Más allá de los Números

En un México interconectado con el mundo globalizado, donde la economía enfrenta desafíos como el cambio climático, la desigualdad social profunda y las crisis sanitarias persistentes, la necesidad de empresarios y comunicadores honestos y valientes que prioricen el bien común se convierte en un imperativo ético y estratégico, no es solo una cuestión de moralidad individual, sino de supervivencia colectiva en un país con recursos limitados y una diversidad cultural única, a menudo se escucha la excusa cínica: “Los negocios son los negocios”, como si el lucro justificara cualquier medio, pero esta visión miope ignora la realidad: nadie, ni siquiera en las estructuras más jerárquicas de una empresa mexicana, se reduce a un simple engranaje o función impersonal, cada persona conserva su agencia humana y es precisamente en ese espacio donde debe florecer un humanismo auténtico, armado con un sentido crítico inquebrantable y el coraje para formular preguntas fundamentales: ¿hacia dónde vamos?, ¿para quién y para qué trabajamos?, ¿de qué manera estamos mejorando el mundo?, estas interrogantes no son meras reflexiones filosóficas, son herramientas prácticas para redirigir el rumbo de la economía mexicana hacia la equidad y la sostenibilidad, un enfoque que respete la capacidad de las comunidades locales para resolver sus propios desafíos, sin intervenciones innecesarias desde instancias superiores que podrían sofocar la iniciativa personal y colectiva, como se ve en las cooperativas indígenas en regiones como Chiapas o Oaxaca.

Ampliemos esta perspectiva considerando el contexto histórico y nacional, México a lo largo de su historia, los grandes avances han surgido no solo de innovaciones técnicas, sino de líderes que integraron valores éticos en sus emprendimientos, pensemos en figuras que ha impulsado filantropía educativa y cultural a través de sus fundaciones, empresarias que combinan éxito financiero con inversiones en equidad de género, aunque no exentos de controversias, sin embargo, en la era actual de tratados como el T-MEC, los empresarios mexicanos operan en un tablero mucho más amplio: cadenas de suministro que conectan con Norteamérica, impactos ambientales que afectan cuencas como el Río Bravo y tecnologías como la inteligencia artificial que redefinen el empleo en sectores manufactureros, aquí, la honestidad implica reconocer que los negocios no existen en un vacío, están entrelazados con sociedades diversas, ecosistemas frágiles y generaciones futuras, por ejemplo, en regiones como el Bajío o el norte del país, donde la extracción de recursos naturales a menudo prioriza ganancias extranjeras sobre comunidades locales, empresarios valientes en el sector de la agricultura sostenible, como los productores de aguacate orgánico en Michoacán o las cooperativas de café en Veracruz, están demostrando que es posible generar riqueza mientras se protege la biodiversidad y se empodera a las poblaciones indígenas, permitiendo que las decisiones se tomen en el nivel más cercano posible a los afectados, fomentando así la autonomía y la responsabilidad compartida en un contexto de informalidad económica que afecta a más de la mitad de la fuerza laboral.

Los comunicadores, por su parte, son los narradores de esta transformación en México, en un panorama mediático fragmentado por algoritmos y noticias falsas, su rol va más allá de la mera transmisión de información: deben fomentar un diálogo crítico que cuestione narrativas dominantes, ¿para quién trabajamos?, esta pregunta resuena con fuerza en el periodismo investigativo, como en las exposiciones sobre escándalos de corrupción en Pemex o las plataformas digitales que manipulan datos para fines comerciales, erosionando la confianza pública, comunicadores honestos no se limitan a ecoar voces poderosas, amplifican las de los marginados, promueven la alfabetización mediática y desafían a las corporaciones a rendir cuentas, en un país con regulaciones como la Ley Federal de Telecomunicaciones o en el auge de redes sociales que plantean dilemas éticos sobre libertad de expresión, los comunicadores valientes están impulsando movimientos por una comunicación responsable que sirva al bien común, no solo a los anunciantes y que respalde la idea de que las soluciones emergan desde las bases sociales, sin depender exclusivamente de estructuras centralizadas, como en las iniciativas independientes de periodismo en estados como Guerrero o Sinaloa.

Ahora, profundicemos en la tercera pregunta: ¿de qué manera estamos mejorando el mundo?, un humanismo verdadero exige métricas más allá del producto interno bruto o las ganancias trimestrales, empresas pioneras mexicanas como Grupo Bimbo, que invierte en programas de nutrición y sostenibilidad, o las certificadas como empresas B, que equilibran propósito y beneficio, ilustran que la mejora del mundo es medible: reducción de emisiones de carbono en la industria maquiladora, inclusión laboral de minorías en zonas urbanas como la Ciudad de México, innovación en energías renovables en el desierto de Sonora, pero este enfoque debe expandirse a todos los sectores, en la tecnología, por instancia, empresas que enfrentan críticas por su huella ecológica en centros de datos, un empresariado con alma invertiría en inteligencia artificial ética que resuelva problemas como la detección temprana de enfermedades en regiones rurales, en la salud, hemos visto cómo farmacéuticas nacionales equilibran innovación con acceso equitativo a medicamentos genéricos, aunque no sin controversias sobre patentes, en la educación, empresas emergentes de tecnología educativa están democratizando el aprendizaje en escuelas públicas, pero solo si priorizan la inclusión sobre el lucro, siempre considerando que el apoyo desde niveles superiores debe ser subsidiario, interviniendo solo cuando las capacidades locales lo requieran para potenciar, no para sustituir, las iniciativas de base en un país con disparidades educativas entre el norte y el sur.

Sin embargo, esta visión no es ingenua: enfrenta resistencias, en una economía como la mexicana, la presión por crecimiento rápido puede tentarnos a ignorar costos humanos, como en la industria textil en Puebla, donde tragedias laborales exponen la explotación en maquiladoras, aquí, el coraje empresarial implica reformas internas: salarios dignos, sindicatos fuertes y transparencia en la cadena de valor, a nivel nacional, organismos proporcionan un marco para alinear negocios con el bien común, incentivando inversiones en energías limpias y erradicación de la pobreza, pero enfatizando que tales marcos sirvan para empoderar a los actores locales en lugar de imponer soluciones uniformes desde arriba.

Para lograr esto, se requiere una coalición amplia: gobiernos que implementen políticas fiscales progresivas y regulaciones antimonopólicas, sociedades civiles que exijan responsabilidad a través de boicots, activismo y educadores que formen a las nuevas generaciones en ética empresarial en última instancia, el mensaje es transformador: el humanismo no es un freno al progreso, sino su motor, empresarios y comunicadores mexicanos deben mirarse al espejo y responder esas preguntas esenciales, no como un ejercicio aislado, sino como un compromiso diario, México no necesita más engranajes en una máquina ciega, necesita visionarios con alma que humanicen el capitalismo, asegurando que el avance económico beneficie a todos, no solo a unos pocos, solo así forjaremos un futuro donde los negocios sean sinónimos de prosperidad compartida y resiliencia nacional, construida desde las raíces comunitarias hacia una solidaridad global.