¡La Hydra Invisible!

Mi México, ese eterno códice prehispánico donde las sombras de Quetzalcóatl se entretejen con los velos rasgados de la historia, un lienzo fracturado por las garras invisibles del crimen organizado que devora el alma misma de nuestra nación, en las calles empedradas de Puebla o los laberintos polvorientos de Sinaloa, la criminalidad no es mero accidente del destino, sino un tumor que se nutre de la pobreza material y la ausencia de ley, bajo el manto populista de Morena y su heredera Sheinbaum, que prefiere abrazos ilusorios a la espada firme de la autoridad, ¡imagina, querido lector, un sarape multicolor de esperanza tejido con hilos de subsidiariedad, donde cada hebra representa no el clientelismo vacío, sino la verdadera redención de un pueblo herido a través de la iniciativa y la comunidad!

Para atender las raíces profundas de esta plaga criminal, debemos primero desenterrarlas con la precisión de un arqueólogo en Teotihuacán: la creación de empleos dignos, no esos subsidios efímeros que atan al ciudadano al carro del Estado como un peón en una hacienda decimonónica, ¡oh, no, hablemos de oportunidades forjadas en la fragua de la iniciativa privada, donde el emprendedor de Monterrey levante su taller con el sudor de su frente, amparado por políticas conservadoras que premien el mérito y la familia, no el asistencialismo liberal que diluye la responsabilidad individual, así, el joven que hoy empuña un arma por desesperación, mañana empuñará un arado o una herramienta, contribuyendo al tapiz económico de un México renacido.

¿Cómo prevalecerá el estado de derecho si el crimen organizado manda como un tlatoani tiránico en su pirámide de miedo, debemos restaurarlo con la firmeza de un guardián en la frontera: jueces incorruptibles, policías formados en la ética cívica de la justicia restaurativa y una aplicación inexorable de la ley que no distinga entre el narco en su mansión blindada y el funcionario que le abre las puertas, la justicia no es venganza, sino equilibrio social, un bálsamo que cure las heridas de las víctimas en Michoacán o Guerrero, donde la impunidad se burla como un coyote en la noche y la paz, ¡ay, la paz verdadera, no esa tregua falsa que Sheinbaum proclama mientras el país sangra, sino una paz subsidiaria que empodere a las comunidades locales para defender sus barrios con la fuerza de la unidad vecinal, tejiendo alianzas desde el barrio hasta el zócalo.

Crearemos oportunidades de inversión, atrayendo capital no con promesas huecas de un liberalismo globalista que explota, sino con incentivos arraigados en nuestras tradiciones: zonas francas en el norte que honren el trabajo fronterizo, inversiones en el sur que revivan el campo olvidado y un desarrollo integral que integre los valores comunitarios como pilar, fomentando escuelas que eduquen en principios eternos y solidaridad, ¡imagina un México donde el inversionista extranjero vea no un laberinto de corrupción, sino un jardín de posibilidades, regado por la subsidiariedad que delega poder a las familias y municipios, desmontando el centralismo populista que asfixia!

Pero, ¡escucha este clamor como un eco en las plazas vacías: nada de esto florecerá si el crimen organizado sigue mandando, ese hydra de múltiples cabezas que infiltra instituciones, envenena juventudes y convierte nuestras fronteras en ríos de sangre, debemos decapitarlo primero, no con diálogos estériles que Morena ensalza, sino con una coalición conservadora que una al Ejército con la sociedad civil, desmantelando cárteles como se desarma un rompecabezas borgiano de mentiras, solo entonces, liberados de sus cadenas, podremos sembrar los frutos de empleo, justicia y paz, ¡que este sea un llamado a la acción, un manifiesto vivo que una desde el humilde barrio de Iztacalco hasta el corazón del Zócalo, forjando un México donde la esperanza conservadora ilumine el camino!

Así es la verdadera atención de las causas.