Nadie que aspire a fundar un partido político debería fingir sorpresa ante el muro de trabas burocráticas como si fueran un enigma recién desenterrado, el @INEMexico traza un camino claro, aunque brutal, para quienes desafían el sistema, asambleas distritales que agotan como peregrinaciones sin fin, un 0.26% del padrón afiliado que no se juntan con discursos ni buenas intenciones, plazos que aprietan como garrotes y barreras administrativas que vigilan el orden establecido como centinelas implacables, esto no es un secreto oculto, es el costo de entrada, conocido por cualquiera que haya ojeado las reglas del juego político mexicano.
Un aspirante con verdadera convicción, uno que busque sanar los males del país, se lanza a esta odisea con la firmeza de un marinero que anticipa tormentas, no se para a maldecir las olas ni a culpar al viento o a echarle la culpa al sistema ese es el atajo de los mediocres, un lamento vacío de quienes confunden quejarse con actuar, si no pueden sortear la burocracia con sus formularios interminables, fechas límite que no perdonan, requisitos que parecen trampas y el oro necesario para hacer la expedición, ¡no se suban al barco!, la política es un ajedrez donde cada jugada exige cálculo y sangre fría.
Quienes ya cargan experiencia de campañas independientes deberían, más que nadie, haber olido la tempestad, han recorrido senderos parecidos, sentido el peso de las reglas, saben que el sistema no regala nada y que a todo le pone trabas, pero cuando el desafío los supera, no hay una admisión franca de su fracaso, en cambio, ofrecen una confesión velada, envuelta en un manto de excusas, desvían la mirada, murmuran sobre trabas injustas o imprevistos, como si no hubieran leído el mapa desde el principio, esta admisión disfrazada no solo desnuda su fragilidad, sino que grita una verdad más dura, México clama por líderes que pisen el ruedo con mirada aguda, soluciones precisas y sin rastro de la soberbia que ciega, no necesitamos más profetas que juren salvar la nación y terminen varados, con las manos vacías y un repertorio de pretextos.
Hoy, se estrellan contra las rocas, no solo porque el mar es cruel —que lo es—, sino porque, en su arrogancia, tomaron la soberbia como brújula, seducidos por el canto de sirenas de quienes lanzaban vítores, bendiciones, alabanzas, como si el capitán hubiera emergido de la mar para guiar la nave, creyeron que su ímpetu y los ecos de la adulación bastarían, descartando la humildad que les habría permitido ajustar el rumbo y lo peor, prometieron hazañas imposibles, reunir afiliados, despertar a las masas, derribar al sistema, pero sus juramentos se deshicieron como arena al viento, no hicieron nada, sus palabras, que alguna vez encendieron esperanzas, hoy son ecos huecos, un recordatorio de que las promesas sin hechos son traiciones silenciosas.
Más grave aún es la ceguera que los hundió, voces amigas —aliados, ciudadanos, observadores con la claridad de quien ve el huracán venir— les advirtieron, “Ese rumbo es un error, no escuchen las sirenas, recalculen”, pero ellos, tercos, embriagados por su propia certeza y los cantos de los que los aclamaban, remaron hacia el abismo, convencidos de que su voluntad doblegaría la realidad.
Su naufragio no es solo una derrota personal, es una lección para quienes piensan que la política se gana con bravatas y no con estrategia, con ego y no con humildad, con palabras vacías y no con resultados que pesen.
Y así, mientras los restos de sus naves se esparcen por la costa, queda una certeza, el mar de la política mexicana no perdona a los soberbios, solo aquellos que naveguen con humildad, estrategia y un compromiso genuino con el cambio podrán algún día tocar tierra firme, no basta con soñar con un México mejor, hay que construirlo, paso a paso, sin excusas, sin promesas huecas, sin escuchar el canto mortal de las sirenas, la nación espera a quienes, en lugar de naufragar, sepan llevar el timón con firmeza y llegar al puerto.
