Como católico conservador mexicano, pienso que escribir sobre el Evangelio de cada domingo es mucho más que una simple costumbre o un pasatiempo piadoso; es una necesidad profunda, un acto de amor, un deber sagrado que nos conecta con Dios, con nuestra comunidad y con las raíces más hondas de nuestra historia, en estos tiempos que vivimos, donde el ruido del mundo parece ahogar las voces de la fe, donde las distracciones nos apartan de lo esencial y las corrientes secularizadoras intentan erosionar lo que hemos recibido como herencia, detenernos a reflexionar sobre las palabras de Cristo no solo nos devuelve la paz interior, sino que nos da un propósito claro, una dirección firme, un ancla en medio de la tormenta, el Evangelio no es un relato lejano, perdido en las páginas polvorientas de un libro antiguo; es una presencia viva, una luz que sigue brillando en nuestras sombras, un llamado que resuena en el corazón de quienes queremos escuchar, escribir sobre él nos permite acercarnos a esa luz con humildad y reverencia, hacerla parte de nuestra vida y compartirla como un tesoro que no podemos guardar solo para nosotros.
Cada domingo, cuando asistimos a la Misa, escuchamos un pasaje que tiene algo que decirnos, algo que trasciende el instante en que el sacerdote lo proclama o las palabras breves de la homilía, es una enseñanza que pide ser llevada al alma, meditada en silencio, desentrañada con paciencia y sobre todo, compartida con los demás, escribir sobre el Evangelio es una manera de hacer precisamente eso: de tomarlo en nuestras manos, de explorarlo como quien busca un mapa para la vida, de aplicarlo a nuestras alegrías y dolores cotidianos por ejemplo, el Evangelio de Juan nos presenta a Jesús en un momento de profunda revelación, nos dice: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado, en verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”, que palabras tan llenas de fuerza y misterio, tan apropiadas para este tiempo de preparación hacia la Pascua, Jesús nos habla de sacrificio, de entrega, de una lógica divina que parece ir contra todo lo que el mundo valora, nos muestra que la verdadera vida, la que perdura, no viene de aferrarnos a nosotros mismos, sino de darnos por entero, como Él mismo lo hará en la cruz.
Reflexionar sobre este pasaje me lleva a pensar en nuestra propia realidad como mexicanos, ¿Cuantas veces nuestro pueblo ha sido como ese grano de trigo, cayendo en tierra, enfrentando pruebas, dolores y sacrificios, para luego levantarse con una fe renovada?, pienso en las luchas de nuestros antepasados, en los mártires cristeros que dieron su vida por defender a Cristo Rey, en las madres que han soportado la pérdida de sus hijos en medio de la violencia que nos aqueja y aun así han encontrado en la cruz una razón para seguir adelante, escribir sobre este Evangelio me hace preguntarme: ¿qué parte de mí necesita morir para que Cristo viva más plenamente en mi corazón? ¿Qué apegos, qué egoísmos, qué comodidades debo dejar atrás para dar fruto en mi familia, en mi comunidad, en mi México?, es un desafío que no puedo pasar por alto y al plasmarlo en palabras, lo hago más real, más tangible, más urgente, este pasaje también me confronta con la voz de Jesús que dice: “El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna”. Es una invitación a mirar más allá de lo inmediato, a no conformarnos con una existencia superficial, sino a buscar la eternidad que Él nos promete.
En México, donde la fe católica ha moldeado nuestra forma de ser, desde las tradiciones más humildes —como las posadas o las peregrinaciones al Tepeyac— hasta los grandes acontecimientos de nuestra historia, esta práctica de escribir sobre el Evangelio se convierte en un modo de preservar nuestra identidad. Somos un pueblo que ha caminado con Cristo y con la Virgen de Guadalupe, un pueblo que ha encontrado en la cruz no solo sufrimiento, sino redención, al reflexionar por escrito sobre las Escrituras, afirmamos quiénes somos y de dónde venimos, este Evangelio me lleva a pensar en cómo Jesús, al anunciar su hora, nos enseña que la gloria no está en el poder mundano, en la riqueza o en el reconocimiento, sino en la entrega total por amor, en un país donde a veces nos dejamos seducir por soluciones rápidas, por líderes que prometen todo sin exigir nada, o por una cultura que exalta el individualismo, estas palabras nos llaman a volver a lo esencial: a confiar en que el camino de la cruz, aunque áspero y exigente, es el que lleva a la resurrección. Escribir sobre esto me ayuda a no olvidar esa verdad, a recordarla en medio de las tormentas que enfrentamos como nación.
Pero no se trata solo de mirar hacia adentro o de quedarnos en la nostalgia de lo que fuimos, escribir sobre el Evangelio es también una forma de evangelizar, de llevar la Palabra más allá de las puertas de la iglesia, de hacerla llegar a los rincones donde más se necesita, en un país como el nuestro, donde tantas almas enfrentan el dolor de la pérdida, la incertidumbre del mañana y la tentación de abandonar la esperanza, nuestras palabras pueden ser un puente hacia la verdad, un rayo de luz en la oscuridad, no hace falta ser un teólogo ni un gran orador; basta con un corazón sincero dispuesto a compartir lo que ha encontrado en esas líneas sagradas. Imagino escribir sobre este grano de trigo y enviarlo a un amigo que ha perdido la fe, o a una madre que llora por un hijo, diciéndole que incluso en la muerte hay promesa de vida, que el sufrimiento, cuando se ofrece a Dios, no es en vano, ya sea en una hoja de papel que pasa de mano en mano, en un mensaje sencillo a un ser querido o en un espacio público como las redes sociales, cada reflexión es una semilla que puede germinar en la vida de alguien más, en un mundo que a veces parece decidido a borrar a Dios de su horizonte, que ridiculiza la fe y exalta lo pasajero, este sencillo acto se transforma en una resistencia callada pero poderosa, un testimonio de que la Palabra sigue viva y sigue transformando corazones.
Además, escribir sobre el Evangelio nos transforma a nosotros mismos de una manera que no siempre podemos prever, no es un ejercicio vacío, mecánico o superficial; es un encuentro personal con Cristo que nos obliga a mirarnos con honestidad, a poner nuestra vida bajo su luz. ¿Estamos viviendo de acuerdo con lo que Él nos pide? ¿Somos coherentes con esa fe que decimos profesar?, en un México marcado por tantas heridas —la pobreza que no cede, la violencia que nos desgarra, las injusticias que claman al cielo—, el Evangelio nos interpela y nos empuja a actuar, nos recuerda que no basta con rezar en la iglesia, encender una vela o asistir a las fiestas patronales; tenemos que ser luz en la oscuridad, sal que dé sabor, manos que construyan un mundo más justo, hoy Jesús nos dice que su alma está turbada, pero que no pedirá ser librado de su hora, porque para eso vino. ¿No es esto un ejemplo para nosotros? en nuestras propias turbaciones —las personales y las colectivas—, el Evangelio nos invita a no huir, sino a abrazar nuestra cruz, a ofrecerla, a hacerla fructificar, al poner por escrito estas reflexiones, nos comprometemos más profundamente con esas exigencias, y ese compromiso nos hace crecer como hijos de Dios y como ciudadanos de esta tierra que tanto amamos.
Y hay algo más, algo que me llena de asombro y gratitud cada vez que lo pienso: al escribir sobre el Evangelio dominical, nos unimos a millones de católicos en todo el mundo que, ese mismo día, escuchan las mismas palabras, es una comunión invisible pero real, un lazo que nos recuerda que nuestra fe no tiene fronteras, que somos parte de una Iglesia universal que respira con un solo corazón y late con un solo amor, este domingo, mientras medito en cómo Jesús levanta su mirada al cielo, acepta su hora y promete atraer a todos hacia Él cuando sea elevado, siento que estoy acompañado por hermanos de todos los rincones del planeta, todos contemplando el mismo misterio, todos buscando la misma verdad, como conservadores, valoramos la tradición, la continuidad, el peso de lo que nos han legado quienes vinieron antes que nosotros, pienso en las abuelas que nos enseñaron las oraciones, en los sacerdotes que han dado su vida por el rebaño, en los fieles que han llenado las plazas con cantos y rosarios, escribir sobre el Evangelio es una forma de honrar ese legado, de mantener viva la voz de los mártires, de los santos, de las generaciones que nos enseñaron a persignarnos, a arrodillarnos y a confiar en la Providencia incluso cuando todo parece perdido.
Por eso, desde lo más hondo de mi ser, invito a mis hermanos en la fe, especialmente a los católicos mexicanos que compartimos este amor por lo eterno, a que hagan suya esta práctica, no se necesita mucho: un momento de silencio después de la Misa, una pluma o un teclado, y la disposición de escuchar lo que el Señor quiere decirnos en lo profundo del alma, que el Evangelio de cada domingo, como este de hoy que nos habla de muerte y vida, de sacrificio y gloria, no se quede en un eco pasajero que se pierde al salir del templo, sino que se convierta en palabras escritas que nos acompañen durante la semana, que nos edifiquen en los momentos de duda, que nos recuerden nuestra misión en un mundo que nos necesita, por que escribir sobre el Evangelio es un acto de fe, sí, pero también es un acto de esperanza y de amor: amor a Dios que nos habla, amor a nuestra Iglesia que nos sostiene, amor a este México que, a pesar de sus heridas, sigue siendo un pueblo de fe y de promesas, que nuestras letras sean un testimonio vivo de que la Palabra sigue hablando, sigue transformando, sigue siendo nuestra roca y nuestro refugio, hoy y siempre.

Deja un comentario