Permítanme, si me lo permiten, una divagación en este laberinto de signos que llamamos cultura, donde la Mona Lisa de Leonardo da Vinci se erige no como una simple pintura, sino como un hipertexto, un palimpsesto en el que la humanidad ha garabateado sus anhelos, sus vanidades y sus paradojas, en el corazón del Louvre, ese gran archivo de la memoria humana, donde las estelas mesopotámicas murmuran de leyes olvidadas y las ninfas de Canova danzan en mármol eterno, la Gioconda no reina por su supremacía estética, sino por la tiranía de su propio mito, un mito que no es tanto de Leonardo como de nosotros mismos, los peregrinos de la modernidad que ansiosos por coleccionar experiencias como quien acumula reliquias en una catedral secular.
¿Acaso es la Gioconda —esa modesta tabla de álamo, apenas más grande que un códice medieval— el summum de la evolución artística humana? ¿O es, más bien, un espejo en el que se refleja la compulsión contemporánea por consumir signos en lugar de significados? En el Louvre, rodeada de titanes pictóricos como el colosal Bodas de Caná de Veronese o la trágica Balsa de la Medusa de Géricault, la Mona Lisa no deslumbra por su escala ni por su dramatismo, sino por su condición de fetiche cultural, un ícono que trasciende su materialidad para convertirse en un significante flotante, un emblema de lo que Baudrillard llamaría la «hiperrealidad». La visitamos no para contemplarla, sino para atestiguar que hemos estado ante ella, como peregrinos que, en lugar de rezar ante el santo, toman una fotografía para proclamar su presencia en el santuario.
Este fenómeno, no es un accidente, sino el producto de una semiosis desbocada, donde el signo Mona Lisa ha sido arrancado de su contexto renacentista —aquel momento en que Leonardo, alquimista del pincel, destilaba la psicología humana en la ambigüedad de una sonrisa— y reescrito por la maquinaria de la cultura de masas, así pues, el robo de 1911, perpetrado por el quijotesco Vincenzo Peruggia, no fue solo un hurto material, sino un acto fundacional: transformó la pintura en un relato, un folletín decimonónico que los periódicos de la época convirtieron en un drama global, así desde entonces, la Gioconda dejó de ser una obra para convertirse en un evento, un texto que se reescribe con cada cámara, cada selfie, cada publicación en esas ágoras digitales donde la humanidad exhibe su efímera existencia.
Y sin embargo, ¿qué buscamos ante ese vidrio antibalas, entre el tumulto de codos y murmullos políglotas? No es el sfumato de Leonardo, ni la perspectiva aérea que dibuja un horizonte inalcanzable, ni siquiera el enigma de esa sonrisa que como el Gato de Cheshire, parece desvanecerse cuando intentamos fijarla, no, estar frente a ella, es la validación de haber participado en un ritual colectivo, un check-in ontológico que nos asegura un lugar en el gran libro de contabilidad de la cultura, en un museo que es un palimpsesto de la evolución humana —donde el Código de Hammurabi nos recuerda la fragilidad de la justicia y la Victoria de Samotracia nos eleva hacia lo sublime—, la Mona Lisa se ha reducido a un trofeo, un souvenir que no exige comprensión, sino mera presencia.
Aquí radica la paradoja o tal vez la ironía, en su origen, la Gioconda fue un acto de introspección, una invitación a desentrañar la complejidad del alma humana a través de la mirada y la luz, pero la modernidad, con su voracidad por lo icónico, la ha despojado de esa intimidad, convirtiéndola en un espectáculo de masas, un simulacro donde el significado se disuelve en la urgencia de la visibilidad. Las redes sociales, esos nuevos scriptoria donde se copian los evangelios de la fama, amplifican esta transformación: cada selfie frente a la Mona Lisa es un signo que no apunta a Leonardo, sino al ego del emisor, un grito digital de «yo estuve aquí» que resuena en el vacío de la hiperconectividad.
¿Y qué nos dice esto de nuestra época? nos dice que vivimos en un tiempo donde el arte, antaño un diálogo con lo eterno, se ha subordinado al imperativo del consumo, la Mona Lisa no es ya la musa de un pintor-filósofo que soñaba con descifrar el cosmos, sino un producto cultural que vendemos y compramos en el mercado de las experiencias, en el Louvre, rodeada de testimonios de la evolución humana, su presencia nos confronta con una pregunta incómoda: ¿es posible recuperar el asombro, la contemplación, en un mundo que privilegia el espectáculo sobre la sustancia? Tal vez, como sugería Umberto Eco en sus laberintos semióticos, la respuesta no está en la pintura, sino en los significados que decidimos inscribir en ella.
Mientras tanto, la Gioconda sigue sonriendo, imperturbable, como si supiera que su verdadero enigma no es su rostro, sino el espejo que nos tiende: un reflejo de nuestra propia incapacidad para detenernos y mirar.
