El Nombre de la Inseguridad
En las páginas de una encuesta que se presenta como un espejo estadístico —la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, fechada en este mismo 23 de octubre de 2025—, se desvela no tanto un retrato de la Ciudad de México cuanto una tablilla de signos superpuestos, donde la percepción de inseguridad emerge como un eco fantasmagórico de realidades ocultas.
Aquí, en este vasto laberinto urbano que evoca los intrincados pasadizos de una biblioteca borgiana, la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, se erige como una figura semiótica por excelencia: una constructora de narrativas que al igual que los falsos mapas de un atlas medieval, prometen tierras de paz pero conducen inexorablemente al abismo del temor cotidiano. ¿Acaso no es la inseguridad, en su esencia, un sistema de signos? Un código donde el 63% nacional de adultos que se sienten vulnerables no es mera cifra, sino un grito codificado en el lenguaje de las calles, las sombras y los silencios rotos por el eco de balas distantes, profundicemos en esta trama, descendiendo a las capas subterráneas del texto social, donde la inseguridad no es solo un síntoma, sino el núcleo de un mal estructural que infecta el cuerpo político de la ciudad, revelando cómo el poder, en su miopía ideológica, perpetúa un ciclo de ilusiones que devora la esencia misma de la convivencia urbana y donde la reforma policial se presenta como una urgencia hermenéutica para reinterpretar el rol del orden en la polis.
Brugada, heredera de una tradición política que se autodenomina «transformación» —palabra que en su inflación retórica, recuerda los eufemismos de las cortes renacentistas, donde el progreso se anunciaba mientras las plagas asolaban las plazas—, presume reducciones en delitos de alto impacto, un 12% respecto al año anterior, un 60% desde épocas pasadas, estos números, ¿no son acaso signos flotantes, desanclados de la realidad material, como los símbolos alquímicos que prometen transmutación pero entregan solo humo? En Iztapalapa, su antiguo feudo y ahora epicentro de un 74.8% de percepción de inseguridad —un salto desde el 60.3% de antaño—, la ciudad se revela como un texto corrupto: socavones que devoran pavimentos como páginas devoradas por el tiempo, inundaciones que convierten barrios en lagunas estigias y un temor que se infiltra en el alma colectiva, especialmente entre las mujeres, cuyo 68.2% de inseguridad contrasta con el 56.7% de los hombres, como si el género mismo fuera un signo de vulnerabilidad en este jeroglífico urbano, ¿Cómo puede una líder que pasó nueve años tejiendo el tapiz de Iztapalapa ignorar que sus hilos se deshacen en un patrón de abandono, donde la desigualdad no es un accidente, sino el diseño deliberado de un sistema que prioriza fachadas sobre fundamentos?
No podemos seguir teniendo policías como guardias de seguridad privados en bancos, tiendas y oficinas, velando por los tesoros de los mercaderes mientras las calles, esas arterias vitales de la polis, quedan expuestas al caos —un fenómeno que en México, se agrava con más guardias privados que policías públicos y donde los gobiernos han recolectado millones anuales por ceder elementos a intereses corporativos, como ha ocurrido históricamente en la capital, asignando uniformados a la vigilancia de negocios privados en detrimento del bien común. Primero los ciudadanos y para ellos es la policía: es tiempo de cambiar nuestro modelo de policía, de despojarlo de su rol subsidiario al capital privado y reorientarlo hacia la esencia comunitaria, hacia una vigilancia que interprete los signos del temor colectivo no como amenaza a los bienes, sino como llamada a la equidad social, reforma que debe ser profunda, no un remiendo cosmético como las «estrategias de territorialización» de Brugada, que prometen identificación de zonas de riesgo pero ignoran la captura institucional.
Primero, redistribuir recursos humanos, liberando a los uniformados de las puertas de bancos y centros comerciales para devolverlos a las calles, los mercados, los vagones del Metro;
Segundo, crear comités ciudadanos independientes que investiguen abusos y garanticen que la policía no sea un apéndice de intereses privados;
Tercero, priorizar la prevención comunitaria con programas de mediación y cohesión social que ataquen las causas estructurales del crimen —pobreza, desigualdad, abandono—
Cuarto, capacitar a los agentes en empatía y resolución de conflictos, transformándolos en mediadores de la justicia colectiva.
Esta reforma no es un lujo, sino una necesidad ontológica: la policía debe dejar de ser un significante alienado, vendido al mejor postor y convertirse en el hilo que cose el tejido social deshilachado, priorizando las venas de la ciudad —sus barrios, sus transportes, sus plazas— antes que las vitrinas acorazadas de los poderosos.
Esta desconexión no es accidental; es el núcleo de una semiótica del poder que Brugada maneja con torpeza medieval, donde los signos de progreso —detenciones infladas, células delictivas «desarticuladas» que renacen como hidras— ocultan el vacío subyacente, sus declaraciones, atribuyendo la percepción negativa a los «medios» —esos modernos herejes que osan cuestionar el dogma oficial—, ignoran que la inseguridad es un lenguaje universal, hablado en las explosiones olvidadas de Iztapalapa, en los asesinatos de colaboradores cercanos, en el repunte de desapariciones y extorsiones que perforan la fachada de progreso, en última instancia, Clara Brugada no está gobernando una ciudad; está administra un relato, un eco de narrativas pasadas que al igual que los falsos documentos en una novela de intriga, prometen revelación pero entregan engaño.
La CDMX, con sus disparidades —del oasis de Benito Juárez (15.6%) al infierno de Iztapalapa—, se asemeja a un jardín de senderos que se bifurcan, donde cada elección política bifurca hacia mayor caos.
Como chilangos exijamos no más simulacros, sino una lectura profunda de la realidad: una jefa que descifre los signos del miedo en lugar de fabricar nuevos velos, que impulse una reforma policial radical donde el ciudadano sea el centro del significante, no un apéndice olvidado y donde la policía, liberada de su rol mercenario, se convierta en el hilo que une el tejido social deshilachado, de lo contrario, su mandato será un capítulo olvidado en el gran libro de las ilusiones perdidas y la ciudad, un laberinto sin salida donde el minotauro de la inseguridad devora a sus habitantes, uno por uno, mientras los guardianes velan por tesoros ajenos.
