centro, no puede ser decapitado, es la paradoja del rizoma, córtalo por cualquier parte y sigue creciendo, especialmente cuando la 4T ha unido a la oposición en un rechazo común a su continuidad inercial, a su narcogobierno que convierte la soberanía en feudo.
Impotencia, la sensación de asistir a una partida de ajedrez donde el adversario mueve las piezas de ambos bandos y donde ocho años de mayoría absoluta en el Congreso han convertido las reformas en un monólogo oficialista, las reformas judiciales ya están en el Diario Oficial, los diputados aplauden con la coreografía de focas amaestradas, fieles a la 4T que Sheinbaum juró perpetuar, una niña de 14 años recibe un proyectil en la pierna, el vocero tuitea que “fue un petardo”, un guion reciclado de las crisis pasadas, en los tratados de semiótica esto se llama mentira performativa, el acto de negar crea la realidad que niega y después de ocho años, la impotencia no es pasividad, es la pausa antes de que el ciclo rabia-impotencia se resuelva en un nuevo silogismo, uno que cuestione si la continuidad de Morena no es más que la inercia de un tren descarrilado, pilotado por una narcopresidenta que hereda el timón de un narcogobierno que ya no disimula sus alianzas.
Salvajismo, no el de la multitud, sino el de los camiones sin placas que descargan encapuchados a dos cuadras del Zócalo, un salvajismo que huele a operación de bandera falsa, tan familiar en los anales de la 4T como las acusaciones mutuas de provocación, rompen cristales de Palacio Nacional no para entrar, sino para que la imagen entre en los televisores, “mira, son vándalos”, atacan a reporteros de Milenio, Reforma, Latinus, TV Azteca, heridos por gases lacrimógenos y piedras en plena cobertura del Zócalo, pero y aquí la pregunta que flota como un enigma semiótico, ¿por qué las cámaras de Televisa quedaron intactas, sin un rasguño, sin un empujón, como si un pacto invisible las blindara mientras el caos devoraba a las demás?, Sheinbaum negará todo, como negaba su antecesor, los celulares graban como siempre, el salvajismo, entonces, es la firma de un narcogobierno que prefiere quemar la ciudad antes de que la ciudad queme sus privilegios, una táctica que, tras ocho años, ya no convence ni a los cronistas más complacientes.
Miedo, el miedo ya no es del pueblo, es del gobierno, ese pavor que se filtra en las mañaneras de Sheinbaum donde el guiño ya no es tan firme, un eco del cansancio obradorista amplificado por la herencia, se ve en los 10 mil elementos desplegados para miles de civiles desarmados, en la valla de tres metros que rodea Palacio como un anacronismo medieval, ordenada por la misma mano que prometió derribar muros simbólicos, en los tratados de estrategia esto se llama “síndrome de fortaleza sitiada” y en el primer año de Sheinbaum —después de ocho de Morena— adquiere la gravedad de un diagnóstico terminal, cuando un gobierno se encierra en su propia casa, ha perdido la nación y la continuidad de la 4T solo acelera la erosión, la presidenta sabe que el pacto con el diablo tiene fecha de caducidad.
Dolor, la madre que busca a su hijo y ve millones gastados en vallas, cero en búsqueda, un dolor que no distingue entre el sexenio anterior y este, porque la 4T es una continuidad de ausencias, el estudiante que paga transporte y recibe gas lacrimógeno, el periodista con cámara rota y hueso fracturado, en los anales de la memoria colectiva esto se conoce como “catálisis del recuerdo” y después de ocho años, el dolor no paraliza, archiva y los archivos como saben los bibliotecarios de Babel, terminan por derribar muros, especialmente cuando la Generación Z —con un 52% de aprobación menguante para Sheinbaum— empieza a reescribir la historia en sus términos, en los términos de un México que rechaza el narcogobierno y a su narcopresidenta.
Esto no es una protesta, es un parteaguas semiótico, el momento en que el significante “pueblo” se deslinda del significado “4T”, de sus ocho años de Morena que Sheinbaum encarna como un palimpsesto fallido, el régimen lo sabe, por eso tiembla, miente, reprime —Sheinbaum con la misma partitura que su mentor—, porque cuando en el primer año de esta continuidad la calle grita “¡Fuera Claudia!”, ¡Fuera la narcopresidenta!, no hay mañanera que tape el sol, no hay valla que contenga a un pueblo que ha aprendido a leer entre líneas y la historia, como bien se sabemos siempre se escribe en los márgenes, no en el centro del poder guinda, ni en el centro del narcogobierno.
