El Laberinto de la Oración y la Justicia Eterna

En el Evangelio según San Lucas 18:1-8, nos adentramos en la parábola de la viuda y el juez injusto, un relato que, cual espejo medieval, refleja las tensiones de la condición humana frente al poder y la trascendencia, Jesús, con la precisión de un narrador que entreteje símbolos y verdades, nos presenta a una viuda, figura marginal en el tapiz social del siglo I, desprovista de todo salvo su voz, enfrentada a un juez que en su desdén por Dios y los hombres, encarna la frialdad del poder deshumanizado, ella, con una obstinación que recuerda a las heroínas de los mitos antiguos, clama sin cesar, “Hazme justicia de mi adversario”, el juez, en un giro que no nace de la virtud sino del hastío, cede ante su persistencia y Jesús, como un maestro que desvela el reverso de un tapiz pregunta, si un hombre sin escrúpulos concede justicia por mera fatiga, ¿no hará Dios, en su infinita bondad, justicia a sus escogidos que claman día y noche? y añade, con un tono que resuena como un eco en los claustros de la historia, “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Esta parábola, lejos de ser un simple relato moral, se despliega como un texto abierto, un hipertexto que invita a múltiples lecturas, la viuda no es solo una mujer sin nombre, es un arquetipo, un signo ambulante de todos los desposeídos que a lo largo de los siglos, han alzado su voz contra sistemas opresivos, en su figura convergen los desheredados de nuestro tiempo, los que enfrentan la maquinaria implacable de la desigualdad, los que en las periferias del mundo, claman por pan, paz, dignidad, su insistencia no es mera repetición, sino un acto de resistencia semiótica, un desafío al silencio que el poder impone, el juez, por su parte, es un símbolo de la autoridad que en su ceguera, reduce la justicia a una transacción, un eco de los tiranos y burócratas que desde Roma hasta las metrópolis modernas, han gobernado sin alma.

En nuestro presente, donde los signos del desorden global se multiplican —la acumulación obscena de riqueza, los desplazamientos forzados, la devastación de la creación—, la parábola se convierte en un mapa para navegar el laberinto de la existencia, orar, nos dice Jesús, no es un gesto vacío, no es el murmullo de un monje en su celda, sino un acto performativo, una praxis que transforma al orante y al mundo, la viuda no solo ora, actúa, insiste, perturba, su clamor es un texto que reescribe la realidad, nosotros lectores de este evangelio, estamos llamados a ser coautores de esa reescritura, a no conformarnos con la contemplación, sino a participar en la construcción de un orden donde la justicia no sea un favor, sino un reflejo del amor divino.

La promesa de Jesús —“Os digo que pronto les hará justicia”— es un destello de esperanza, pero también un enigma, ¿qué significa “pronto” en el tiempo de Dios, que trasciende los relojes humanos? , aquí el texto nos invita a una hermenéutica de la paciencia, a confiar en que el clamor de los justos no se pierde en el vacío, sino que resuena en el corazón de un Dios que, a diferencia del juez, no actúa por cansancio, sino por amor, sin embargo, esta certeza no nos exime de responsabilidad, orar es también comprometerse, es tejer, hilo a hilo, una comunidad donde la dignidad de cada persona sea el centro, es decir “no” a la lógica del descarte, es cuidar la tierra como un jardín sagrado, es reconocer en el rostro del otro un reflejo del infinito.

La pregunta final, “¿hallará fe en la tierra?”, es un dardo que atraviesa los siglos, en una era de pantallas y simulacros, donde la fe parece desvanecerse bajo el peso de la secularización, el consumismo, la fragmentación, Jesús nos confronta como un semiólogo que interroga los signos de nuestro tiempo, la fe que busca no es una abstracción teológica, no es un código cerrado, sino una narrativa viva, una fe que se encarna en la solidaridad, en la lucha por la justicia, en el coraje de los que como la viuda, no se rinden, en este sentido, la parábola es un hipervínculo hacia nuestra propia existencia, nos invita a preguntarnos, ¿qué signos dejamos en el mundo? , ¿somos portadores de esperanza o cómplices del silencio?

En el laberinto de nuestra historia, donde las injusticias se acumulan como manuscritos olvidados, la parábola de la viuda nos ofrece una brújula, orar sin desfallecer, actuar sin temor, amar sin medida, que nuestra vida sea un texto legible, un relato de fe, para que cuando el Hijo del Hombre regrese, no encuentre un mundo mudo, sino un coro de voces que como la viuda, claman, persisten, transforman, porque en esa persistencia, en ese diálogo incesante con lo divino, se escribe la historia de la redención.