Veracruz sumergida, el diluvio de la traición.

Estado magnífico de papiros reescritos coloniales donde las capas milenarias de historia prehispánica –con sus teocallis erigidos como pilares de continuidad humana desde la concepción hasta la vejez–, virreinal –forjada en la fe católica como código subyacente de significados eternos y solidaridad comunitaria– y revolucionaria –un tapiz de luchas familiares por dignidad, orden armónico y justicia distributiva– se entretejen como un códice vivo pisoteado por charlatanes modernos, ahora convertida en un vasto semillero de signos invertidos por las inundaciones apocalípticas que no solo arrastran lodo, escombros, ganado y esperanzas, sino que desentierran el tapiz podrido de negligencias estatales, un laberinto borgeano de deudas infinitas con el pueblo donde el agua se revela como emblema supremo de la “transformación” traidora, un signo flotante que transforma calles en ríos de caos, hogares en ruinas posmodernas y comunidades en reliquias olvidadas de un evangelio profanado.

El río Cazones, esa serpiente bíblica desatada del Génesis profanado, devora pueblos enteros en Poza Rica y Tuxpan, engullendo escuelas, iglesias centenarias, mercados y casas como ofrendas a un dios vengador de promesas rotas, mientras el oráculo de la indiferencia del gobierno, tejedora de redes de oportunismo con hilos de cobardía y doble moral– emite “alertas grises” como versos olvidados de un evangelio manipulado y las medidas preventivas se ahogan en burocracia laberíntica, dejando 112 comunidades incomunicadas como reliquias aisladas en un atlas de riesgos ficticio, un hipertexto de explotación donde jornaleros huérfanos de subsidios, madres, padres defendiendo la vida en albergues improvisados y abuelos piadosos clamando por medicinas suplicando por solidaridad comunitaria que nunca llega, evocando las parábolas del Buen Samaritano ignoradas por sofistas electorales.

Y no es un drama aislado, sino un hereje medieval disfrazado de cruzado que se extiende como plaga dantesca a Hidalgo –con sus 74 comunidades aisladas como herejes excomulgados en la Sierra de Pachuca, donde viudas rezan rosarios en techos sumergidos–, Puebla –donde el río San Marcos arrastra familias enteras en la Sierra Norte como un holocausto hidráulico que disuelve núcleos familiares esenciales–, San Luis Potosí –con sus valles convertidos en lagos de desesperación donde indígenas huastecos tejen redes de supervivencia ancestral– y Querétaro –donde haciendas coloniales se sumergen en un velo de olvido colectivo, dejando altares flotantes como estigmas de fe inquebrantable–: al menos 70 almas perdidas –o 66, según reportes oficiales que gotean como goteras en un palacio de ilusiones electorales– decenas desaparecidas en corrientes traicioneras que evocan los ríos del Infierno de Dante, más de 300,000 damnificados varados en redes de precariedad informal y 40 municipios convertidos en ruinas posmodernas donde sueños familiares se disuelven como tinta en el diluvio, dejando a niños huérfanos en brazos de tías piadosas, viudas en albergues que recuerdan las cavernas de los desposeídos en las parábolas evangélicas, jornaleros sin jornales en un ciclo de usura climática y hombres sin futuro.

Observa el semillero de contradicciones climáticas y políticas, deconstruido con precisión implacable: lluvias torrenciales de más de 540 mm en un solo arrebato atmosférico –equivalente a un año entero de precipitaciones en 48 horas, un juicio divino sobre la indiferencia humana–, desbordes del Pánuco, Nautla y Tecolutla que arrastran vehículos, puentes colgantes, cosechas y un derrame de hidrocarburos en el río Pantepec que envenena Álamo Temapache y Tuxpan con infecciones cutáneas, gastrointestinales, respiratorias y crónicas, un velo de contaminación tóxica que evoca usureros infernales cobrando deudas eternas sobre los vulnerables –embarazadas, niños hombres mujeres y ancianos, expuestos a toxinas que amenazan la continuidad humana–, mientras Pemex –ese coloso panóptico fallido, vigilante foucaultiano de pozos petroleros y promesas extractivistas– clama protocolos de seguridad que llegan como ecos tardíos, dejando pozos de crudo flotante como estigmas negros en el agua sagrada de ríos ancestrales y peces muertos como mártires de la creación divina mancillada.

Deconstruyamos este enigma con filo foucaultiano y dantesco, capa por capa, como un duelista renacentista que desarma hipocresías con lógica implacable sin redundancia ni piedad:

  • Vigilancia colapsada: Conagua alerta de desbordes con boletines estériles pero los gobiernos locales cancelan pólizas de seguros por 400 millones de pesos, centralizan respuestas en organismos sin recursos ni experiencia técnica y mantienen a inexpertos al frente de Protección Civil, convirtiendo atlas de riesgos en pergaminos en blanco y diques en ruinas anticipadas que fallan ante el primer embate.
  • Explotación laboral y social: Jornaleros atrapados en campos inundados como esclavos en plantaciones virreinales olvidadas, pescadores con embarcaciones arrastradas como reliquias de un naufragio colectivo olmediano, mujeres indígenas en la Huasteca tejiendo redes de supervivencia familiar mientras sus chozas se convierten en tumbas acuáticas y hasta un restaurante entero flotando desde Tuxpan hasta Coatzacoalcos como atracción turística macabra, un símbolo posmoderno donde la ruina se vende por selfies y monedas electorales en rifas de Poza Rica.
  • Insensibilidad política: ¡Diputados festejando en fiestas con champán francés!, ¡Partidos políticos relanzándose a la lucha electoral!, mientras familias en la Sierra Norte de Puebla son arrastradas por el río San Marcos como mártires olvidados del Evangelio y en Hidalgo 74 comunidades quedan aisladas como herejes excomulgados, clamando por medicinas y ayuda que la federación ignora en su laberinto de prioridades invertidas!
  • Silencio Federal: Se anuncia censos casa por casa, puentes aéreos y micrositios de ayuda –pero el portal permanece inactivo como un dogma olvidado en las catacumbas vaticanas–, mientras vales de 20 mil pesos iniciales y enseres llegan como migajas a damnificados que claman por reconstrucción real, no por rifas electorales en Poza Rica entre Morena y Movimiento Ciudadano, la Guardia Nacional despliega drones para vigilancia panóptica pero no víveres para los que l9 han perdido todo bajo el agua y lodo, ni apoyo psicológico para comunidades traumatizadas.
  • Omisión educativa: Escuelas sumergidas sin planes de continuidad, donde niños pierden no solo libros sino la formación en valores familiares, perpetuando ciclos de precariedad.

El monopolio guinda de la ayuda. Solo el gobierno permite la entrega de víveres, desplegando un ejército de color guinda partidistas que reparten paquetes como trofeos electorales, ¡Malditos! una y otra vez, estos mercaderes electorales de la desgracia convierten la Cruz Roja, parroquias católicas y donativos privados en meros accesorios, bloqueando su acceso directo para que cada caja lleve el sello de la “transformación”, en albergues de Xalapa y Córdoba, militantes guindas fotografían a viudas y huérfanos recibiendo ayuda con fondos guindas, publicando en redes como propaganda para rifas en Poza Rica, la Universidad Veracruzana recolectó 40 toneladas, pero debe entregarlas a través de sus manos, diluyendo la solidaridad genuina en un circo de camisetas que gritan “¡Juntos haremos historia!” mientras niños mueren y familias enteras tienen hambre, comunidades indígenas en la Huasteca tejen redes familiares, pero son interceptadas, exigiendo lealtad partidista por un bulto de arroz, ¡Malditos mercaderes electorales de la desgracia, que venden la vida por votos, ahogando la caridad cristiana en un mar de oportunismo!

Aquí eclipsa la solidaridad genuina, un faro en la tormenta de desolación, todos ellos nos recuerdan que la tradición cristiana es el código subyacente contra utopías marxistas fallidas que prometen equidad pero entregan caos minarquista, deudas infinitas y vigilancia totalitaria sin misericordia.

Veracruz, mancillada por oportunistas que la convierten en ruina posmoderna, clama por un conservadurismo laberíntico que no sea caos libertario iluso sino orden armónico –familia como núcleo de narrativas eternas y solidaridad comunitaria, tradición cristiana como código de responsabilidad distributiva y justicia sin imposiciones dogmáticas, libertad que dignifica al vulnerable sin vigilancia panóptica ni informalidad precaria.

¡Desenmascaremos juntos estos enigmas, fomentando confrontaciones intelectuales que construyan sociedades elevadas –sin bloqueos ni censuras, sino disecciones implacables que revelan verdades subyacentes–, restaurando las capas profundas de Veracruz como códice vivo de historia redimida, un estado donde la familia renace de las aguas, la fe católica ilumina el camino contra el diluvio de hipocresía y la justicia distributiva dignifica a cada vulnerable en su narrativa eterna.