En el intrincado códice de México, donde las calles de CDMX murmuran historias de lucha, privilegio y resistencia, el mérito se alza como un ídolo dorado en el panteón del liberalismo, venerado por magnates, quienes proclaman que la pobreza es simplemente una falla de esfuerzo personal, esta narrativa, tan seductora como falaz, es un cristal astillado que deforma la realidad, un relato que reduce un laberinto de desigualdades estructurales a un cuento simplista de voluntad individual, el mérito no es un espejismo, pero endiosarlo como el único arquitecto del éxito es una ceguera ideológica que perpetúa la injusticia y exonera a la sociedad de su responsabilidad colectiva.
En este México fracturado, el joven de barrio —un repartidor que pedalea contra el viento en las calles polvorientas de Iztapalapa— y el muchacho de posición acomodada —un estudiante de universidad privada que navega sin turbulencias en Las Lomas— encarnan la brecha que el mito del mérito ignora, la subsidiariedad, pilar de la doctrina social de la Iglesia, emerge no solo como un correctivo, sino como un imperativo ético para reconstruir un orden social donde el esfuerzo individual pueda florecer sin ser aplastado por un sistema desigual.
El mérito, en su forma más pura, presupone un sistema justo donde el esfuerzo y la habilidad determinan los resultados, la promesa de una carrera atlética con pistas idénticas, donde el que entrena más y corre mejor cruza primero la meta, pero México no es esa pista, ni mucho menos un lienzo en blanco, los datos son implacables: el 10% más rico concentra el 36% del ingreso nacional, mientras el 50% más pobre apenas alcanza el 16% (INEGI, 2023). El 43.9% de la población vive en pobreza (CONEVAL, 2022), atrapada en un entramado donde el acceso a educación de calidad, salud básica o redes de poder es un lujo, no un derecho, el joven de barrio, que madruga para estudiar en una escuela pública con techos agrietados y trabaja turnos extenuantes para sostener a su familia, enfrenta un tablero donde los dados están trucados, su esfuerzo es heroico, pero choca contra muros de precariedad: escuelas con maestros mal pagados, empleos informales que representan el 56% de la fuerza laboral (ENOE, 2023) y una ciudad donde las oportunidades se concentran en enclaves de élite, en contraste, el muchacho acomodado, con acceso a colegios privados, tutores bilingües y redes que le abren puertas antes de que las toque, transita un camino pavimentado donde el mérito es amplificado por un sistema que lo arropa desde la cuna, no es que no se esfuerce, pero su mérito cabalga sobre un caballo de privilegio, mientras el joven de barrio camina descalzo sobre espinas.
Cuando los apóstoles del liberalismo reducen la pobreza a una falta de mérito, no solo se ciegan a esta realidad, sino que perpetúan una narrativa tóxica que deshumaniza al vulnerable y absuelve al sistema de sus fallas, su propio éxito, que exhiben como prueba de la infalibilidad del esfuerzo individual, no es un milagro de voluntad pura, se forjó en un ecosistema de redes, oportunidades y un marco legal que protege la acumulación de riqueza, a menudo a expensas de los más débiles, en un país donde la riqueza de los 10 mexicanos más ricos equivale al 10% del PIB (Forbes México, 2024), hablar de mérito sin mencionar el privilegio es como narrar la conquista omitiendo a Cortés postura que no solo es miope; es una traición al principio de justicia que debería guiar cualquier sociedad que aspire a la dignidad, culpar al joven de barrio por no escalar una montaña con las manos atadas es ignorar las cadenas que el sistema le impone: desde la educación pública que colapsa —con un gasto por alumno en primaria que es la mitad del promedio de la OCDE, hasta la informalidad laboral que atrapa sueños en un ciclo de precariedad, un hipertexto de explotación que recuerda a los usureros dantescos condenados en el Infierno.
Frente a esta falacia meritocrática, la subsidiariedad, anclada en la doctrina social de la Iglesia, ofrece un antídoto y una visión, inspirada en encíclicas como Rerum Novarum (1891), que denunció la explotación del obrero en los albores del capitalismo, y Centesimus Annus (1991), que abogó por un orden económico al servicio de la persona, la subsidiariedad propone que las decisiones y apoyos se tomen en el nivel más cercano al individuo —familias, comunidades, asociaciones—, con el Estado interviniendo solo cuando estas no puedan resolver, no niega el mérito, sino que lo hace posible al exigir un andamiaje social que desmantele las barreras estructurales, para el joven de barrio, esto significa escuelas dignas, programas comunitarios que le enseñen habilidades técnicas y políticas públicas que combatan la informalidad laboral, garantizando un salario justo, para el muchacho acomodado, implica reconocer que su éxito no es solo suyo, sino un fruto de un sistema que debe extenderse a todos, no solo a unos pocos, la subsidiariedad no es asistencialismo; es un pacto ético donde la comunidad empodera al individuo para que su esfuerzo tenga sentido, un eco de la parábola de los talentos que no castiga al que recibió menos, sino que lo invita a florecer con lo que se le ha dado.
En CDMX, un telar de catedrales coloniales y rascacielos modernos mancillado por oportunistas que convierten sus calles en ruinas posmodernas, el contraste entre el joven de barrio y el muchacho acomodado es un recordatorio de nuestra deuda histórica, la ciudad, como un manuscrito azteca pisoteado por charlatanes, clama por un orden donde el mérito no sea un privilegio de élite, sino un derecho universal, la subsidiariedad nos desafía a tejer redes locales —escuelas comunitarias, cooperativas, iglesias— que den herramientas al joven de barrio, y a desmantelar estructuras que perpetúan la desigualdad, desde un sistema educativo que abandona al 30% de los estudiantes antes de la preparatoria, hasta una economía que premia la especulación sobre el trabajo digno, el mérito sin este andamiaje, es un mito cruel que castiga al vulnerable y absuelve al privilegiado, en cambio, un México subsidiario sería un tapiz donde el esfuerzo del joven de barrio y el del muchacho acomodado converjan en un horizonte de justicia, no en un abismo de desigualdad.
Este país, con su historia escrita en cada esquina desde la era precolombina a la modernidad, no puede seguir adorando el evangelio simplista del mercado, la crítica al mito del mérito no es un rechazo al esfuerzo, sino un llamado a reconocer que el esfuerzo necesita un suelo firme para rendir frutos, la subsidiaridad, con su raíz en la solidaridad cristiana, nos urge a construir puentes éticos que dignifiquen al ser humano en su comunidad, no a dejarlo solo en un coliseo donde solo los privilegiados triunfan, abandonemos las fábulas que culpan al joven de barrio por no volar con alas rotas y forjemos un México donde el mérito, sostenido por la subsidiariedad, sea un faro de esperanza para todos, no un trofeo para unos pocos.
