Día de Muertos: un manuscrito iluminado

El Día de Muertos aparece como un códice desplegado sobre la mesa de la memoria colectiva , sus hojas de papel picado crujen al viento de noviembre, las ilustraciones de cempasúchil brillan como miniaturas de oro y la Iglesia Católica ha añadido glosas en los márgenes con tinta de doctrina para que el lector no se extravíe en laberintos paganos, porque este no es un grimorio de invocaciones sino un misal popular donde cada detalle funciona como una viñeta medieval que narra una verdad y al mismo tiempo convoca a la plegaria.

El índice del libro está marcado por el calendario litúrgico, el 1 de noviembre abre con Todos los Santos, el 2 continúa con los Fieles Difuntos y la Iglesia eligió esas fechas como un restaurador elige un marco dorado para un icono antiguo, el marco no altera la imagen pero la resguarda y la interpreta así el Catecismo anota al pie de página que ciertas almas aunque salvas, requieren un pulido final antes del banquete eterno, ese pulido lleva el nombre de purgatorio, por eso el altar de muertos no es un menú para espectros hambrientos sino un recordatorio tangible de que los vivos podemos auxiliar con oraciones, Misas e indulgencias plenarias y Catholic.net sintetiza la estructura en una frase luminosa: “Tres estadios de la Iglesia”.

Los niveles del altar se elevan como los pisos de una catedral gótica, el inferior acoge a la Iglesia Militante que aún batalla en la tierra, el medio alberga a la Iglesia Purgante donde las imperfecciones se queman como paja en fuego benigno y el superior corona a la Iglesia Triunfante que ya contempla la faz de Dios, nada de inframundo azteca ni deidades olvidadas, solo una escalera de Jacob donde las velas sustituyen a los ángeles y la luz asciende paso a paso.

En el centro late la cruz florida como el ábside de una basílica, el padre Sergio Román la describe en Desde la Fe (2022) con precisión de orfebre: “Todos los caminos, los cuatro puntos cardinales, los brazos de la cruz, llevan a Dios y nos hablan de la redención de Cristo vencedor de la muerte eterna”, las velas se alinean como cirios pascuales en miniatura y el mismo sacerdote añade: “Simbolizan la resurrección”, el pan de muerto reposa redondo y aromático, no un bollo cualquiera sino la Eucaristía recordada en forma de rosca y el padre Eligio Luna Vega lo nombra en ACI Prensa (2023) sin ambages: “Pan de Cristo”.

La flor de cempasúchil actúa como hilo de oro que cose las páginas del códice, sus pétalos dibujan senderos desde la puerta de la casa hasta el retrato del difunto, el aroma y el color funcionan como una nota marginal que susurra: “Aquí pasa la luz de Cristo”, Román lo expresa con claridad: “Evoca la luz de Cristo resucitado”, ACI Prensa completa la glosa: “Remite a Juan 8,12 , luz del mundo” y los caminos de pétalos no son magia sino metáfora de la oración que guía al alma hacia la purificación.

El padre José Alcántara ofrece la clave práctica para quien desee leer el libro con provecho: “Con el altar hago obra de misericordia, rezo, me confieso, gano indulgencias”, mientras el padre Jorge Luis Zarazúa recorre Roma y señala capillas llenas de calaveras y tibias cruzadas bajo la mirada serena de la cruz, recordándonos que los huesos no asustan cuando están iluminados por la fe y que no podemos quemar tradiciones que fueron evangelizadas, porque la Iglesia no destruye lo que puede bautizar, transforma el cempasúchil en farol de Cristo, el pan en memoria eucarística, el altar en puente de oración y así la cultura mexicana no se pierde sino que se eleva al evangelio, por eso aquellos de la Nueva Derecha no saben más que matar tradiciones y olvidan lo verdaderamente importante de ellas , confunden la evangelización con aniquilación, venden el alma de la costumbre por un puñado de votos progresistas o minarquistas y terminan en un desierto de signos vacíos donde la familia y la oración se evaporan como humo de copal sin incienso.

En resumen, cuando el Día de Muertos se lee con las lentes de la doctrina católica, cada calaverita de azúcar se convierte en un memento mori dulce, cada vela en un cirio pascual doméstico, cada pétalo en un salmo susurrado, no existe sincretismo turbio sino glosa amorosa, la tradición mexicana y la fe católica se entienden como un manuscrito iluminado donde una habla con imágenes, la otra con palabras y juntas narran la misma historia: la muerte no tiene la última palabra sino que abre la puerta a la vida eterna.

Por eso arma tu altar con intención clara, coloca la foto del ser querido, la cruz, la vela, la flor, el pan y sobre todo la oración , asiste a Misa el 2 de noviembre, reza un rosario, cumple los requisitos para la indulgencia plenaria y cuando alguien dude si esto es católico responde: “Es un signo que remite a otro signo y ese otro signo es Cristo”.