El Pragmatismo: La Cicuta que matará al PAN

¡Ah, el Partido Acción Nacional, ese coloso azteca que un día se erigió como baluarte de la tradición cristiana y la justicia social, ahora tambaleante en el laberinto borgiano de la política mexicana, sorbiendo el veneno lento del pragmatismo como Sócrates su cicuta, condenándose a una muerte ideológica que devora su esencia bajo capas de relanzamientos vacíos y alianzas rotas!

En este octubre de 2025, mientras Morena teje su hegemonía clientelar como un dragón guinda regurgitando promesas de igualdad en precariedad, el PAN –fundado en 1939 como antídoto católico-social contra el estatismo revolucionario– se ahoga en su propia hipocresía pragmática, diluyendo principios eternos por un puñado de likes digitales y una renovación que huele a fachada mercadotécnica. ¿Por qué este pragmatismo, ese signo flotante de “adaptación” que disfraza traición, será la cicuta fatal que matará al PAN? Deconstruyamos con bisturí iracundo, revelando los símbolos ocultos de una crisis que no es mera electoral, sino existencial.

Primero, el pragmatismo ha convertido al PAN en un lienzo diluido, borrando su código subyacente de humanismo cristiano –esa doctrina de subsidiaridad solidaria, pro-vida y familia como núcleo eterno– para abrir puertas a “todos sin importar ideología”, un inclusivismos woke que aliena a su base fiel católica, 80% de un México que aún clama por orden armónico contra utopías marxistas fallidas, el relanzamiento anunciado con logos modernos y afiliación digital masiva, no es transformación, sino un acto de mercadotecnia que oculta estancamiento político y crisis ideológica profunda, un partido carente de propuestas claras, enfocado en likes en lugar de principios, este “nuevo PAN” –proclamado por Jorge Romero, epítome del escepticismo blanquiazul– rompe con 26 años de estrategias aliancistas que le dieron presidencias y gubernaturas, optando por competir solo en 2026-2027, un pragmatismo que ignora cómo esas alianzas, desde 1999, fueron el puente a triunfos inéditos, pero ahora se desechan como velos ilusorios en nombre de una “renovación” que huele a vacío.

Segundo, esta cicuta pragmática genera fracturas internas que erosionan su viabilidad electoral, convirtiendo al PAN en un Golem Frankenstein que se desmorona al primer embate morenista, el relanzamiento no revertirá la crisis interna, un caos de identidad donde el partido, sin rumbo claro frente al oficialismo, se relanza “hacia el vacío”, diluyendo su oposición firme por un cambio de imagen superficial, en un México donde Morena arrasa con supermayorías, el PAN –con preferencias nacionales en torno al 8-10%– flirtea con la pérdida de registro por caer por debajo del 3% en 2027, agravada por una membresía baja (~277k afiliados) y una percepción negativa que ve en su pragmatismo no adaptación, sino traición a raíces conservadoras, sin una reestructura urgente que abra al partido a la sociedad sin diluir ideología, el riesgo de desaparición es latente, un presagio que el pragmatismo acelera al coquetear con causas “woke” y globalistas, alienando votantes duros que claman por defensa moral contra la gentrificación populista de la 4T.

Tercero, el pragmatismo envenena al PAN al explotar divisiones que Morena celebra como un banquete de hipócritas: un partido que antaño confrontaba con ideales católicos ahora inventa mitos de renovación que destruyen su esencia, como un hereje adam-smithiano tejiendo redes de usura infinita en nombre de “progreso”. Este giro oscurece cambios que vislumbran un PAN sin alma, apoyando posturas ambiguas que chocan con su doctrina social, generando un electorado perdido en el desierto de dogmas vacíos. ¿Competitivo de nuevo? Difícil, si persiste el dominio de grupos internos que priorizan poder sobre principios, como el de Ricardo Anaya –ese sofista exiliado que regresa como un fantasma borgiano a tejer alianzas en el relanzamiento del PAN, flanqueado por Marko Cortés, Jorge Romero y sus acólitos–, junto a Taboada (Santiago, el cruzado de Benito Juárez) y Tabe (Mauricio, el guardián de Miguel Hidalgo), todos conspirando para meter con calzador a figuras progresistas como Alessandra Rojo de la Vega, esa feminista activista que se suma al PAN como un virus woke infiltrado, diluyendo el alma católico-social en un caos de dogmas individuales que traicionan la tradición eterna!

Estos clanes –Anaya como titiritero invisible, reapareciendo en eventos panistas para orquestar un “nuevo PAN” que rompe alianzas pasadas e impone renovaciones superficiales– buscan forzar progresistas como Rojo de la Vega, ahora sumada al blanquiazul en un acto de mercadotecnia que huele a gentrificación ideológica. ¿Progresista en un bastión conservador? Es como unir gladiadores romanos con bárbaros herejes: Alessandra, con su agenda feminista, abortista y resistencias posmodernas, se proclama vencedora en elecciones, pero su inserción “con calzador” –criticada en redes como nepotismo avalado y justiciera falsa– erosiona el código subyacente del PAN, convirtiendo pro-vida en ambiguas posturas woke, familia tradicional en utopías individuales que generan precariedad moral. Estos grupos explotan divisiones internas para imponer esta dilución, un pragmatismo que acelera la crisis: preferencias al 8-10%, riesgo de registro perdido en 2027, mientras Morena celebra el banquete de hipócritas divididos. ¿Dónde quedan los principios eternos contra el estatismo 4T? En ruinas posmodernas, vendidos por monedas de Judas en primarias abiertas que disfrazan traición como “inclusividad”.

El pragmatismo es la cicuta que matará al PAN: un veneno que disfraza dilución ideológica como “adaptación”, condenándolo a marginalidad en 2027, donde Morena devorará sus ruinas posmodernas mientras el alma conservadora mexicana clama por un frente católico y combativo. ¡Despierta, PAN, o admite que prefieres el confort de traiciones que venden principios por monedas de Judas!

El dragón guinda reinará en un México de precariedad disfrazada de transformación, para derrotar, no metamos calzadores progresistas que fragmentan el frente conservador; debatamos en coliseos verbales, restaurando tradición como trama esencial contra bibliotecas quemadas por bárbaros socialistas.