Mercaderes en el Templo

Profanación Conservadora en el México Fracturado

Mi querida patria, ese códice eterno y herido, donde las páginas de la historia se entretejen con hilos de sangre y devoción y el sarape multicolor de nuestra identidad se deshilacha bajo el peso invisible de ambiciones veladas! En el corazón del Evangelio según san Juan 2,13-22, el Señor irrumpe cual vendaval, armado con un látigo de cuerdas justas, derribando las mesas de los cambistas y liberando las palomas cautivas, clamando con voz de trueno: «¡No hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado!». ¡Imagina, hermanos, este acto divino como un espejo resquebrajado que refleja nuestra patria, donde la fe —ese relicario guadalupano de gracia infinita— se convierte en mercancía barata, vendida en los atrios digitales y los púlpitos electorales, profanada por aquellos que cambian rezos por pesos, el Nombre Divino por etiquetas virales y la esperanza eterna por tendencias efímeras que solo engordan bolsillos ajenos al Crucificado!

En las calles empedradas de nuestro Uruapan fracturado, desde los ecos de Iztapalapa hasta los susurros de Chiapas, estos profanadores modernos se disfrazan de guardianes de la tradición, tejiendo un laberinto de ilusiones donde la codicia se enmascara como cruzada espiritual. ¡Ved cómo venden libritos de Dios, esos folletos devocionales y ensayos que pretenden capturar el fuego cristero, promocionados como mensajes del Cielo mismo, pero distribuidos como amuletos en un tianguis interminable, donde cada página impresa promete salvación instantánea a cambio de una transacción terrenal! No brotan estos textos de la caridad subsidiaria que une comunidades en parroquias locales, sino de un afán por acumular tesoros que el óxido corrompe, reduciendo la Resurrección —ese misterio de tres días que transforma la muerte en vida— a un mero pretexto para clientelismo disfrazado, mientras el narco, ese dragón insaciable, profana altares reales con impunidad y el pueblo reza ante velas que se apagan en la oscuridad de la inseguridad.

¡Contemplad ahora la supuesta Nueva Derecha, ese estandarte alzado como un llamado a integrar valores eternos y recristianizar el Occidente desvaído, clamando desde púlpitos digitales por la defensa de la fe, la familia y la patria, lanzando iniciativas contra la cristianofobia que acecha y condenando los asaltos a nuestra hispanidad ancestral! Mas, ¿acaso no se revela como un velo delgado sobre un laberinto de ambiciones ocultas, donde el conservadurismo puro se transforma en mercancía reluciente y los libritos de Dios —prometiendo una contrarrevolución cultural que despierte almas dormidas— no hacen sino cambiar la oración sincera por ventas astutas, la unidad cristiana por alianzas oportunistas que cierran los ojos ante la inseguridad que devora nuestras tierras? ¡Oh, qué ironía barroca, estos movimientos que invocan el Cielo para acumular tesoros en la tierra, prometiendo una resurrección nacional en tres días de gloria, pero tejiendo en realidad un sarape raído de hipocresía, donde la gracia se diluye en transacciones y la tradición católica se reduce a una etiqueta para captar adeptos, ignorando el clamor de un México donde el progresismo erosiona la vida en caprichos individuales y el populismo de Morena, con su letanía de “abrazos no balazos” bajo el mando de Sheinbaum, expone una mediocridad perpetua que ahoga el crecimiento en un pantano de promesas incumplidas!

¡Y he aquí el colmo de esta profanación extendida, en aquel partido que se proclama baluarte de valores cristianos desde su génesis en 1939, forjado como un estandarte contra el autoritarismo opresivo, pero que hoy se desvela como un relicario empañado por la corrupción y la falsedad inherente, donde la dignidad humana —ese pilar divino— se trueca por alianzas podridas con regímenes del pasado y el bien común se evapora en un relanzamiento superficial de emblemas y discursos huecos, criticado por su insensibilidad ante desastres que azotan al pueblo y por perpetuar un ciclo vicioso: rostros envejecidos en el poder, un conservadurismo rancio que huele a estancamiento y una red de sombras donde los corruptos se suceden unos a otros, confesando millones ilícitos sin rubor ni remordimiento! No actúa como un guardián de la subsidiaridad que empodera comunidades locales con caridad viva y tangible, sino como un cambista astuto que profana el templo de la nación con promesas de libertad que se desvanecen en el aire, atrapado en la telaraña de una hipocresía donde la corrupción camina de la mano con una fe fingida, utilizando la rica tradición católica no para elevar almas, sino para cosechar votos y fortunas personales, mientras el régimen actual —ese eco deshilachado de abrazos ilusorios— revela la raquítica realidad de un país donde la esperanza se usa como moneda de cambio electoral y la gracia se pierde en el ruido de ideologías vacías.

¡Rechacemos, entonces, con el fuego del Evangelio en el pecho, este clientelismo conservador que se enreda en sus propias redes, tan hipócrita y estéril como el mérito vacío del liberalismo que reduce todo a egoísmos individuales o el populismo que encadena al pueblo con cadenas de dependencia! Busquemos, en cambio, una tercera vía auténtica y luminosa, donde la caridad no sea un eslogan sino un torrente que brote de parroquias locales libres de consejos codiciosos y partidos empañados por el polvo de la ambición; donde las tendencias no apunten a las arcas terrenales sino al Cielo eterno, guiando almas hacia la verdadera comunión; y donde la fe se viva en una subsidiaridad profunda, tejiendo un sarape de unidad cristiana que abrigue desde los valles de Chihuahua hasta las playas de Yucatán, reconstruyendo el templo de nuestra nación con manos limpias y corazones ardientes. Porque en el Verbo hecho carne —no en el lucro disfrazado ni en las sombras de la profanación— late la resurrección eterna de un México limpio, unido y nuestro, un Zócalo que palpita con la promesa de una esperanza incorruptible, forjada en la cruz y elevada en la gloria. ¡Que así sea, hermanos, en este códice vivo que escribimos juntos!