La Tercera Vía: Un Proyecto para Unir a México

En el vibrante tapiz de México, donde las calles de Ciudad de México entrelazan historias de lucha, privilegio y sueños colectivos, dos visiones predominantes buscan responder al desafío de la pobreza y el progreso, pero ambas tropiezan ante la complejidad de un país fracturado, la perspectiva del mérito individual, representada por Ricardo Salinas Pliego, exalta el esfuerzo personal como el motor principal del éxito, pero pasa por alto las desigualdades que marcan el punto de partida, el enfoque asistencialista, impulsado por Claudia Sheinbaum, apuesta por programas sociales para aliviar la pobreza, pero a menudo no logra transformar las estructuras de fondo ni fomentar la autonomía, en este México desigual, el joven de barrio —un repartidor que pedalea con sueños en Iztapalapa— y el muchacho de posición acomodada —un estudiante de universidad privada en Las Lomas— enfrentan realidades que ninguna de estas visiones resuelve plenamente y es cuando subsidiariedad, un principio de la doctrina social de la Iglesia, emerge como un camino ético para superar estas limitaciones y unir a todos los mexicanos en un proyecto de justicia, dignidad y libertad.

El mérito, defendido por Salinas Pliego desde su experiencia empresarial, promete que el trabajo arduo y el talento abren caminos, en una carrera con reglas justas, el que entrena más gana, pero México no es un campo equitativo, los datos son contundentes: el 10% más rico acapara el 36% del ingreso, mientras el 50% más pobre apenas alcanza el 16%, la pobreza atrapa al 43.9% de la población, en un sistema donde la educación, la salud y las redes de poder son privilegios, el joven de barrio, estudiando en una escuela pública desvencijada y trabajando en la informalidad —que engloba al 56% de la fuerza laboral, enfrenta barreras que su esfuerzo no siempre supera, con un gasto educativo por alumno que es la mitad del promedio de la OCDE, su lucha es titánica pero insuficiente, en contraste, el muchacho acomodado, con colegios de élite y contactos que facilitan oportunidades, se beneficia de un sistema que magnifica su mérito, aunque inspiradora, la visión del mérito individual no reconoce que las desigualdades estructurales —con 10 personas concentrando el 10% del PIB y un abandono escolar del 30% antes de la preparatoria, convierten el esfuerzo en un lujo de pocos.

El asistencialismo, promovido por Sheinbaum en la continuidad de la “Cuarta Transformación”, busca aliviar la pobreza con programas como “Jóvenes Construyendo el Futuro” o becas universales, que alcanzaron a 26 millones de personas en 2024, sin embargo, la pobreza estructural persiste y estas iniciativas no transforman las raíces del problema, el joven de barrio recibe un apoyo que mitiga necesidades inmediatas, pero sin escuelas de calidad o empleos formales, su camino hacia la autonomía queda bloqueado, el muchacho acomodado, menos dependiente de estos programas, enfrenta un entorno donde la burocracia o la desconfianza hacia la iniciativa pueden frenar su potencial, este modelo, al priorizar la asistencia sobre el empoderamiento, corre el riesgo de fomentar la dependencia sobre la libertad, como lo señaló Octavio Paz en El laberinto de la soledad, México ha enfrentado formas de paternalismo que, aunque bienintencionadas, a veces sustituyen la autonomía por la sumisión, evocando a los encomenderos coloniales, así pues, con la informalidad atrapando al 56% de los trabajadores y tres de cada diez estudiantes abandonando antes de la preparatoria, el asistencialismo ofrece alivio, pero no soluciones duraderas.

Como conservador católico comprometido con la unidad nacional, propongo una tercera vía: la subsidiariedad, un principio de la doctrina social de la Iglesia que no solo corrige las limitaciones de ambos enfoques, sino que ofrece un horizonte ético para unir a todos los mexicanos en un proyecto común de justicia, dignidad y libertad, un camino a la dignidad inspirada en Rerum Novarum (1891), que defendió al obrero frente al capitalismo salvaje y Centesimus Annus (1991), que abogó por una economía al servicio de la persona, la subsidiariedad propone que el apoyo al individuo comience en el nivel más cercano —familias, comunidades, asociaciones civiles o religiosas— y que el Estado intervenga solo para resolver lo que estos no puedan, valoremos el mérito, pero lo hagámoslo posible con condiciones dignas para el joven de barrio, esto significa escuelas equipadas, con maestros capacitados y programas que vinculen la educación al empleo formal; cooperativas que transformen su trabajo informal en estabilidad; y redes comunitarias, como parroquias, asociaciones vecinales, que ofrezcan mentorías, no solo subsidios, para el muchacho acomodado implica un sistema que premie su esfuerzo sin trabas burocráticas, pero que lo invite a contribuir al bien común, reconociendo que su éxito es parte de un tejido social, la subsidiariedad no es asistencialismo ni liberalismo ciego; es un pacto ético que empodera al individuo en su comunidad, resonando con la parábola de los talentos, que dota a todos de herramientas para multiplicar sus dones, es un camino que lleva hacia la dignidad de la persona.

Esta tercera vía es un llamado urgente a la unidad, trascendiendo divisiones de clase e ideología, en la CDMX, donde las ruinas de Tenochtitlán conviven con los rascacielos de Reforma, las fracturas de la desigualdad son evidentes: un sistema educativo que pierde al 30% de los estudiantes y una economía informal que esclaviza a más de la mitad de los trabajadores son heridas que ni el mérito aislado ni el asistencialismo pueden sanar, historia de México, desde los mercados aztecas hasta las catedrales coloniales, exige un cambio colectivo, la subsidiariedad nos desafía a tejer un nuevo tapiz: donde el joven de barrio encuentre caminos reales a través de escuelas de calidad, empleos dignos y comunidades que lo empoderen; y donde el muchacho acomodado use su mérito para fortalecer la nación, en un país donde 10 personas concentran el 10% del PIB y la educación pública languidece, no podemos aferrarnos a visiones parciales, desde Mérida a Ensenada, de Matamoros a Tapachula, México reclama un futuro donde el mérito florezca porque la comunidad lo sostiene, mi visión es un México unido, donde cada calle —desde los ecos de Tenochtitlán hasta el pulso urbano de hoy— refleje una nación que dignifica a todos sus hijos con justicia, libertad y solidaridad, un verdadero camino a la dignidad.