Un elogio crítico a las estructuras olvidadas y una lámpara sobre el vacío de Movimiento Viva México
En los vastos archivos del espíritu humano, donde el tiempo se pliega como un manuscrito antiguo devorado por el polvo de los siglos, uno no puede evitar evocar las reflexiones sobre el poder y sus frágiles fundamentos: no se construye sobre ruinas sentimentales, sino sobre la ruina misma reconocida y ordenada con rigor implacable, así, en el vasto y caótico teatro de la política mexicana, la formación de un partido político emerge no como un himno al heroísmo individual o colectivo, sino como un ritual burocrático inexorable, un conjunto de signos precisos que el Instituto Nacional Electoral (INE) interpreta con la severidad de un guardián ancestral, lo que verdaderamente importa —y solo eso, en su desnudez ontológica— son las asambleas convocadas con quórum verificable y actas irrefutables, los afiliados inscritos en padrones auditados y masivos y la aprobación de estatutos que pasen el tamiz de la legalidad constitucional sin fisuras ni ambigüedades, todo lo demás —ese torrente inagotable de esfuerzo humano que doblega voluntades, de trabajo incansable que devora días y noches, de esperanza que late como un corazón expuesto en plazas públicas, de dedicación que consume vidas enteras en oscuros comités, de apoyo masivo invocado en discursos que retumban como truenos, de confianza ciega depositada en líderes de cartón, de sudor vertido en calles polvorientas y caminos olvidados, de fe religiosa en un renacer nacional que roza lo mesiánico— no importa en absoluto, es mera retórica vacua, un simulacro que distrae del vacío estructural con la astucia de un prestidigitador, son ecos sin fuente original, signos flotantes en un mar de indiferencia legal, proyecciones ilusorias que el sistema devora sin piedad ni remordimientos, dejando solo el esqueleto de la burocracia.
Extiendo esta meditación como un tratado meticuloso, divagando por los laberintos de la semiótica política donde las apariencias se deshilachan ante la luz cruda de la norma, en México, la caverna de las ilusiones partidistas proyecta sombras gloriosas: mítines bajo el sol abrasador de la meseta central, voluntarios recorriendo comunidades remotas con promesas de equidad, cánticos que prometen un México vibrante y unido, pero el INE, ese guardián adusto de la realidad jurídica, no se deja seducir por narrativas épicas ni por el pathos de las multitudes, exige asambleas documentadas con precisión notarial, presencia física auditada hasta el último detalle; afiliados reales y cuantificables, no simpatizantes efímeros que se evaporan como niebla matutina, contados con la exactitud de un contador renacentista; y estatutos que no sean meros panfletos ideológicos llenos de vaguedades, sino códigos normativos coherentes, alineados punto por punto con la Constitución y sus reformas electorales.
Sin estos pilares inquebrantables, el partido es un golem sin alma, un artefacto sin vida que se desmorona al primer escrutinio oficial, el esfuerzo por titánico y heroico que sea, se evapora como humo en el viento seco; el sudor, por abundante y salado, no humedece los formularios requeridos ni valida una sola firma; la fe, por ardiente y devota, no enciende las luces del registro oficial ni mueve la aguja de la legalidad, es una lección cruel y demoledora: el referente legal prevalece sobre el significante emocional, la forma sobre el fondo pasional, la norma sobre el caos del entusiasmo.
Y en este panorama desolador, se erige el caso paradigmático —o mejor, el anti-paradigma devastador— de Movimiento Viva México, esa quimera política que se autoproclama renacer nacional pero que, en su esencia más profunda, no es más que un espejismo hiperreal condenado al olvido.
No convoca: sus supuestas “asambleas” son meros ecos virtuales, susurros amplificados en redes sociales que no alcanzan ni de lejos el quórum mínimo exigido por el artículo 41 constitucional, careciendo de la sustancia para ser reconocidas como actos válidos, por que ni siquiera se convocan.
No mueve: las masas que invoca en sus proclamas son ilusiones ópticas, multitudes fantasma que se disipan en likes efímeros y retuits vacíos, sin materializarse jamás en padrones electorales ni en movilizaciones tangibles que el INE pueda verificar.
No tiene estatutos: ausentes por completo, vaporosos como el horizonte en un desierto de promesas rotas, inexistentes en los archivos oficiales, carecen de la solidez mínima para siquiera ser presentados y aprobados.
Es una propuesta fallida desde su génesis misma, un hipertexto roto sin hipervínculos funcionales, un sueño impostado que se disuelve en la vigilia burocrática con la inevitabilidad de un castillo de naipes ante el soplo de la realidad, sus promotores, envueltos en el manto falso de la vitalidad nominal —“Viva México” EA! claman con fervor impostado, como si un nombre evocador bastara para infundir vida a un cadáver político—, ignoran con obstinación que la política no es poesía romántica ni un carnaval de eslóganes, sino arquitectura normativa forjada en hierro y ley, Movimiento Viva México no es un partido en gestación ni un embrión de cambio; es un abortivo político total, un organismo ideológico deformado que nunca verá la luz del registro oficial porque le faltan los órganos vitales: estructura concreta, números verificables, legalidad inapelable, sus intentos de movilización, por apasionados y ruidosos que parezcan en el eco de las cámaras, son performances teatrales en un escenario desierto, donde el público aplaude sombras pero el telón del INE permanece abajo para siempre, sellando su irrelevancia.
Aquí interviene el gran opio del pueblo mexicano contemporáneo, el mantra insidioso del “échale ganitas”, ese “seamos positivos, vamos hacia adelante” que resuena como un evangelio de autoayuda importado de los salones motivacionales de los yankees, adaptado a la idiosincrasia nacional con veneno sutil, es una ideología de la positividad tóxica elevada a dogma, un velo semiótico denso que pretende tapar la verdad lacerante y humillante con paños de calidez artificial y sonrisas forzadas, “échale ganitas” a las nubes etéreas y verás castillos flotantes; “seamos positivos” con fe ciega y el vacío estructural se llenará de luz ilusoria, “vamos hacia adelante” con paso tambaleante y el abismo se convertirá en un puente de papel, pero no: esta retórica es una cortina de humo espesa que oculta el fracaso rotundo de Viva México, sus asambleas inexistentes e inválidas, sus afiliados fantasmales que no superan ni el umbral de una vecindad, sus estatutos ausentes como un fantasma en pleno mediodía, sus ciegos promotores pretenden cubrir la desnudez absoluta del rey con harapos de optimismo barato, ignorando con deliberada ceguera que el INE no negocia con ilusiones ni se conmueve con narrativas de superación personal, una forma de negación colectiva perversa, un mecanismo de evasión freudiano elevado a himno nacional, donde admitir el colapso equivale a traicionar la “causa” sagrada, traicionar al “líder” y el silencio cómplice se premia con palmadas en la espalda, ay del disidente valiente: aquellos que como yo, osamos decir la verdad cara a cara, desentrañando el engaño con la frialdad implacable de un observador sin concesiones, se nos tilda de fatalistas empedernidos, de agoreros que profetizan diluvios en días de sol radiante, de saboteadores que minan la moral colectiva con un realismo crudo e inexorable y hasta de dejarnos carcomer el alma por la envidia, ¿Fatalistas? No, guardianes implacables de la realidad, centinelas que iluminan la rosa verdadera en un jardín erizado de espinas simuladas y venenosas, el agorero no anuncia el fin por placer malsano; recuerda con dureza que sin cimientos sólidos, el templo se hunde en el lodo de la irrelevancia, en México, tierra de quijotes ilusos y sandungueras efímeras, esta verdad quema porque confronta el mito redentor del esfuerzo pasional con la prosaica y demoledora exigencia de la ley electoral.
Extenderé esta crítica sin piedad, pues el caso de Viva México ilustra un mal endémico y corrosivo: la proliferación de movimientos “ciudadanos” que confunden la política seria con un carnaval ideológico de fuegos fatuos, Viva México es la encarnación de esta patología: una conspiración contra la vacuidad misma, pero condenada irremediablemente por su propia inconsistencia estructural y su desprecio por las reglas del juego, sus líderes, con su retórica hueca de “vitalidad” y “renovación”, ignoran con arrogancia que la vitalidad política genuina no emana de eslóganes pegajosos ni de redes sociales efervescentes, sino de órganos funcionales y verificables, ¿Cuántos afiliados reales y registrados?, apenas un puñado insignificante, lejos de los cientos de miles requeridos. ¿Cuántas asambleas validadas por el INE? Ninguna, solo farsas digitales sin eco legal y promesas en el aire de que pronto llegarán, ¿Estatutos presentados, revisados y aprobados? Cero absoluto, un vacío que grita fracaso en los registros públicos, es un desastre no por mera mala suerte o conspiraciones externas, sino por un desprecio congénito a las normas democráticas, un pecado original de improvisación que lo condena al basurero de la historia política mexicana y mientras el “échale ganitas” anestesia a las bases con promesas vacías, el sistema avanza impasible, registrando solo a quienes cumplen con rigor los requisitos, dejando a Viva México como un cadáver exquisito en el anfiteatro de los intentos fallidos.
En conclusión, lector infatigable y lúcido, México merece partidos forjados en la fragua ardiente de la legalidad, no en el humo asfixiante de pasiones desbocadas e ilusiones colectivas, desechemos de una vez las sombras engañosas y abracemos las estructuras innegociables de la norma, solo entonces, en el juego infinito de los signos políticos, la democracia mexicana dejará de ser un sueño interrumpido y febril para convertirse en un texto legible, sólido y eterno.
Espero que Movimiento Viva México aprenda de su propio colapso o que perezca definitivamente en su ilusión narcisista; la historia, ese juez inexorable y ciego a las lágrimas, no perdona a los fantasmas ni a los impostores, la verdad, cara a cara, es el único antídoto contra la posverdad partidista.
