El PAN y su patética pantomima heráldica: un réquiem bufo para un cadáver sin alma

En el Frontón México, este 18 de octubre de 2025, el Partido Acción Nacional (PAN) ha montado su “relanzamiento” con la fanfarria de un circo de pueblo, blandiendo un nuevo logotipo como si un cambio de etiqueta pudiera resucitar a un muerto que ya apesta a podredumbre, un diseño en azul y blanco que chilla pureza mientras se desmorona en ridículo y un desfile de promesas tan vacías que podrían usarse como boyas en un naufragio: independencia política, relevo generacional, apertura ciudadana. ¡Por Dios, qué farsa! Como en un códice garabateado por un idiota analfabeto –ese pergamino donde lo viejo escupe en la cara de lo nuevo, la verdad rezuma como pus: a nadie le importa un comino las ideas o una plataforma que saque al PAN de su letrina ideológica, No, el chisme está en un maquillaje heráldico y en la terca supervivencia de los mismos payasos de circo –Jorge Romero, Ricardo Anaya, Marko Cortés, Mauricio Tabe, Santiago Taboada, Claudio X. González, Margarita Zavala y su sobrina Mariana Gómez del Campo– que han pisoteado la esencia del partido hasta convertirlo en una caricatura grotesca y en un giro que haría reír a un guionista de comedia barata, Xóchitl Gálvez, una turista sin carné de militante, se pavonea como la diva de este carnaval de espejos rotos, mientras banderas arcoíris –¡qué broma macabra para un partido que se jactaba de valores cristianos!– ondean como prueba irrefutable de que el PAN ha vendido su alma por un puñado de likes, esto no es un relanzamiento; es un espectáculo de títeres rotos, un logo que pretende ser sustancia.

El nuevo emblema, filtrado con la teatralidad de un vendedor de crecepelos por Roberto Gil Zuarth en el muladar digital de X, ha desatado una estampida de comentarios que no rozan ni de lejos una propuesta seria –¡como si el PAN tuviera alguna!– sino que se regodean en tipografías y colores de guardería. “¿Un logo para un entierro?”, se mofa un usuario; “el mismo estiércol con un lazo de boutique”, escupe otro, obsesión por lo trivial que no es un traspié: es la confesión descarada de un partido que, sin una sola idea que no huela a podrido, se esconde tras un logo como un timador que vende frascos vacíos con etiquetas brillantes, ¿Dónde está el debate sobre la desigualdad que desgarra a México, la inseguridad que lo devora o la economía que se hunde?, en su lugar, el PAN agita banderas arcoíris, un gesto tan cínico que apesta a oportunismo de bazar, un intento patético de parecer “progre” mientras traiciona su propia historia conservadora con la gracia de un elefante en una cristalería, este evento no es un renacimiento; es una farsa de bajo presupuesto, con los mismos actores de siempre –y un par de títeres nuevos– fingiendo ser salvadores mientras el público les lanza tomates y el alma del partido se disuelve en un charco de hipocresía multicolor.

Los responsables de este circo son los mismos que han convertido al PAN, fundado en 1939 como un faro de democracia, en un espectáculo de payasos borrachos que se tropiezan con su propia narizota, Jorge Romero, el presidente nacional, cacarea el fin de las alianzas como si hubiera descubierto el fuego, mientras su liderazgo apesta a ranciedad de archivo polvoriento y corrupción inmobiliaria, incapaz de articular una visión que no sea un refrito de lugares comunes, Ricardo Anaya, el prófugo con ínfulas de estrella, huyó a Estados Unidos tras su debacle en 2018, dejando al PAN en cenizas y un rastro de acusaciones de corrupción que harían palidecer a un cacique del PRI, Marko Cortés, el exlíder que se cree estratega, vendió el alma panista en alianzas con PRI y PRD por unas migajas electorales, ganándose el desprecio de las bases por su despotismo de opereta, Mauricio Tabe, el cacique de la Ciudad de México, se revuelca en escándalos que apestan a los peores vicios del antiguo régimen, Santiago Taboada, el aspirante a jefe de gobierno, se lanzó en 2024 con una campaña que parecía un culebrón de tercera, embarrada de acusaciones de oportunismo y mañas de pueblo, apoyando el aborto por que es de su conveniencia y traicionando los ideales y principios partidistas, Claudio X. González, el titiritero de billetes, ha transformado al PAN en un pelele de sus caprichos empresariales, orquestando candidaturas como la de Gálvez y desviando al partido hacia una agenda de privilegios que huele a privatización rancia, Margarita Zavala, la eterna primera dama que nunca fue y su sobrina Mariana Gómez del Campo, son el colmo de la cobardía: incapaces de defender al PAN con un mínimo de garra, se arrodillan ante cualquier candidatura o hueso que les avienten, bajando los brazos con una docilidad que da vergüenza ajena, Zavala, con su patética aventura independiente en 2018 y Gómez del Campo, con su historial de sumisión a las cúpulas, son el retrato de la rendición disfrazada de lealtad, diluyendo la esencia del partido con su incapacidad para plantarse y luego está Xóchitl Gálvez, la no militante que se coló al escenario, elevada a ídolo por una cúpula en estado de pánico, cuya campaña en 2024 fue un desfile de frases vacías y cuya ambigüedad –descartando cargos pero aferrándose al foco– apesta a oportunismo de turista.

Estos son los sepultureros de un PAN que, desde la pérdida de la presidencia en 2012 hasta el ridículo de la coalición opositora en 2024, ha pasado de ser un faro democrático a un naufragio embarrado de escándalos como el “cártel inmobiliario” y alianzas con el PRI, su némesis histórica. ¿Un logo nuevo? ¿Banderas arcoíris?, eso no limpia el estiércol, ni tapa la desconexión con una ciudadanía que ya les escupe en la cara, ni disimula que el alma del partido se ha esfumado en un circo de colores prestados.

Se nos advirtió que los signos mienten y el PAN es una mentira que cojea, tropieza y se cae de bruces, su “relanzamiento” es una pantomima grotesca que finge renovación mientras las cúpulas –Romero, Anaya, Cortés, Tabe, López Ramadán, Taboada, González, Zavala, Gómez del Campo y la turista Gálvez– se aferran al poder como pulgas a un perro sarnoso.

Hablan de “relevo generacional”, pero los rostros son los mismos, y las sombras como la de X. González siguen moviendo los hilos; invocan a la ciudadanía, pero las cúpulas, con una no militante como mascota y rendidas como Zavala y Gómez del Campo, están más atrincheradas que nunca, banderas arcoíris, ondeadas con un cinismo que da náuseas, son el colmo: un partido que se ufanaba de valores cristianos ahora se disfraza de progresista con la autenticidad de un vendedor de coches usados, como si un trapo multicolor pudiera tapar el hedor de su podredumbre, las palabras de Krauze y Córdova, citadas en el evento, son un chiste macabro: “terminar con las cúpulas”, “reconocer la desigualdad”. ¡Venga ya! El PAN, como un monje medieval que garabatea pergaminos con analfabetismo funcional, ignora el mensaje, prefiriendo el espejismo de un logo y un arcoíris al riesgo de mirarse en el espejo y vomitar, enfilándose muy probablemente a perder el registro como partido.

En un país que suplica oposiciones con redaños, este relanzamiento es una bufonada semiótica: un signo que no significa un carajo, un partido que no propone un carajo, una élite que no se renueva, dirigida por prófugos, caciques, títeres, cobardes y una turista que han corrompido hasta el tuétano su esencia.

El PAN no necesita un logo nuevo ni banderas arcoíris; necesita una guillotina para cortar las cabezas de los demonios que lo poseen –Romero con su liderazgo de cartón, Anaya con su cobardía de rata, Cortés con sus pactos de baratija, Tabe y Taboada con sus intrigas de aldea, González con su agenda de magnate, Zavala y Gómez del Campo con su pusilanimidad de rodillas, Gálvez con su oportunismo de transeúnte–, mientras se aferre a esta galería de traidores y tibios, su “relanzamiento” será una broma de mal gusto en el desierto de su irrelevancia, como bien dice el maestro, vivimos en una era de hiperrealidad, donde la imagen entierra la realidad, el PAN ha elegido ser un holograma patético de sí mismo, un logo sin tripas, un arcoíris sin convicción, condenado a danzar en la penumbra de su propia putrefacción, México merece más que un cambio de maquillaje, la coronación de una no militante o la rendición de figuras como Zavala y Gómez del Campo; merece una oposición que en lugar de pulir su fachada con colores robados, desentierre su propósito y mande al basurero a los que la han traicionado.